La buena política
Qué fácil recitar los ingredientes de una alquimia y qué compleja es su proporción y mezcla. Qué sencillo deteriorar nuestro espacio público y qué difícil generar confianza en torno al común. Cuando se vive un malestar de la acción pública, el verdadero problema es pensar que solo es responsabilidad de otros y no es de nuestra incumbencia. Por eso no debemos perder de vista las condiciones para la buena política.
[–>[–>[–>La acción pública requiere profundidad.
[–> [–>[–>Fíense lo justo de responsables públicos que dicen que leen y confíen en los que leen de verdad. Mientras los buenos políticos se equivocan, los malos no lo hacen nunca. Nos merecemos productos más elaborados, mensajes que nos hagan pensar, que nos coloquen en el fiel de la decisión. Los ciudadanos solo podemos empatizar con las dificultades de la acción pública si se nos eleva el listón del debate, si se nos obliga a pensar. Debe detenerse el descenso a la simplificación, que no es proximidad sino una máquina de producir hooligans en serie, donde la consigna sustituye al valor y a la idea. La misma falta de respeto en sociedades con problemas tan complejos es ofrecer soluciones milagrosas. Y más peligroso aún, creérnoslas.
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La política
[–>[–>[–>-que tolera mal el ensayo de prueba y error, y por eso necesita de la experiencia-
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está unida a los resultados.
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[–>Aunque suene duro, no hay política buena sin resultados satisfactorios. Aquí no se trata de lo que se invierte sino de lo que se logra con ello. Se llama gestión pública. Y es uno de los patrimonios más importantes que poseemos, en el que están comprometidas muchas personas y servidores públicos, habitualmente con un reconocimiento muy limitado.
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Los asuntos colectivos están basados en acuerdos.
[–>[–>[–>Los acuerdos se producen entre diferentes. Se puede acordar y seguir siendo diferentes. De repente medio país se convirtió en fascista y otro medio rompe España. Y de esta caricatura se nutren gran parte de los debates políticos. ¿Qué broma es esta? Mirabeau y Malouet existen pero quienes debieran conocerlos prefieren el argumentario de serie a la discusión razonada. Hay que salir de la comodidad de las verdades propias, porque la política va unida tanto a la posibilidad de cambio como a la del acuerdo. Con la trinchera, se reduce el campo de la política. Y necesitamos lo contrario, ampliarlo.
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Lo público debe preservarse.
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Cuando se pierde el respeto a los representantes públicos, nuestra convivencia se deteriora. Cuando ocurre con las instituciones, nuestra democracia entra en territorios inexplorados. Lo público no es solo un buen sistema sanitario o una educación que genere igualdad de oportunidades, es un sistema que garantice que nadie es ajeno a las decisiones colectivas. Con lo público vivimos constantemente a crédito, sin darnos cuenta de que, en la complejidad del mundo actual y del que viene (que se parece más al del pasado que a uno nuevo) es y será uno de los pocos elementos de seguridad con el que podremos contar. Porque lo público cumple una función colectiva esencial: luchar contra la incertidumbre.
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La política necesita de autenticidad.
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Se espera de los líderes que hagan lo que dicen y además que lo sientan de forma genuina. Recuerden como Alfredo Pérez Rubalcaba pasó para unos, de Maquiavelo a hombre de Estado y para otros, de socialdemócrata trasnochado a ejemplo para la izquierda. Es lo que me ocurre a mi cuando pienso en Antonio Trevín. No es saludable tanta hipocresía en nuestro espacio público, porque hace poco creíbles las palabras y los discursos. La confianza se basa en la autenticidad, que suele ir unida a los valores. Y esta no se predica, se practica.
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Profundidad, resultados, capacidad para llegar a acuerdos, defensa de lo público como resultado y como sistema, y autenticidad. El ejercicio de la política es una actividad voluntaria, pero exige oficio y comporta sacrificios. Lo único que no es indelegable es nuestra responsabilidad como ciudadanos para exigir que sea mejor. Y en esto, no vale quedarse en la crítica generalizada ni en la comodidad de la consigna. Ciudadanía comporta derechos y obligaciones.
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