Guerra de Ucrania, en DIRECTO
La keniana Bibiana Wangari sabe que su hijo, Charles Waithaka, murió combatiendo en Ucrania en una guerra que no era suya. También sabe que lo mató la explosión de una mina. Pero desconoce dónde yace el cuerpo de este joven que, como cientos de africanos, fue presuntamente engañado y reclutado por Rusia.
«El cuerpo de mi hijo, el niño de mi juventud, está tirado en algún lugar, a kilómetros y kilómetros de casa y yo no puedo despedirlo. Ni siquiera puedo ver sus restos», dice a EFE con una entereza sobrecogedora Wangari desde el porche de su casa en Kamulu, a unos sesenta kilómetros al este de Nairobi.
Como muchos otros jóvenes en diferentes países del continente -desde Kenia hasta Camerún, pasando por Sudáfrica-, Waithaka, de 32 años y amante del fútbol, vio en una oferta para trabajar como mecánico en Rusia una oportunidad para prosperar.
Según su madre, le ofrecieron un salario mensual de 800.000 chelines kenianos (más de 5.000 euros), una cantidad con la que no podría soñar en Kenia.
Pero, poco después de aterrizar en Rusia, el joven se encontró con una realidad diferente: su pasaporte fue confiscado, le hicieron firmar un documento en ruso con el que consintió, sin saberlo, que el agente que lo recibió accediera a su cuenta recién abierta en el país (de la que sustrajo un pago inicial de unos 6.500 euros) y fue trasladado a un campo de entrenamiento militar, antes de ser llevado al frente.
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