Han venido muchos clientes llorando
«Quedamos en Rivoli», durante siete décadas esa era una de las frases más escuchadas por los que planeaban un encuentro en Oviedo. Hasta en el otro lado del Atlántico se planearon encuentros entre asturianos emigrados con el famoso establecimiento ovetense como protagonista, «Me llamaron de México para preguntar si era verdad que cerraba», explica Antonio Gutiérrez, el propietario del negocio. Hoy el día ha llgado y Rívoli cierra su persiana por última vez poniendo punto y final a una historia de casi siete décadas ligada al mejor café y a la conversación pausada en el número 7 de la calle Uría. En sus mesas se han cruzado generaciones de ovetenses y visitantes ilustres que hicieron del local un segundo hogar. Así lo confirma Encarnación Marrón una de las clientas habituales que hoy no podía disimular su pena. «Venía aquí todos los días por la mañana, por la tarde y los fines de semana, tienen el mejor café de todo Oviedo, además de unos pinchos y una bollería espectacular. Aquí he hecho grandes amigos como Beni la camarera que es de Somiedo como yo», explica.
[–>[–>[–>El local nació como tienda de calzado, pero en torno a 1957 se reconvirtió a la hostelería y adoptó su nombre en homenaje a la localidad italiana de la que procedían muchos zapatos vendidos durante años en el local. Del estreno como cafetería queda como testigo el mosaico del gijonés Joaquín Rubio Camín que preside la entrada, una pieza que a muchos recuerda al paseo de Los Álamos de Antonio Suárez y que con el paso del tiempo se convirtió en una de las imágenes más reconocibles del establecimiento.
[–> [–>[–>A comienzos de los sesenta, el sótano de la cafetería acogió exposiciones de artistas al alza como Manuel García Linares, Jaime Herrero o Eduardo Úrculo, entre otros, durante una etapa en la que el negocio estaba gestionado por una sociedad en la que figuraban «la familia de Anís la Praviana y un empresario mexicano», consolidando al local como referente cultural.
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Antonio García y sus hermanos llegaron a Oviedo desde Cerecedo de Besullo, en Cangas del Narcea, en 1974 para abrir Casa El Abuelo, en Ingeniero Marquina. Seis años después incorporaron la Rívoli a su cartera de negocios. «Era un local que siempre me había encantado, quedó libre y me lancé a por él», recuerda el primogénito de un clan que también dirige cuatro tiendas de la cadena Calzados Mario y la confitería Santa Cristina, y que cuando adquirió el Rívoli decidió darle un vuelco: el sótano pasó a ser cocina y el piso superior se transformó en un salón en altura desde el que los clientes siguen disfrutando de las vistas de Uría.
[–>[–>[–>El cierre, según el empresario, es ley de vida. «Tenía que jubilarme en algún momento», dice el dueño de un negocio que llegó a tener siete empleados y ahora tiene a cuatro. La Rívoli como tal desaparecerá, pero el local seguirá vivo: la cadena de churrerías Robi lo reabrirá tras reforma. «Los nostálgicos podremos seguir viniendo, aunque no sea lo mismo», asevera Encarnación mientras Antonio recoge las cajas que aún quedan en el almacén.
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«Esta semana ya han llorado muchos aquí y otros han llamado por teléfono para lamentarse, les da pena imaginarse esta esquina sin nuestra imagen», reconoce con emoción. Con el cierre de Rivoli se van muchas historias de los que un día cruzaron sus caminos en la calle Uría.
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