HUELGA ENCE | Vivir con ansiedad por si «me toca» el ERE: así «sufren» los trabajadores de Ence
Entre el numeroso grupo de personas que se concentra a las puertas de la planta de Ence-Navia en el primero de siete días de huelga por un ERE cuesta encontrar, más allá del presidente del comité de empresa y de sindicalistas ya jubilados, a personas que cuenten en primera persona a un periodista cómo viven en la intimidad esta situación de incertidumbre.
[–>[–>[–>La primera respuesta, ante la falta de información más precisa, vendría dada por un monosílabo que no viene de boca de alguien que quiere posar ante la cámara, hacer declaraciones y firmarlas: «Mal». Pero Javier Díez y Rocío Calvín han sido más valientes y entre la multitud que dice no a la entrevista de este diario dan un paso al frente. «¿Cómo se va a entender nuestra situación si nadie habla?», se preguntan.
[–> [–>[–>Esa es su historia. Javier Díaz Méndez tiene 46 años y lleva una década trabajando en Ence. Es de Armental «de toda la vida» y controla los accesos de la planta. Habla con serenidad, pero lo que cuenta es crudo. «Hace dos o tres años ya nos quisieron echar del puesto», recuerda. No fue una conversación cualquiera: ocurrió en Navidad, el día de la cabalgata de Reyes. «Nos llamaron a una reunión y nos dijeron que era una reestructuración. La reestructuración consistía en eliminarnos directamente del puesto de trabajo», recuerda.
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Javier explica que no hubo preaviso ni explicaciones claras. Cuando preguntaron, la respuesta fue una amenaza velada: o recolocación en condiciones impuestas o la calle. «Lo estoy edulcorando mucho», reconoce. Fue la primera vez que sintió su puesto de trabajo amenaza y fue, también, según resume «algo bastante más grave y sangrante». Aquello no se consumó, pero dejó una huella. «Después de esos vientos vienen estos lodos», dice ahora, al hablar del ERE que plantea la empresa y que afecta a 96 personas, un tercio de la plantilla. «Nos quieren poner a todos en la calle», dramatiza.
[–>[–>[–>Javier Díaz, en la primera concentración por la huelga de personal. / Ana M. Serrano
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La sensación que transmite no es solo miedo al despido, sino cansancio acumulado. «Así es muy difícil vivir», resume. No habla de cifras ni de balances: habla de dignidad, de la forma en que se comunica una decisión que cambia una vida.
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Su compañera Rocío Calvín tiene 50 años y lleva 14 en la empresa. Trabaja en mantenimiento. Es ingeniera industrial y oficial de primera. En su casa, el conflicto se vive con especial crudeza. «En casa, mal», dice sin rodeos. Su pareja está en paro de larga duración y tienen un hijo de diez años «Dependemos de un solo sueldo» porque su marido es parado de larga duración. El niño ya nota que algo va mal. «Está preocupado», explica Rocío. No entendía qué era una huelga, pero la tensión se filtra. La organización de la manifestación del domingo, las bengalas, las conversaciones a media voz. «Se da cuenta de que algo pasa» y ella también lo paga por dentro: «No duermo. Desde que pasó esto, no».
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[–>«Al principio, no te lo crees»
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La incertidumbre se arrastra desde octubre, pero ahora es distinta. «Al principio no te lo crees. Le quitas importancia hasta que lo ves sobre el papel”, explica. Ahora ya no es un rumor: son 96 puestos que «se quieren cargar» sin saber en qué departamentos ni a quién afectará: «No sabemos nada. Solo el número».
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Rocío Calvín, en la protesta de la tarde. / Ana M. Serrano
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Rocío pone el foco en algo que en la comarca pesa como una losa: la falta de alternativas en la comarca. «Aquí hay muy pocas oportunidades laborales. Si no tienes esto, tienes que irte», apunta. A los 50 años, con un hijo y una pareja en paro, la palabra «irse» no es una opción ligera. «Nos pilla en una edad dura», reconoce. Y el miedo no es solo al paro, sino a no volver a encontrar un trabajo acorde a su perfil en la zona.
[–>[–>[–>Ella elude hablar de estrategias empresariales y de porcentajes de ahorro. Habla de noches sin dormir y de algo que últimamente se ha apoderado de su vida, «la ansiedad». Queda una dura y larga semana por delante.
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