Jovellanos habría estado muy cómodo en la etapa de la transición
Benigno Pendás (Barcelona, 1956), con raíces en Salas, es consejero nato del Consejo de Estado y presidente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, además de dirigir los cursos de La Granda en Avilés. En «Jovellanos. Ilustración para españoles (Taurus)», recupera la figura del asturiano Gaspar Melchor de Jovellanos y reivindica su papel en el reformismo ilustrado en España. Pendás, catedrático de Ciencia Política de la Universisad CEU San Pablo, realizó una conferencia sobre Jovellanos en la sede de la Fundación Juan March, en Madrid, como presentación del libro que acaba de escribir, a la que acudió Juan Cofiño, presidente de la Junta General del Principado. Dialoga con LA NUEVA ESPAÑA sobre la vida de Jovellanos tras dos años de trabajo.
[–>[–>[–>—¿Por qué este libro?
[–> [–>[–>—La idea surge de la colección más importante de biografías de la Fundación Juan March, que patrocina la propia fundación y edita Taurus. Me llamó el director y me lo ofrecieron. Jovellanos sería el primer ilustrado y el primer asturiano en la serie. Yo soy historiador de las ideas políticas, así que me enganchó el tema desde el principio. Además, el personaje va creciendo en el afecto de quien lo lee y sigue su vida, porque, además de un gran intelectual, es un gran tipo humano: alguien que defiende sus principios y un trabajador infatigable. Han sido dos años de trabajo intenso.
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—Usted defiende una Ilustración “a la española”. ¿Qué la distingue en el caso de Jovellanos?
[–>[–>[–>—Normalmente la imagen de la Ilustración va unida a los franceses, pero cada país europeo tuvo la suya, y muy brillante. Durante mucho tiempo se ha dicho, por gente como José Ortega y Gasset, que en España no hubo Ilustración, pero hasta los grandes se equivocan, y eso fue un error. Hubo grandes personajes. ¿Qué distingue a la nuestra? Primero, un sentido muy práctico: mientras la francesa era más teórica, aquí se buscaban soluciones concretas. Jovellanos quería hacer la carretera de Castilla o impulsar la reforma agraria. Y, además, en España estaba muy arraigado el sentido católico: nuestros ilustrados lo son, pero siendo críticos con ciertas actitudes del clero. Esas serían las características principales.
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—¿Cómo definiría ideológicamente a Jovellanos?
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[–>—Es un hombre situado en el centro. Está entre los absolutistas, que le persiguen y le hacen prisionero, y los liberales más avanzados. No da el paso al liberalismo, quizá porque le pilla mayor, pero se mantiene en esa posición intermedia. Probablemente, en otro contexto histórico, habría estado muy cómodo en la etapa de la transición. En términos actuales, se movería en un terreno amplio de conservadurismo liberal.
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—Vivió una vida muy dura
[–>[–>[–>—Es una vida complicadísima y apasionante. A diferencia de otros grandes intelectuales, que se pasaron toda su vida en el mismo sitio, Jovellanos tiene etapas muy distintas. En Sevilla vive una etapa de disfrute y plenitud; en Madrid llega a ser el hombre de la corte; y luego está el destierro en Gijón. Pero, sin duda, su gran etapa, la que demuestra su valentía y su patriotismo, es durante la Guerra de la Independencia.
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—¿Por qué es clave su Informe sobre la Ley Agraria?
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—El mejor Jovellanos, en mi opinión, es el de sus diarios: son apasionantes por la cantidad de información que ofrecen sobre España y por sus opiniones. Pero el Informe de Ley Agraria es muy importante porque aborda el gran problema de aquella España: la distribución de la tierra y los cultivos. Hoy puede parecer un tema más lejano, pero en su momento era central. También me interesan mucho sus escritos sobre las costumbres populares, el folclore, la fiesta o la caza, porque reflejan otra dimensión de su pensamiento.
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—¿Qué explica lo breve de su paso como ministro con Godoy?
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—Fueron nueve meses, y durante buena parte de ese tiempo estuvo enfermo. Hay teorías de envenenamiento, pero no están contrastadas y hay que ser prudente. En cualquier caso, no encaja bien en la Corte que se encuentra, que le disgusta profundamente. Hay una escena muy conocida: en una comida en casa de Godoy, este se sienta con su esposa a un lado y su amante al otro. Jovellanos, que era un hombre de moral severa, sale muy afectado de aquello. Desde el principio lo vive mal, no encuentra apoyos para las reformas que quiere llevar a cabo y la experiencia no funciona.
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—¿Qué hay detrás de su encarcelamiento en Bellver?
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—Ahí aparece el Jovellanos más admirable. Ya es un hombre mayor para su época y lo sacan a la fuerza de su casa en Gijón. Cualquier otro se habría hundido, pero él no: estudia, trabaja, se interesa por los monumentos de la isla y se convierte, en cierto modo, en pionero del turismo en Mallorca. No deja de hacer cosas, incluso se hace amigo de sus guardianes. Es un ejemplo de fortaleza personal, porque podría haberse dejado vencer por la situación.
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—¿Qué papel desempeña en la Junta Central durante la Guerra de la Independencia?
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—Le dedico un capítulo largo porque es un momento decisivo. A toda persona le llega un momento en el que tiene que decir el gran sí o el gran no. A él le ofrecen integrarse en los afrancesados y le llegan a nombrar ministro en contra de su voluntad. Duda, pero entiende que lo primero es su patria. Se implica en la Junta Central, trabaja intensamente, sobre todo en 1809, y después se siente maltratado por quienes la dirigen.
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—¿Por qué fue respetado, pero no siempre querido?
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—Fue siempre respetado, porque se hacía respetar por su forma de actuar y por su autoridad intelectual. Jovellanos, ante todo, era un gran sabio. Sus discípulos liberales le apreciaban mucho, pero en los sectores más conservadores y anclados en el pasado despertaba recelos. Nunca lo tuvieron en buena consideración, al no defender el antiguo régimen, la grandeza y la servidumbre.
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—Su final en Puerto de Vega es muy dramático. ¿Qué significado tiene en su vida?
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—Es un final a la altura del personaje: dramático. En su barco llevaba 400 libros, que salva gracias a su mayordomo. Es un momento duro: está mayor, triste, con la patria en peligro y con proyectos que no pudo culminar, como el Instituto. No está del todo claro cuál era su destino, aunque se supone que Galicia, aunque hay quien dice que tenía previsto irse a Canarias o incluso volver a Mallorca.
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—¿Cómo sentía a Asturias?
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—De forma entusiasta. Hay una frase de Leopoldo Alas «Clarín» que lo resume muy bien: no solo era el primer asturiano, sino casi el único. Amaba Asturias, aún más Gijón y, dentro de Gijón, Cimadevilla. Ese vínculo es muy profundo y presente en toda su vida.
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—¿Era un nacionalista asturiano?
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—Quizá español, pero en el mejor sentido de la palabra. Muchos asturianos, entre los que está Jovellanos, construyen una idea nacional moderna, reformista y activa, no rancia ni anticuada. Y eso es perfectamente compatible con ser asturiano, español y de Gijón al mismo tiempo. Ahí está Jovellanos y para él no había contradicción. Tenía además una dimensión muy cosmopolita: hay páginas de Jovellanos que podría firmar Kant.
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—Jovellanos era en lo personal…
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—Era un gran tipo, con una cierta timidez que trataba de suplir con distancia. Sus enemigos decían que era soberbio, pero no lo creo. Era exigente, crítico con ciertos comportamientos de la nobleza y muy firme en sus principios. Podía parecer estirado o autosuficiente, pero en realidad era una forma de mantener el respeto y la coherencia personal.
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