La boda de Taylor Swift, puro ADN yanki
Puede que sea la persona que más veces le ha cantado a las bodas. No al amor, a las bodas. El matiz es importante. «Se arrodilló en el suelo, sacó un anillo, y dijo: ‘Cásate conmigo, Julieta, nunca volverás a estar sola'», escribió Taylor Swift (Pensilvania, 1989) en Love story cuando apenas tenía 19 años. «Podríamos casarnos, tener diez hijos y enseñarles a soñar», dice una de las canciones de Red (2012). Más claro aún lo grita en The Tortured Poets Department (2024), que lanzó cuando apenas llevaba unos meses con su ya marido: «En la cena, quitas el anillo de mi dedo corazón y lo pones donde se supone que van los anillos de boda. Es lo más cerca que he estado de que mi corazón explote». La sutileza nunca ha sido su fuerte.
[–>[–>[–>Taylor quería una boda y Taylor, a sus 36 años, ha tenido una boda. La novia de América se ha convertido en la mujer de Travis Kelce. ‘Miss americana’ se ha puesto la alianza en plena celebración del Mundial de fútbol, en el corazón de una Nueva York tomada por hinchas de todo el mundo y casi al mismo tiempo que (su odiado) Donald Trump conmemoraba el 250 cumpleaños de los Estados Unidos de América. Puro ADN yanki. Se ha encargado de que en cada rincón del planeta supieran que iba a decir adiós a la soltería en el Madison Square Garden ante más de mil invitados. Y después, nada. Es imposible encontrar en sus redes una foto del feliz matrimonio. Mientras, en las de sus fans se suceden las especulaciones sobre su vestido. La exclusiva debe ser jugosa, nunca hay suficientes ceros en el banco.
[–> [–>[–>Tenía competencia, pero ha logrado que todos los ojos del mundo se posen, una vez más, en ella. Cómo no iba a conseguirlo la responsable de la gira de conciertos más lucrativa de la historia. En los casi 21 meses que duró su ‘The Eras Tour’ se subió 149 veces al escenario para cantar 45 canciones cada vez. Vendió más de 10 millones de entradas en 21 países de los cinco continentes. La calculadora no daba abasto: más de 2.000 millones de dólares recaudados. Sí, dos mil millones. Diez cifras. Esa debe ser la Wi$h li$t de la que habla en su último disco. Incluso puede que Trump (la animadversión es mutua) haya arqueado una ceja ante tales números. Cantante y magnate pueden tener pocas cosas es común, pero ninguno negará que el gusto por los ‘greenbacks’ es una de ellas.
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Por lo demás, han pasado ya muchos años desde que Taylor se empeñó en dejar claro que cada uno está en un lado del tablero. Lo hizo cuando se posicionó a favor de Hillary Clinton, de Joe Biden y de Kamala Harris, todas las veces que los republicanos han disparado contra el derecho al aborto y con la irrupción del movimiento Black Lives Matter tras el asesinato de George Floyd. «Después de avivar el fuego de la supremacía blanca y el racismo durante toda tu presidencia, ¿tienes el descaro de fingir superioridad moral antes de amenazar con violencia? (…) Te echaremos en noviembre», escribió en Twitter. Ahora que es X lo utiliza mucho menos.
[–>[–>[–>A pesar de sus intentos, y presa de sus propias contradicciones, nunca ha pasado de ser un referente a medio gas de los derechos de las minorías, el feminismo o el activismo climático. Pero es que cómo podría serlo una persona que cubrió en avión un trayecto de seis kilómetros. Sus declaraciones han sido tibias, pero sus actos borran todo atisbo de duda. Quizás sea lo máximo que soporta una sociedad estadounidense que hace poco más de un año y medio aprobó con su voto la vuelta a la Casa Blanca de un hombre (ya octogenario) con su pasado registrado en los papeles de un pedófilo condenado. En Texas, el Partido Socialista sería de extrema izquierda.
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Puede que no haya que buscar la vuelta de tuerca, a lo mejor el fondo no va más allá de entender que ella nunca ha perseguido ser ejemplo de nada. Puede que solo sea esa adolescente que en You belong with me espera que el chico que le gusta «se despierte un día y se dé cuenta de que lo que está buscando ha estado ahí siempre». Quién le iba a decir que 18 años después la profe de inglés se iba a casar con el profe de gimnasia. Hay que admitirlo, es mucho más fácil identificarse con esa versión para todos los públicos. Porque si Taylor Swift es la izquierda ‘woke’, que Dios nos ampare.
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