hermenéutica de la violencia de género
En el entorno rural, caracterizado por el aislamiento, la dispersión territorial, la distancia a los núcleos poblacionales, el control social y la escasa intimidad, muchas mujeres acuden a las consultas médicas con relatos cotidianos que encubren una realidad más profunda.
[–>[–>[–>La violencia de género no siempre se presenta de forma evidente, a menudo se esconde y pasa desapercibida. Entrar en una consulta médica no es solo acceder a un espacio sanitario; es también cruzar el umbral donde la cercanía convive con los silencios. Algunas lesiones se explican con narrativas simples que encajan en el contexto rural y que precisamente por ese motivo, dificultan su detección: «me caí», «tropecé» o «me empujó una vaca». Se puede pensar que son relatos improvisados pero, por el contrario son narrativas construidas donde el qué dirán pesa demasiado. Muchas mujeres recurren a ellas para evitar que la violencia física que sufren trascienda al ámbito público, en un entorno en el que cualquier sospecha puede tener consecuencias personales, familiares, vecinales y hasta económicas. Por este motivo, muchas víctimas no quieren o no pueden hablar y reinterpretan lo ocurrido como estrategia de supervivencia o simplemente para hacerlo más soportable.
[–> [–>[–>Por su parte, el maltrato psicológico constituye una de las formas de violencia de género más oculta porque a diferencia de la física no deja huellas visibles, pero va deteriorando progresivamente la autoestima y autonomía de las mujeres. Es una violencia que se manifiesta mediante dinámicas de control, desvalorización y dependencias. En este contexto, los/as profesionales de atención primaria (médicos/as y enfermeros/as) son clave para la detección precoz de la violencia de género, al ocupar una posición estratégica como principal punto de contacto sanitario para la población. Sin embargo, para poder actuar sobre la violencia de género es esencial que las mujeres expresen su situación, porque aquello que no se visibiliza difícilmente se puede abordar.
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En demasiadas ocasiones las víctimas no exteriorizan la violencia que sufren, lo que sitúan a los/as profesionales de atención primaria ante escenarios complejos, en los cuales las mujeres no están reconociendo o están ocultando (consciente o inconscientemente) que son víctimas de violencia. Esta invisibilidad no responde solo a la falta de identificación de la situación, sino a un entramado emocional, social y propio del entorno rural que dificulta su verbalización. Para muchas mujeres, reconocer la violencia implica no solo enfrentarse a su maltratador, sino también a su entorno. Supone, además, alterar los equilibrios familiares, exponerse al qué dirán y, en algunos casos, poner en riesgo su propia vida.
[–>[–>[–>En los servicios de atención primaria los casos de agresiones físicas son menos frecuentes, mientras que predomina la violencia psicológica, que suele somatizarse en forma de síntomas físicos. Es una violencia que no se detecta en una consulta de diez minutos, exigiendo tiempo y escucha activa. Esta realidad puede llevar a subestimar su gravedad; sin embargo, si no se detecta a tiempo, acaba convirtiéndose en una forma más grave de violencia.
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En el medio rural, muchas mujeres dependen de sus parejas para desplazarse hasta el centro de salud, lo que facilita que el maltratador esté presente en todo momento. Su presencia condiciona y limita cualquier posibilidad de verbalización de la situación. En estas circunstancias, incluso las preguntas más evidentes se vuelven complejas de realizar. ¿Cómo un médico/a puede indagar si está ante un caso de violencia cuando la víctima va acompañada del maltratador? Aquí entra el juego la pericia y formación del médico/a, ya que no se trata únicamente de detectar signos clínicos, sino de interpretar silencios, contradicciones y dinámicas de interacción.
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[–>Los protocolos sanitarios para la atención a las víctimas de violencia están diseñados en gran medida desde la lógica urbana y no siempre son aplicables a las características de los entornos rurales. En las zonas rurales la violencia se vive bajo condiciones de aislamiento, control social y dependencias relacionales que hacen más difícil su detección e intervención sanitaria. Podría argumentarse que los protocolos sanitarios existentes son de aplicación universal para cualquier víctima de violencia de género. Sin embargo, desde esta perspectiva no se está considerando las particularidades de las áreas rurales, corriendo el riesgo de no detectar la violencia que no encaja en el diseño urbano.
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Es fundamental entender que los médicos/as y los enfermeros/as de atención primaria no son meros receptores de síntomas, sino agentes clave para la detección precoz de la violencia de género. Reconocerles su papel implica dotarles del tiempo y respaldo necesario para que la consulta se convierta en el espacio donde las mujeres puedan, poco a poco, poner nombre a lo que viven. Asimismo, incorporar las particularidades de las áreas rurales en los protocolos de actuación son hacerlos más eficaces.
[–>[–>[–>La detección precoz de la violencia de género en el medio rural exige dejar atrás los enfoques urbanos y reconocer la violencia psicológica que se oculta a plena vista. Reforzar la atención primaria, dotar de herramientas específicas y adaptar los protocolos al ámbito rural es necesario. Porque en los silencios que llegan a las consultas se juega, muchas veces, la posibilidad de romper el ciclo de la violencia.
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