La agonía de los grandes almacenes
Durante décadas, los grandes almacenes jerarquizaron el consumo. Fueron espacios de autoridad comercial y cultural, capaces de marcar tendencias y decidir qué merecía ser visto y qué no. Su influencia se extendía mucho más allá de la mera transacción. Comprar ahí era sumergirse en códigos de estilo y hábitos de consumo compartidos, avalados por el propio espacio.
[–>[–>[–>Ese poder empieza a difuminarse a medida que las marcas, especialmente las del segmento del lujo, dejan de necesitar intermediarios para ordenar la relación con un cliente que ha cambiado sus hábitos de compra y que ya no acude con tanta frecuencia a los grandes almacenes. Las marcas asumen ahora la venta directa –física y online–, el control del relato y la gestión de los datos, reduciendo así el papel de los grandes almacenes a un soporte cada vez menos decisivo. Solo alojan el consumo, sin organizarlo.
[–> [–>[–>En este contexto de transformación, la reciente quiebra de la cadena estadounidense Saks es una señal que no puede ignorarse. Más allá de los problemas asociados a una expansión voraz financiada con deuda, la crisis de la empresa confirma la pérdida de centralidad de un formato comercial que durante años fue imprescindible para articular la venta y la experiencia del producto de lujo.
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El resultado es visible y global. Edificios comerciales históricos en ubicaciones privilegiadas y con nombres reconocibles siguen ahí, pero ahora atraen menos clientes y ejercen una influencia menor sobre el consumo. El lujo, cada vez más autónomo, ya no necesita legitimarse a través de esos espacios.
[–>[–>[–>Asistimos, por tanto, a un desplazamiento del poder. Las marcas se dirigen directamente a los clientes, mientras que los grandes almacenes pierden su papel de actor principal y deben reinventarse. Este cambio redefine no solo el presente del comercio, sino también el de las ciudades, donde los templos emblemáticos del comercio cada vez atraen menos público y, poco a poco, dejan de ser referentes del consumo.
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