La asfixia de la creatividad
Es frecuente oír decir que la empresa pública es la principal causante del declive industrial de Asturias. Financiada con los presupuestos del Estado, no tenía obligaciones de eficiencia, eficacia y calidad. El empleo estaba asegurado aunque la cuenta de resultados arrojará cuantiosas pérdidas. Eso crearía una cultura en la que el riesgo y emprendimiento no estaría favorecidos.
[–>[–>[–>Hace ya muchos años que la presencia de la empresa pública es mínima. Sin embargo, liberado de ese corsé, no se produjo una explosión de emprendimiento. Porque si bien una presencia estatal amplia puede asfixiar la creatividad, no es una regla. Baste ver países como Singapur, donde convive una fortísima regulación y propiedad pública de los medios de producción y una boyante empresa privada. Y qué decir de China. O los países de la órbita de la antigua Unión Soviética. El progreso de los países bálticos es espectacular mientras otros como Ucrania, Moldavia, Georgia apenas mejoraron. Si la culpa de que Asturias no progrese es la historia de la dependencia de la iniciativa pública, ¿por qué tras tantos años donde apenas tiene presencia no se produjo una explosión de la creatividad que estaba aplastada?
[–> [–>[–>Me pregunto todo esto porque si hay un sector en Asturias que esté dominado por lo púbica es la sanidad: ¿ ha sido esto un obstáculo para el desarrollo? La idea es que la competitividad mejora la eficiencia, la eficacia y reduce el precio de los productos y servicios. El comprador elegirá aquello que tiene el mejor precio para la calidad ofertada. Es inteligente, procura su bien y sabe informarse. Inteligencia que también se llama entendimiento. Creo que la mayoría de los productos que ahora compramos, sobre todo los tecnológicos, no los entendemos, nos fiamos del vendedor. Esa es una de las características clásicas que los economistas de la salud dicen de las transacciones sanitarias: el consumidor es ignorante. Es el vendedor, generalmente el médico, el que sabe lo que el paciente necesita comprar además, él se lo vende. Si tiene un interés especial en colocar un producto, lo tiene muy fácil. Por eso estamos en contra de los comerciales que de forma graciosa regalan a los sanitarios cualquier cosa, puede ser un libro, la asistencia a un congreso o incluso una tecnología que el hospital no puede comprar. Se sabe que, aunque sea de forma subconsciente, favorecerá a esa empresa utilizando sus productos, incluso cuando no está estrictamente indicados. Se hace de más.
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El ejemplo más dramático del fracaso de la introducción de mecanismos de mercado para reducir costes y mejorar la calidad es el Servicio Nacional de Salud de Inglaterra y Gales en la época de Margaret Thatcher. Inventó la competencia gestionada ( managed competition) Pretendía que el dinero siguiera al paciente y los hospitales lucharan por atraerlos. Un caos. Desde entonces ese modelo de servicio público que todos los países querían imitar tiene una bajísima valoración por los ciudadanos. Hay más razones por las que el mercado no es un buen regulador del sistema sanitario. Quiero comentar uno más que es lo que motivó esta reflexión que hoy comparto: la calidad del producto.
[–>[–>[–>Hace unos días me realizaron una pequeña intervención quirúrgica sin anestesia, de esas que se pueden hacer en un quirófano sin asepsia. Esperé en una sala unos minutos después de que el especialista decidiera extirpar la anomalía cutánea. Me recogió una sanitaria que me condujo a un quirófano donde una enfermera revisaba la historia. Siempre con amabilidad me propusieron acostarme en la camilla, me cubrieron con paños estériles hasta dejar solamente a la vista esa pequeña porción de piel. Entonces entró la médica que me explicó otra vez lo que iban a hacer, lo que hizo con cuidado y profesionalidad. La muestra viajó a anatomía patológica y a mí me acompañaron a la sala para asegurarse de que no sangraba o me mareaba. Habían intervenido cuatro personas, el espacio donde me trataron era amplio, con mesa y lámpara quirúrgica además de todo el aparataje necesario disponible. Eso mismo se podría haber hecho en aquellos pequeños quirófanos de sucio con la presencia de uno o dos sanitarios. Y el resultado, quizá en el 80% de las veces, sería el mismo. Mientras el gasto sería el 80% inferior. Es lo que se denomina la ley de Pareto: con el 20% del esfuerzo se consigue el 80% de los resultados. Cada punto de porcentaje que se gana sobre ese 80% tiene un coste incremental formidable. Y precisamente eso es lo que el sistema público ofrece, lo que está obligado a hacer. Por eso no puede competir con el privado. No es solo ese esfuerzo por proveer los servicios con la máxima calidad, aunque el comprador no lo demande ni lo aprecie. Es que tiene que disponer de unas instalaciones capaces de responder a demandas súbitas, que están ociosas el 99% del tiempo. Un buen ejemplo es las instalaciones y el personal para atender a enfermedades emergentes altamente infecciosas. Y qué decir de los cuadros de guardia. No queremos la ley de Pareto en la sanidad.
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