Infraestructuras frágiles, ciudadanía ejemplar
El descarrilamiento de Adamuz evidencia dos realidades que conviven en España: una ciudadanía capaz de reaccionar con un arranque supremo de solidaridad inmediata y una estructura pública que acumula síntomas de desgaste. Mientras los vecinos llevaban colchones de sus propias casas y las administraciones cooperaban sin fricciones, el accidente volvía a poner el foco sobre una red ferroviaria sometida a más tráfico, más operadores y menos inversión sostenida.
[–>[–>[–>La respuesta institucional fue esta vez coordinada y eficaz, como si el recuerdo de la dana de Valencia hubiera impuesto un “protocolo de excepcionalidad” que suspende la pelea partidista cuando el dolor aprieta. Pero ese consenso reactivo no puede ocultar el problema de fondo: Adif y Renfe arrastran deudas, burocracia y una gestión politizada que no ha sabido adaptarse a la liberalización ferroviaria ni al envejecimiento paulatino de las infraestructuras. La empatía ciudadana no compensa la falta de mantenimiento, ni la buena coordinación en emergencias sustituye la planificación a largo plazo.
[–> [–>[–>Adamuz es prueba evidente de que el país responde cuando todo falla; lo inquietante es que tenga que responder tan a menudo. La solidaridad salva a las personas, pero sólo una reforma profunda del modelo ferroviario puede evitar que la excepción emocional sustituya a la normalidad técnica. Y esa es una responsabilidad que no puede recaer sobre quienes cargan colchones, sino sobre quienes diseñan y gestionan las infraestructuras.
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