Gisèle Pelicot rompe su silencio tras el juicio que conmocionó a Francia
Gisèle Pelicot ha roto su silencio un año después de la sentencia que cambió Francia –y muchas ideas falsas a propósito de las agresiones sexuales– con motivo de la publicación de su libro, ‘Un himno a la vida’, que llegará a las librerías el próximo 17 de febrero traducido en 22 idiomas. En él, reflexiona sobre cómo la edad la llevó a rechazar el anonimato en el proceso judicial y acabar convirtiendo en icónica la frase «la vergüenza debe cambiar de bando». «Cuando recuerdo el momento en que tomé mi decisión, pienso que, si hubiera tenido 20 años menos, quizá no me habría atrevido a rechazar el juicio a puerta cerrada. Habría temido las miradas, esas malditas miradas con las que una mujer de mi generación siempre ha tenido que lidiar», explica en sus memorias. «Tal vez la vergüenza se va más fácilmente cuando tienes 70 años y ya nadie te presta atención. No lo sé. No tenía miedo de mis arrugas ni de mi cuerpo».
[–>[–>[–>A lo largo de más de 300 páginas, Gisèle hace un breve repaso sobre su vida hasta llegar a aquel 2 de noviembre de 2020, día en que le cambió la vida para siempre. La policía de Carpentras la convocó en la comisaría, tras haber detenido previamente a su marido por grabar bajo la falda a una mujer en un supermercado. “El comisario lo tenía todo preparado, con un psicólogo en la sala para cuando me diera la noticia. Me mostró una fotografía, pero no me reconocí. Recuerdo que insistió. “Madame Pelicot, mire bien. Es usted”, explica durante una entrevista en France Info.
[–> [–>[–>Las agresiones de los ‘hombres corrientes’
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En los primeros extractos del libro publicados por ‘Le Monde», Gisèle narra cómo fueron aquellas primes horas. «Mi cerebro se detuvo. No reconocía a los individuos. Ni a esa mujer. Tenía la mejilla tan flácida, la boca tan lacia. Era como una muñeca de trapo».
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Su testimonio no solo conmocionó a Francia, también impactó en todo el mundo, y puso el foco en una realidad que el movimiento feminista lleva años denunciando: el (desdibujado) perfil del agresor. Lejos de esa idea hollywoodiense de que el violador es un desconocido que ataca en un callejón a medianoche, los datos apuntan a que la mayoría de agresiones se producen en el entorno familiar y las perpetran hombres corrientes: padres de familia, policías, médicos, abogados, electricistas… como Dominique Pelicot, quien durante medio siglo fue el “hombre perfecto, bondadoso y atento” casado con Gisèle. “Mis hijos volvieron a sus vidas, pero yo no tengo más vida que esa. No me queda nada de esos 50 años que pasé con el señor Pelicot”.
[–>[–>[–>El juicio que lo cambió todo
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Los juzgados de Aviñón se quedaron pequeños para acoger a los 51 años hombres acusados de agredirla sexualmente mientras permanecía drogada. Pelicot, en su papel de marido perfecto, durante 10 años le preparó cada mañana el desayuno. Y aprovechaba el momento para disolver una alta dosis de somníferos que la dejaban completamente inconsciente. Preparada, bajo la sumisión química, para ser violada por hombres que Dominique conocía a través de internet.
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Tras el ‘shock’ inicial, a sus 72 años, Gisèle tuvo que enfrentarse a un juicio que generó una gran expectación a escala mundial por la magnitud y la característica de los hechos. En el ‘hall’ se reunían decenas de periodistas llegados de España, Italia, Alemania o Japón para dar cuenta de un proceso histórico y público, como decidió la propia víctima para también se viera la cara de sus agresores.
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[–>«¿Por qué hiciste esto?»
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Durante los cuatro meses de proceso, siempre fue recibida entre aplausos, ramos de flores y lágrimas por los cientos de personas, en su mayoría mujeres, que acudían hasta el juzgado para apoyarla. “A esas mujeres que me transmitieron una fuerza increíble les doy las gracias porque, sin ellas, no sé si habría aguantado». Un apoyo que le ayudó a sobrellevar la presión y el trance de ver la cara de sus agresores. “No tenía que buscar las palabras, alimentadas y reconfortadas gracias a esa multitud de afuera que crecía y me escoltaba cada día en los alrededores del tribunal», relata.
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Gisèle quiere cerrar una etapa. “No quiero más la etiqueta de víctima”, afirma, a la vez que admite que lo vivido “no se supera en un abrir y cerrar de ojos”. Con este libro, además, busca lanzar un mensaje de esperanza: “Quiero decir a todas las víctimas que nunca se avergüencen ni pierdan la confianza en sí mismas (…) Espero que este libro fortalezca a todas aquellas mujeres que no se atreven a hablar”.
[–>[–>[–>Convertida en un icono en Francia, algunas de sus decisiones durante el proceso judicial desataron una intensa polémica. “No espero que me entiendan”, repetía ante el tribunal. Ahora, en su camino hacia la sanación, quiere visitar a su marido en la cárcel y formularle una última pregunta: “¿Por qué hiciste esto?”.
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