Inmigración
Juan Cofiño González es presidente de la Junta General del Principado
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En las últimas décadas asistimos en España a un punto de inflexión en relación con los flujos históricos migratorios. España ha sido siempre un país de salida, bien fuera por razones socio religiosas («expulsión de los judíos»), exiliados por razones políticas y grandes oleadas buscando una vida mejor. En sentido contrario, en este ciclo histórico (siglo XXI) hemos recibido nueve millones de inmigrantes, si englobamos a los de primera y segunda generación.
[–>[–>[–>La intensidad del cambio se había producido con cierta naturalidad, sin mayores problemas de convivencia ni estridencias sociales, incluida una política gubernamental de «laissez-faire», propia de un modo de gobernar que ignora la prevención, planifica poco, caracterizada por el providencialismo. En consecuencia, y hasta hace poco tiempo, el asunto migratorio estaba al margen del debate público, más allá de problemáticas puntuales, y no por ello menores en términos éticos y morales, tales como la presencia de menores no acompañados y las recurrentes catástrofes humanitarias en el Mediterráneo. Sin embargo, la irrupción de Vox, sumado a opciones electorales exitosas en el ámbito del nacionalismo catalán han colocado este asunto en la discusión pública (era necesario) pero, desafortunadamente, polarizando y dificultando el debate racional, en un asunto poliédrico, ahíto de matices y connotaciones de todo tipo.
[–> [–>[–>Sobre el excipiente de la desigualdad, las fuerzas antisistema y populistas han sabido instrumentalizar los fallos de las instituciones democráticas en asuntos sensibles –y el de la inmigración es uno de ellos– para exacerbar las emociones más tribales, especialmente en los barrios de nuestras ciudades más pobres, que soportan casi en exclusiva la presión migratoria.
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Urge una conversación publica racional sobre el asunto, que trascienda el binomio entre humanismo (el falso humanismo de las bellas almas, que diría FUSARO)/y la estulticia del rechazo xenófobo.
[–>[–>[–>En el marco de la refriega política en torno a la inmigración ha perdido protagonismo un asunto que merece la pena ponderar, y es el aspecto cultural y el enriquecimiento que se deriva del mestizaje; es conocido que las culturas se anquilosan cuando se producen situaciones de aislamiento, y al contrario, prosperan cuando se entremezclan. El gran economista John Kenneth Galbraith nos ha recordado que la migración es un hecho que beneficia al país desde el cual se emigra y al de destino. La historia reciente nos brinda ejemplos bien significativos; por citar algunos, ni Inglaterra, Suecia, Irlanda o EE UU, serian hoy lo que son sin el fenómeno migratorio del que se han beneficiado. Es más, la España actual, de la que tan legítimamente orgullosos nos sentimos, no es otra cosa que el trasunto histórico de diferentes pueblos que se asentaron en la península (celtas, fenicios, griegos, visigodos, romanos, musulmanes judíos y cristianos, entre otros) para disgusto de los teóricos de la pureza racial excluyente o xenófobos militantes.
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En cualquier caso, urge el debate abierto y su lógica consecuencia: la formulación y ejecución de una auténtica política migratoria, que anticipe y evite los procesos recurrentes de regularización cuando la presión amenaza la paz social. No es razonable ni éticamente aceptable embalsar en situación de ilegalidad a cientos de miles de personas durante años, periodo en el cual sufren abusos de todo tipo, señaladamente en los ámbitos laborales y de la vivienda. Es preciso planificar y decidir, sin complejos, desde la racionalidad y el sentido común. Este fenómeno, de inercia creciente, requiere respuestas ante su innegable impacto en el mercado de trabajo y las necesidades de muchos sectores de la economía (por ejemplo: flexibilizando el catálogo de ocupaciones de difícil cobertura para hacerlo más realista). Es preciso cuantificar la afectación al mercado de la vivienda y a los servicios públicos, ya que los mismos no se han dimensionado lo suficiente ante la entidad del fenómeno. Al fin, debe producirse una respuesta a la pregunta siempre delicada de si deben articularse políticas selectivas de atracción de la inmigración, (cuantificación incluida) guiada no tanto por la emotividad inherente a la naturaleza del asunto como a la racionalidad que se espera de quien gobierna y adopta decisiones, aunque sean impopulares.
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[–>Y ello dejando al margen la temática del reagrupamiento familiar y el derecho de asilo que, ese sí, debe contemplarse con amplitud y una amable mirada humanística. Concluyo con una llamada a la izquierda política; en este y otros asuntos, procede perder el miedo y los complejos derivados del señalamiento y la cultura de la cancelación. Este asunto es enormemente complejo y repleto de matices. Corresponde un ejercicio de realismo para evitar arrojar más combustible a la hoguera. Las ultimas encuestan de opinión en nuestro país incorporan un sesgo negativo –disconformidad– en relación con el actual estado de cosas en la materia.
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Por cierto, y concluyo, la anunciada transferencia de competencias en materia de inmigración a Cataluña, de consolidarse –desconozco si estamos ante un bulo- además de abundar en la deconstrucción de las estructuras del Estado, impedirá, de facto, cualquier política de inmigración coherente.
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