«Hay vida después del ictus», destacan pacientes y familiares
«Cuando alguien padece un ictus no solo cambia la vida de quien lo sufre, también la de quienes están alrededor». Lo dijo ayer en el Club LA NUEVA ESPAÑA María Jesús Rodríguez, presidenta de la Asociación Ictus Asturias (Asicas), quien reivindicó el papel esencial de los familiares cuidadores, «muchas veces invisibles», y la necesidad de acompañamiento profesional y comunitario más allá del alta hospitalaria.
[–>[–>[–>El Club acogió la segunda sesión del ciclo dedicado al ictus, con pacientes, familiares y cuidadores que saben que un ictus no termina en el hospital. Yolanda Valcárcel relató el desconcierto de los primeros minutos: «Sentí la cabeza como mojada por dentro». En Urgencias del Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) pensó que no sería tan grave. No fue así: su ictus fue hemorrágico. Describió el ingreso como «un momento crítico, pero también puso el acento en la esperanza: «Tenemos la suerte de contar en Asturias con profesionales maravillosos. como el neurólogo Sergio Calleja y el neurroradiólogo Pedro Vega, ambos presentes en el acto.
[–> [–>[–>Manuel Veiga compartió un testimonio atravesado por la soledad de aquellas horas. «Tenía la cabeza cargada del estrés del trabajo y mi costumbre en esos casos era salir a beber. Solo notaba que al hablar algo no iba bien», explicó. De madrugada, al levantarse, se cayó y no fue capaz de ponerse en pie. «Ocho horas eternas que todavía regresan en forma de pesadillas», rememoró. Pablo Sáez recordó que había tenido episodios previos no diagnosticados. El definitivo le sorprendió en Luarca. Fue trasladado al Hospital de Hospital de Jarrio y, desde allí, al HUCA, acompañado por una médica que ya había terminado su turno. «No sentí temor. Pensé que se me había dormido la pierna». Su relato subrayó la importancia de la rapidez y de la cadena asistencial.
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Paula Rivero habló del tiempo suspendido del coma. «El médico me preguntaba muchas veces dónde estaba». En su proceso destacó el apoyo de Asicas, que presta asesoramiento profesional a pacientes y familias.
[–>[–>[–>La segunda parte del acto dio voz a la mesa de familiares cuidadores. Esther Montes describió el impacto silencioso del daño neurológico: «Me di cuenta de que mi hermano ya no era mi hermano: falta de empatía, lentitud, cansancio y deterioro cognitivo». Covadonga Campesino habló de «un cóctel de emociones» cuando a su marido le dieron varios ictus y, en esos momentos, «no sabes lo que está pasando». Ana Cortina cerró el turno con palabras de agradecimiento: su familiar estuvo ingresado una semana y quiso reconocer la atención recibida en el HUCA. «Salimos con un diagnóstico y, hasta hoy, gracias al HUCA».
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La sesión dejó una certeza: el ictus irrumpe sin avisar, desordena la identidad y la rutina, pero también revela redes de apoyo y capacidad de superación.
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