Hipócrates renovado
Alimentación y ejercicio están en el corazón de la medicina hipocrática y son hoy dos pilares fundamentales de la medicina preventiva. Entonces se pensaba que el cuerpo, reflejo del universo, estaba compuesto por cuatro elementos en pugna y equilibrio. Los alimentos podían aportar humedad que el ejercicio expulsa. Era evidente: el sudor no solo secaba el cuerpo, también arrastraba la materia pecante, esas partículas malignas que se cocían en el interior del cuerpo desequilibrado. Por eso el sudar coincidía con la epicrisis, el momento en que el organismo vencía. Y por eso se decía en Asturias: voy a secar a Castilla. Porque, como bien reconocía Casal, ese médico de origen catalán y criado en Castilla, Asturias es muy húmeda, basta ver cómo los zapatos se llenan de moho o la leña arde silbando. En aquella medicina hipocrática eran las cualidades, la mezcla de ellas y su equilibrio lo que determinaba la salud. Es a lo que se aspira: que las fuerzas contrarias de la naturaleza encuentren el punto justo y cambiante donde puedan convivir. El herbívoro impide que la hierba crezca y a la vez la alimenta con sus detritus. Demasiados convierten el campo en desierto. Nosotros buscamos ese equilibrio, dentro de nosotros mismos, con los demás y con lo demás. También necesitamos el caos creativo, colocarnos en el borde del abismo, a veces dejarnos caer. Es la fiesta de carnaval, la celebración de Dionisio frente Apolo.
[–>[–>[–>La palabra dieta ha restringido su campo de significación a la forma en que uno se alimenta. Antes se refería a las normas para una vida sana. No solo qué ,cómo y cuándo comer, también el descanso, el sueño, el ejercicio físico, el trabajo y el manejo de las pasiones y la regulación del estado de ánimo. Sabemos mucho más, entendemos el organismo mucho mejor y cómo responde a los estímulos. Pero en lo básico, seguimos siendo hipocráticos. La idea de la dieta es actual.
[–> [–>[–>La alimentación como fuente de salud y enfermedad cobró protagonismo en la segunda mitad del siglo pasado. Entonces, superadas las enfermedades infecciosas, se volvió la vista a las crónicas cuyo protagonismo crecía: cáncer y enfermedades circulatorias. Cuando Richard Doll y Richard Peto examinaron las causas del cáncer y las posibilidades de prevención, la dieta llenó buena parte de su reflexión. Pensaron de la siguiente manera: si en los países que consumen muchos alimentos de origen vegetal tienen menos cánceres y, al contrario, hay mucho dónde los de origen animal son la fuente principal de energía, será esa alimentación la que lo facilita o evita. Y si los japoneses cuando emigran a California o Hawaii tienen poco cáncer como en Japón, pero los nietos, que ya comen con los americanos, tienen las mismas tasas que ellos, será la dieta.
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La obsesión de Ancel Keys era el colesterol y la aterosclerosis. Estaba convencido que la culpa de la epidemia de enfermedad coronaria era la dieta. Había comprobado que en los países cuya alimentación se basaba en vegetales, cereales, algunas legumbres, pescado como fuente preferente de proteínas animales, la enfermedad cardiovascular era rara. Le dio un nombre mientras viajaba por Italia y disfrutaba de las comidas, lentas, acompañadas de un poco de vino y coronadas con unas frutas y un ristretto: dieta mediterránea.
[–>[–>[–>En su laboratorio, realizó un estudio que fijó para siempre la relación entre las grasas de la dieta y las de la sangre. Consiguió que le permitieran experimentar con enfermos esquizofrénicos ingresados, hoy no se podría. Con una estricta vigilancia los alimentó con diferentes cantidades y tipos de grasas y observó cómo se modificaba el colesterol. Lo que demostró es ley: tres ácidos grasos saturados de cadena media ( laúrico, mirístico, palmítico) elevan el colesterol. Los poliinsaturados lo reducen y tanto los monoinsaturados como los saturados que no sean los mencionados no lo modifican. Con eso ya teníamos claro qué comer para evitar un colesterol alto. Todo encajaba, más cuando su teoría iba en la misma dirección que las hipótesis de Doll y Peto. Ahora tocaba demostrarlo: que las personas, no los países, que comían más vegetales y pescado, tenían menos cáncer y enfermedad cardiovascular. Se diseñaron magníficos estudios en los que durante años se siguió a miles de personas a las que habían hecho una encuesta dietética. Esperaban que los que comían menos grasas saturadas y más insaturadas tuvieran menos enfermedad cardiovascular. Solo se vio con claridad que una grasa poliinsaturada que se hidrogenaba para que pareciera mantequilla, era muy perjudicial: la margarina. Otras grasas no demostraban con claridad su acción beneficiosa o perjudicial. Entonces se pensó en caracterizar la dieta como un todo y puntuar la adherencia: más puntos si come mucho vegetal, si no come carne roja, si come cereales enteros y legumbres con frecuencia, si come frutos secos y pescado. Con ese modelo sí se demuestra que la dieta mediterránea es saludable: la mortalidad general, la cardiovascular y la de cáncer es menor cuánto más cumpla las recomendaciones. Nos hacía Hipócrates para reconocer que pensaba que no es soló el qué si no el cómo y cuándo.
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