Habermas y los demás
Fue un acierto de la Fundación Príncipe de Asturias premiar en buena hora (2003) a Jürgen Habermas, gran colofón intelectual de la llamada Escuela de Frankfurt, semillero de la mejor versión del humanismo europeo, con un huerto no menor en USA, a cuyas libertades se acogieron un día muchos de sus adherentes. Una escuela sin muros (pese a su origen en un edificio), capaz de hacer de la gran revolución de 1968, gracias a Herbert Marcuse y el freudomarxismo, un movimiento filosófico y político, más allá de sexo, drogas y rock & roll. Capaz también de ofrecer la vertiente cálida de la razón, para que además de permitirnos entender nos ayude a entendernos, o de hacer ver la evidencia (y estamos ya en Habermas) de que la comunicación es para comunicarnos, volvernos comunicantes, y usarla para incomunicarnos, cerrándonos al otro y fomentando el odio, es una aberración: mal en estado puro.
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