Fuimos todos
En su primera infancia, mi hermano tenía sueños de futuro muy extraños. En lugar de ser bombero o policía, él quería ser un caballo. El mío era más natural en nuestra tierra. Yo quería ser futbolista. Con los años él terminó por jugar mejor que yo al fútbol, aunque acabamos los dos por no pasar de tener un nivel mediocre en el equipo de canallas del barrio. Y con todo, ¡qué intensidad semana a semana!
[–>[–>[–>Al acabar el partido, Ferran Torres dijo que su gol lo habían metido 47 millones de españoles. Esto no es una metáfora ni una frase romántica del ‘coaching’ deportivo. Ese gol —y antes el de Williams— lo metimos todos. En ese momento empujamos todos la pelota, algunos incluso golpeando la mesa que teníamos delante. Pero, más allá de ese instante, empujamos el balón con toda nuestra historia. Una selección nacional campeona no se construye sin tradición balompédica. Los jugadores únicos capaces de destruir a Argentina no se hacen en una mañana, ni por el empeño personal de 26 jugadores, por brillante que sea. En las piernas de estos futbolistas no solo están las horas de entrenamiento de una vida.
[–> [–>[–>Son millones de vidas hora tras hora conduciendo un balón. Al llegar al colegio, en el patio, o en cualquier espacio donde dos mochilas pudieran ponerse a la distancia suficiente para levantar una maravillosa portería. En el equipo del colegio o del barrio. Una infinitud de niños ocupa su infancia y su adolescencia en perseguir un balón. En cada ciudad. En cada pueblo. En cada barrio. Una y otra vez acarician la pelota, español tras español, hasta confundirse con ella.
[–>[–>[–>
Incluso, cuando la juventud abandona nuestras piernas, los españoles no dejan de pertenecer al fútbol. Cuando las rodillas fallan y la barriga cervecera ahoga los pulmones, el balón sigue ocupando nuestra mente y nuestra alma. Seguimos el fútbol con mayor ilusión si cabe. Sigue siendo para nosotros el lugar donde podemos soñar que jubilamos a Messi. No nos hace falta beber para pensar que estamos en disposición de explicar a cada entrenador y a cada jugador lo que tiene que hacer. Porque el fútbol se dibuja en nuestra mente, aunque el cuerpo no pueda ya seguirlo. Llegamos a pensar que la ausencia de físico se debe a una sobreabundancia de espíritu, que la energía balompédica no se ha destruido en nosotros; tan solo se ha transformado.
[–>[–>[–>Así, exigimos en nuestros estadios. En los de primera, pero también en los de césped artificial de los colegios. El fútbol tiene que ser sublime. Porque es el lugar donde sigue existiendo el niño que fuimos y que seguiremos siendo en nuestros hijos y en nuestros jugadores. Es la verdad de lo que soñamos que llegaríamos a ser y que por momentos llegamos a ser en las piernas de otros.
[–>[–>[–>
Sin este caldo de cultivo, no aparecen las grandes figuras. Sin esta competición permanente por ganar, ganar y ganar no crecen 26 jugadores capaces de abrasar al resto de países del mundo. En las piernas de esos jugadores, en el delicado toque de sus botas, aparece el tejido de todos los que un día empezamos a soñar que ganaríamos un Mundial. Y hoy parece que ese sueño es siempre todavía.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí