Gijón se entrega a la magia de los drones y del eclipse: «Cada año es mejor»
No se habían extinguido los últimos rayos de sol del viernes tras la mole de la regasificadora de El Musel, cuando, como si fueran los de la intro de la 20th Century Fox, unos focos comienzan a iluminar el cielo desde el espigón de Poniente. En la playa, ya atestada de gente, están a punto de dar las once de la noche cuando un pequeño, sentado en una toalla junto a sus padres, levanta el dedo, señala y avisa a su mamá. Acaba de darse cuenta de que un dron, a modo de avanzadilla, se eleva sobre la vertical de la chimenea de la térmica de Aboño y que el espectáculo está a punto de comenzar. Muy pronto el resto de los 650 compañeros voladores de esta máquina se elevan en el cielo gijonés y despliegan toda su magia, anticipo de lo que vendrá el agosto con el eclipse.
[–>[–>[–>[–>[–>[–>Así, de esta manera, se vivió el espectáculo de los drones de Gijón. Una cita que volvió a ser masiva en la ciudad, reuniendo a miles de personas sobre el arenal de la zona oeste y sus aledaños para disfrutar de un espectáculo de algo más de 20 minutos y que, bajo una voz sugerente, casi íntima y con la complicidad de la noche, hizo un repaso por toda la iconografía gijonesa. Desde las casetas de la playa de San Lorenzo, al teatro Jovellanos, pasando por el surf, la sidra espalmando en el vaso y por supuesto las Letronas, símbolo imperecedero de la Villa de Jovellanos. «El espectáculo cada años es mejor», aseguraron muchos de los presentes.
[–> [–>[–>Los responsables del espectáculo fueron este año Flock Drone Art. Se trata de la misma empresa que ya maravilló al mundo con el espectáculo celebrado frente a la Sagrada Familia de Barcelona con motivo del centenario de Antonio Gaudí. Desplegaron en el cielo de Gijón más de 600 drones para en un espectáculo llamado «Gijón, la ciudad que no se eclipsa». El show recreó en el cielo constelaciones y uno de los momentos álgidos fue la simulación del eclipse, un pequeño anticipo de lo que se vivirá en la ciudad el próximo 12 de agosto.
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La expectación por ver la cita fue enorme. Los aparcamientos próximos a Poniente, como todos los años, se llenaron horas antes. A falta de media, la playa ya estaba hasta la bandera. Muchas madres con su teléfono móvil, como si fueran revisoras de antiguos cines, guiaban a los suyos para encontrar algún sitio privilegiado. Sentados en las escaleras de Poniente aguardaban José González y Saray Chao, junto a sus hijas. La más pequeña de ellas era Arabia González, que apenas acaba de cumplir seis meses. «Venimos de La Calzada a verlo. Es un entretenimiento ideal para toda la familia», aseguraron.
[–>[–>[–>Con toalla y sillas de playa esperaban el despegue de los drones otra familia. Esta la componían Adriana Rincón y su marido Héctor Ponnefez. Sus hijas hacían tiempo jugando con el teléfono móvil. «Nosotros también venimos todos los años. Es hermoso tener algo así en Gijón, tiene mucha magia», aseguraron los dos progenitores. Sobre la arena, casi en primera línea de playa, estaban Juan Capilla y Viorica Moscovschi. Ellos son novios desde hace casi un año, aunque son amigos desde antes. «Otras veces vinimos como amigos y ahora venimos como pareja. Será igual el día del eclipse», dijeron, entre risas, pocos segundos antes de que los primeros drones tomaran el cielo.
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Durante 20 minutos el espectáculo concitó todas las miradas. Entre las nubes, una luna amarillenta parecía que tampoco se lo quería perder. Un avión que surcó los cielos en una capa más alta del cielo ofreció también una vista privilegiada a sus pasajeros. Las figuras se fueron sucediendo. Evocaban el cielo, mientras el narrador de la historia ponía en valor las bondades de Gijón, una ciudad que mira al mar y a su pasado con orgullo y también a su futuro, con coraje. De pronto se hizo el silencio. Los drones volvieron a su base. La megafonía de Poniente puso el broche de oro con la canción «Psycho Killer». Unos segundos antes de que el grupo Talking Heads cantara eso de «Psycho Killer Qu’est-ce que c’est? Fa-fa-fa-fa, fa-fa-fa-fa-fa-fa» la playa de Poniente ya había roto en aplausos.
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