La amorosa pasión, y satánica, de reyes y asimilados
Nuestros pollos sagrados estaban comiendo con demasiados remilgos. Las Señoras Gallinas cruzaban las patas al caminar, inspeccionaban a menudo el cielo y miraban hacia atrás por encima del hombro.
[–>[–>[–>Los idus de marzo (Thornton Wilder)
[–> [–>[–>Ya lo dijo Cervantes en el glorioso año de 1605 (primer Quijote); lo repitió en el también glorioso de 1615 (segundo Quijote) y ahora lo cuento, malamente por ser mío, con otras palabras: escribir es muy fácil, pues basta tener plumas de ave (en la cabeza y en el escritorio), papel o cartones y sentarse sobre una banqueta, taburete o ante agujeros o pozos oscuros en retretes.
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A todo eso, siglos después y para escribir, se añadirían más requisitos. Por unos, lo del arrebato –ya casi explicado otro día– y, por otros, lo del dolor («los escritores –se dijo– sólo se curan escribiendo de aquello que les duele»). Tanto unos como otros se alarman de los daños causados, más al cerebro que al corazón, dado el número abundante de locas y locas por causa de la escritura o similares, y sin necesidad de «marcapasos», pues, con regularidad cardíaca, las sístoles siguen a las diástoles.
[–>[–>[–>Por exigencia del guión, se recomienda al lector y lectora subir poco a poco de lo llano, que es este principio de artículo, a lo esdrújulo, que está por el final. Y, por ahora, continúo.
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Escribir bien es diferente asunto, más complicado, aunque la gran mayoría crea que basta lo del primer párrafo, que es muy insuficiente para alcanzar la inmortalidad, el verdadero anhelo del escritor loco y de otros locos e inconscientes de lo efímeras que son las glorias terrenales. De ahí que uno de los escasos inmortales de verdad, cuya tumba hasta se borró de la faz de la Tierra, fuese Cervantes, el esposo de Catalina, que siempre recomendó, para evitar depresiones, agobios insaciables o cataplasmas de medicina urgente, dejarse de bobadas, memeces y delirios.
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[–>Me tranquiliza comprobar que los y las inmortales de la escritura, del poder y de lo que sea, se equivocan y cometen errores, incluso traiciones, a los suyos y a los del pueblo o ciudadanos, a los que dicen moderar. Prueba de falibilidad humana y hasta de la casi falibilidad divina a la que creen estúpidamente pertenecer.
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Marguerite Yourcenar, doblemente inmortal, por su divina obra y luego por haber sido la primera mujer que ingresó, a principios de los años ochenta del siglo XX, en la Academia francesa, la de los inmortales o de La Académie Française (la tercera mujer en ingresar sería la franco-rusa Hélène Carrère d’Encausse). La Yourcenar dijo a un periodista: «La actualidad es tan efímera que no merece la pena». Tal barbaridad –las barbaridades suelen ser dichas por «divinidades» a periodistas entrevistadores– se compensa con otros dichos de la belga y flamenca Yourcenar, también a periodistas, palabras divinas que no valleinclanescas «Divinas Palabras», colocadas, ahora, aparte por muy importantes:
[–>[–>[–>– «El tiempo, ese gran escultor».
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– «El lector ideal es alguien que primero lee (lit) y luego relee (relit)».
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Y Yourcenar se equivocó al generalizar, pues hay noticias que son como pelota de frontón, que vuelve y vuelve, desafiando los manotazos de los pelotaris y hacedores de mentiras en gabinetes negros de poderosos de la Política y de la Economía –a los poderosos de las letras, sólo les queda, como a los pavos reales, la vanagloria–. Y eso pasa ahora con el affaire Epstein, que, habiendo aparecido por primera vez en 2008, volvió una y otra vez, hasta ahora con la publicación de documentos a millones de las fechorías del pedófilo e intermediario Epstein (los complotistas también le llaman «agente doble»).
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La cuestión es compleja, pues, el ministerio público, el francés, abrió diligencias a Jack Lang por presuntos delitos fiscales y blanqueo de capitales (un Jack Lang al que la cirugía estética dejó sin ojos, colocando en su lugar dos puntos negros). En Inglaterra se investiga si un íntimo del mentiroso Blair reveló al pederasta norteamericano secretos de Estado, y no se sabe si el Rey Carlos tendrá que esconderse por su zafio hermano, amigo de Epstein. Los rusos, incluido Putin, el de las cacerías de osos blancos (polares) y marrones (caucásicos), andan en aprietos. Dicen que estamos en el principio, y que las víctimas son muy numerosas, las del sexo, con mayores y menores de edad, y las otras, las de ciudadanos y ciudadanas, que han podido ser traicionadas.
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Y en España ¿qué pasa? Hasta ahora, sólo un periódico de este país, del que dicen que es gubernamental, escribió páginas sustanciosas, de lectura muy recomendable. No tengo duda que, más pronto que tarde, la prensa entera, la de derechas e izquierdas, toda, ¿toda? dedicará a ello páginas y páginas, como hasta ahora ocurre con lo del Gobierno.
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Fue en el lejano 2008, el 30 de diciembre, aquí, en LA NUEVA ESPAÑA, cuando escribí un largo artículo que titulé: «Sorprendente Repsol y otras sorpresas», pues me dolían en aquel entonces España y Repsol, queriendo venderla a los rusos con tráfico de influencias. Me curé de tal dolor con la escritura y sabiendo el fracaso del intento. Tal artículo, por apocalíptico ante lo que se estaba tramando, empezó y terminó con dos citas de San Juan, presunto autor del Apocalipsis. La final fue la siguiente: «Delante del trono como un mar transparente semejante al cristal. En medio del trono, y en torno al trono, cuatro vivientes, llenos de ojos por delante y por detrás».
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En mi impertinente artículo escribí:
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«Saltan a los medios de comunicación los tejemanejes de la venta de una participación importante de la empresa Repsol a los rusos, precisamente, a los rusos; Repsol, empresa estratégica, no sólo para España, sino también para otros».
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Líneas posteriores, añadí:
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«Produce escalofrío el balbuceo de nuestras autoridades políticas y económicas sobre el ‘affaire’ Repsol, estando sin aclarar y permaneciendo aún confusa la actuación como lobbying del mismísimo poder moderador del Estado».
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Se sabe bien, pero da igual. La locura de lo que sea, del sexo, de los poderosos de la Política y de la Economía, reyes incluidos, arrastra siempre a lo mismo: al basurero, pues son mierdas. A todos, cuerdos y locos, con depresión o «manía», recuerdo: «En el más elevado trono del mundo, el que se sienta, se sienta con el culo».
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Y para saber de pollos o pollitos sagrados y de Señoras Gallinas, recomiendo recostarse en triclinios y leer «La dictadura romana. Los magistrados y el Imperium», de Teodoro Mommsen.
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