Haz el bien, hazlo bien, pásalo bien (las tres bes)
Siempre me ha llamado la atención lo poco habitual que resulta ver a un líder social, político, deportivo… pedir disculpas por sus actos. Más raro aún es que reconozca que el adversario, en ocasiones, tenía razón y que él mismo se equivocó. Existe una obsesión casi enfermiza en muchas instituciones por justificar lo injustificable. Esa incapacidad para asumir responsabilidades termina proyectando una imagen de cerrazón y falta de honestidad.
[–>[–>[–>No hace tanto que el planeta sufrió las trágicas consecuencias de la covid-19 y que los seres humanos padecimos en carne propia los estragos del contagio. Lo recuerdo porque la importancia del contagio suele subestimarse, también en el terreno de las conductas: las actitudes y los comportamientos se contagian.
[–> [–>[–>Las actitudes de esos referentes, unidas al sofisticado sistema de comunicación y manipulación que hoy condiciona nuestras vidas, terminan influyendo más de lo que creemos. Y las consecuencias, sinceramente, inquietan. Por eso, cada vez resulta más difícil mantener la equidistancia y conservar el temple. En un clima así, la serenidad parece convertirse en una tarea cuesta arriba.
[–>[–>[–>
¿Por qué no salen a la palestra y prueban a decir algo tan sencillo como esto: «Reconocemos que los otros tenían razón en este punto»? Aunque después añadan un «pero», ese simple gesto ya sería una señal de responsabilidad. Ver alguna actitud así nos ayudaría a pensar que quienes rigen nuestros destinos actúan con un mínimo de honestidad. ¿Es mucho pedir?
[–>[–>[–>Sin embargo, quizá todo esto no sea más que una ingenuidad. Tal vez estos pensamientos cándidos poco tengan que ver con la realidad del mundo, donde parece imponerse otra lógica: sálvese quien pueda; yo no voy a arreglar nada; y el que venga detrás, que arree. Lo que el ciudadano de a pie percibe al escuchar o mirar los medios es que la crispación se ha convertido en una compañera incómoda del día a día. La sensación dominante es que lo importante es ganar, sea como sea, y que los métodos utilizados importan cada vez menos.
[–>[–>[–>
En ese contexto, los comportamientos se vuelven cada vez más obscenos. La ambición desmedida relaja los límites, favorece alianzas poco recomendables y termina conduciendo, una vez más, al desastre. Y ese desastre no lo pagan sólo quienes lo provocan, sino todos: justos y pecadores.
[–>[–>
[–>Quizá la postura más sensata en estos tiempos sea ser cada vez menos de una sola cosa y un poco más de muchas. Conviene no acercarse en exceso a ningún extremo, porque uno acaba atrapado en un entramado sofisticado donde mandan algoritmos y dinámicas que a menudo apenas comprendemos.
[–>[–>[–>
No somos de una sola manera. Somos una mezcla de circunstancias, experiencias y cambios. Tenemos derecho a evolucionar, a rectificar, a no quedar presos de ideologías ni de colores. Porque cuando uno se entrega por completo a un solo bando, pronto descubre que también le exigen exclusividad. Y esa lógica de «conmigo o contra mí», sinceramente, no merece la pena.
[–>[–>[–>¡Es todo tan efímero, pasa todo tan rápido!
[–>[–>[–>
Quizá por eso convenga recordar la sencilla consigna: Haz el bien, hazlo bien y pásalo bien.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí