Gaza y ahora Líbano: una repetición trágica
Estos los últimos meses una fuerte sensación de déjà vu se extiende entre los gobiernos y la comunidad internacional: Israel lo ha vuelto a hacer y sus bombardeos sobre Líbano repiten las imágenes de ciudades y puentes destrozados, hospitales colapsados y miles de personas huyendo por las carreteras recuerdan lo vivido en la Franja de Gaza. Aunque en contextos distintos, la lógica militar y el impacto humano de los ataques israelíes siguen el mismo patrón de guerra total aplicado en Gaza: castigar a toda una población bajo el pretexto de eliminar un grupo de terroristas.
[–>[–>[–>De Gaza al Líbano: continuidad estratégica. Israel justifica sus ofensivas tanto en Gaza como en el sur del Líbano con el pretexto de neutralizar a grupos armados —Hamas y Hezbolá, respectivamente— y garantizar su seguridad nacional. Pero la forma en que ejecuta sus operaciones muestra una estrategia que va mucho más allá del enfrentamiento con milicias concretas. Se basa en el principio de “disuasión total”: infligir tal nivel de destrucción y sufrimiento que ningún enemigo futuro se atreva a desafiar al estado judío.
[–> [–>[–>En Gaza, esta táctica condujo a la devastación total. Según Naciones Unidas, más del 80% de las viviendas fueron dañadas o destruidas y el sistema de salud quedó aniquilado. En Líbano, las operaciones israelíes replican el mismo patrón: ataques a puentes e infraestructuras civiles, cortes eléctricos, restricciones al acceso de ayuda humanitaria y bombardeos de escuelas, hospitales y barrios residenciales. Lo que se presenta como una guerra «quirúrgica» contra ciertos elementos terroristas se traduce en realidad en una destrucción y desplazamiento masivos.
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Impactos sobre la salud pública: el colapso del sistema vital. Las guerras prolongadas destruyen no solo hospitales, sino las redes básicas que sostienen la salud: agua potable, saneamiento, electricidad y transporte sanitario. En Gaza, la OMS ha documentado brotes de enfermedades infecciosas, hambruna y falta total de medicamentos. En Líbano, las clínicas del sur y de la capital —que ya funcionaban con recursos limitados— han quedado al borde del colapso.
[–>[–>[–>Solo los 15 primero días de este pasado marzo, la OMS registró más de 200 ataques a infraestructuras médicas en Líbano. Y ese mes Israel mató al menos a 1.953 personas e hirió a más de 6.300. El pasado 8 de abril de 2026 fue la jornada más letal, con 357 muertos y más de 1.200 heridos en un solo día por la oleada de ataques que el gobierno libanés calificó como «masacre contra civiles».
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Los informes de Amnistía Internacional de marzo de 2026 afirman que el ejército israelí está desplegando en Líbano el «mismo manual mortal» usado previamente en otros conflictos para devastar servicios esenciales. Y el informe de Human Rights Watch (HRW) de 20026 destaca la impunidad con que se hacen esos ataques, su impacto en la población civil desplazada y el hecho de que no son incidentes aislados, sino parte de una ofensiva directa a los servicios de emergencia (personal médico y rescatistas). Cientos de sanitarios han muerto y más de 250 vehículos de emergencia (ambulancias y camiones de bomberos) han sido dañados o destruidos mientras prestaban ayuda. No son ataques a personal militar, sino a personal civil de ayuda esencial que constituyen una violación directa del derecho internacional humanitario.
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[–>El trauma de vivir bajo fuego constante, la pérdida de familiares y la precariedad extrema generan efectos psicológicos de largo plazo, especialmente en niños. Experiencias similares vividas en Gaza han mostrado los aumentos de estrés postraumático, ansiedad, depresión y trastornos del sueño. En Líbano, los profesionales sanitarios reviven la misma catástrofe.
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Desplazamiento y destrucción del tejido social. Cada ofensiva israelí produce un desplazamiento masivo. En Gaza, casi toda la población —más de dos millones de personas— fue forzada a moverse repetidamente. En Líbano, las cifras crecen rápidamente y decenas de miles de personas ya han abandonado el sur. ACNUR y OCHA estiman que hay más de 1.049.000 personas desplazados a fecha de hoy, y estas cifras reflejan solo a quienes se han registrado oficialmente, por lo que el número real es muy superior, siendo uno de cada cinco habitantes del Líbano.
[–>[–>[–>El desplazamiento erosiona comunidades, destruye economías locales y somete a las familias a una vulnerabilidad extrema. Escuelas improvisadas en refugios, campos de desplazados sin servicios básicos y la incertidumbre sobre el retorno agravan un cuadro humanitario que reproduce el trauma palestino en otra geografía. En muchos casos, los desplazados libaneses se instalan en barrios que ya acogían a refugiados palestinos y sirios, multiplicando las tensiones y el colapso de los servicios.
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Los efectos intergeneracionales de este tipo de violencia son devastadores. La pérdida de vivienda, de proyectos de vida y de pertenencia cultural deja marcas que pueden perdurar décadas. En Gaza, la mitad de la población son niños; en el sur del Líbano, ocurre algo similar. Convertir esos espacios en zonas inhabitables equivale, en la práctica, a borrar generaciones enteras.
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El papel de la comunidad internacional: la permisividad selectiva. Una pregunta resuena desde hace meses: ¿Cómo es posible que, tras la devastación realizada en Gaza, Israel vuelva a actuar con la misma impunidad en otro país soberano? La respuesta está en la estructura desigual del sistema internacional y en la política de alianzas estratégicas. Estados Unidos continúa respaldando militar y diplomáticamente a Israel, bloqueando las resoluciones del Consejo de Seguridad que exigen un alto el fuego o investigaciones independientes. Y Europa mantiene una posición ambigua que oscila entre la condena retórica y la cooperación práctica. Las sanciones o restricciones de armas recaidas sobre otros actores implicados en conflictos similares simplemente no se aplican a Israel.
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La narrativa dominante los medios occidentales tiende, además, a presentar las acciones israelíes como «respuesta» o «defensa propia», invisibilizando así el desequilibrio abrumador de poder y la dimensión sistemática del castigo colectivo. Ese discurso deshumaniza a las víctimas y facilita la continuidad de las operaciones militares sin un verdadero costo político o legal para quienes las dirigen.
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¿Otro genocidio? Cada vez más expertos en derecho internacional argumentan que los patrones observados en Gaza —y ahora repetidos en Líbano— cumplen parcialmente los criterios de la Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio de 1948. El asedio prolongado, la destrucción deliberada de infraestructuras esenciales y la anulación de condiciones mínimas de vida son elementos que confirman esa calificación.
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Aunque los gobiernos occidentales rehúyen esa palabra, la evidencia documentada por ONU, ONG y medios independientes muestra que se está ejecutando una política de devastación poblacional en Líbano. Que ocurra de nuevo, tan poco tiempo después de Gaza, revela el grave vacío en la voluntad global de proteger el derecho internacional y es una advertencia de lo que ocurre cuando la comunidad internacional normaliza la devastación de poblaciones enteras bajo el argumento de la seguridad nacional.
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Lo que ahora hace Israel en Líbano es una continuidad de los métodos, objetivos y consecuencias de lo ocurrido en Gaza. No es un conflicto más, sino de una profunda crisis moral global que muestra como los derechos humanos son selectivos cuando los violadores son aliados estratégicos de las potencias dominantes. Pero también muestra la ceguera de un pueblo. Gideon Levy, veterano periodista del diario Haaretz, lo ha dicho claramente: «Nada puede justificar esta escala de matanza y destrucción, ni siquiera la justa ira de Israel. El problema es que en Israel hemos perdido la capacidad de ver a los libaneses y palestinos como seres humanos iguales a nosotros; por eso el bombardeo se vuelve una política aceptable para la mayoría».
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