La clase media menguante
Juan Cofiño es presidente de la Junta General del Principado
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En alguna ocasión he señalado que los sistemas políticos –todos– se sostienen a largo plazo por la percepción de utilidad por parte de los ciudadanos, atendiendo a su eficacia y eficiencia; esto es, por su capacidad para garantizar la convivencia, el progreso económico y el bienestar general.
[–>[–>[–>Algunos tienden a pensar –erróneamente– que las bondades indiscutibles de la democracia liberal la mantienen a salvo de adversidades e impugnaciones autoritarias. La superioridad ética y moral de un sistema que asegura paz, participación en el debate público y un amplio elenco de derechos y libertades esta fuera de toda duda, pero si no viaja acompañada de una promesa de futuro en clave de bienestar, progreso y esperanza, la involución y el triunfo de pulsiones autoritarias es cuestión de tiempo. El fenómeno Trump y sus ecos a este lado del Atlántico pueden constituir solo el anticipo, si no corregimos y superamos las debilidades e inconsistencias del sistema.
[–> [–>[–>La historia reciente de nuestro país nos enseña que el «sorprendente» arraigo del ideal democrático, transitando desde una larga dictadura hacia una democracia homologable, en un tiempo record y sin contestación hasta hace bien poco, (en un país de escasa tradición en este sentido, seamos honestos) no fue solo debido al acierto de la generación política de la transición –que también– sino porque se consolidó, en paralelo, una clase media de amplio espectro, acelerando, extendiendo y profundizando las balbucientes políticas del tardofranquismo al efecto.
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Me atrevo a asegurar que el enorme proceso modernizador de España, acometido en las décadas de los 80 y 90, de la mano de un partido (el PSOE), entonces con gran musculo socialdemócrata, orientado a hacer realidad el ideal de consolidar una gran clase media, trascendiendo la realidad material de amplios sectores de trabajadores para, vía ascensor social, transformarlos en lo que hemos dado en llamar clases medias (de perfiles difíciles de definir pero, en cualquier caso, conformada por personas y familias sin grandes patrimonios, no obstante, con la solvencia económica suficiente para enfrentar las eventualidades de la vida con optimismo y garantías), está en la base del asentamiento de la democracia en nuestro país, o, al menos, coadyuvó a ello de forma determinante. En sentido contrario, la contestación que estamos observando, especialmente por parte de nuestros jóvenes –no solo ellos– y que está siendo captada arteramente por la extrema derecha y los populismos emergentes, se asocia al proceso inverso, esto es, la deconstrucción de las clases medias, que están sufriendo un proceso hacia la precarización en los últimos años. Las estadísticas oficiales de las que disponemos no hacen sino avalar esa percepción de perdida y precariedad; baste señalar que según la OCDE entre los años 1994 y 2024 los salarios crecieron en España un 2 ,76%, en términos reales, frente un 30% en el conjunto de la OCDE, o que otro parámetro decisivo como el incremento de la renta disponible entre 2008 y 2024 experimentó en España un paupérrimo crecimiento del 3,94% frente a más de un 14% comparado.
[–>[–>[–>Y es que, la mengua cuantitativa y cualitativa de las clases medias, vuelvo a insistir, el «pegamento» de una sociedad inclusiva y bien formada, obedece en parte a políticas emprendidas que han abundado en su precarización y que, cuanto antes y como lenitivo debemos corregir. Las clases medias en España (también, claro está en Asturias) han sido quienes, vía fiscal, han financiado el estado del bienestar, sin que hayan recibido del mismo satisfacciones o dividendos razonables. Todas las ayudas públicas de cualquier género se han focalizado exclusivamente en los sectores más desfavorecidos del cuerpo social (no se impugna la orientación sino el sentido de la proporción) acotando las mismas por el nivel de renta en términos muy drásticos, dejando a amplios colectivos de trabajadores al margen del paraguas del estado del bienestar. La deflactacion fiscal podría haber supuesto un gesto de conciliación –toda vez que no implicaba remover el modelo fiscal, un tabú donde los haya– pero tampoco ha prosperado, acaso, estoy seguro, porque en algunos sectores de la izquierda política se ha construido un imaginario histórico en virtud del cual clase media era equivalente a derecha política. Craso error, la construcción de una gran clase media no significa otra cosa que el efecto demostración de las bondades de la socialdemocracia, (deberíamos mostrar orgullo por ello) resultando imprescindible para el equilibrio social y la salud de nuestra democracia, claro está, si consideramos que esta –la visión socialdemócrata del mundo desde la izquierda– forma parte del futuro y no un espectro del pasado a arrumbar en el trastero de la historia como algunos postulan, sin contraoferta de alternativas creíbles y viables al respecto (el asalto a los cielos concluyó como todos sabemos).
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Existe una intensa sensación negativa acerca de los excesos y la inequidad de las políticas redistributivas, focalizadas exclusivamente en algunos sectores sociales, generando una impresión injusta del modelo. Sirvan como ejemplo –entre otras muchas– las políticas relacionadas con el salario social y el ingreso mínimo vital (necesarias, claro está), pero ayunas de controles y seguimientos rigurosos, sin el acompañamiento de los incentivos necesarios para que el tránsito por esta situación sea coyuntural (podríamos hablar de incentivos inversos). Estas deficiencias en las políticas redistributivas generan frustración y agravios entre las clases medias financiadoras de las mismas, y, además, incomodan y resabian a amplios sectores de trabajadores que perciben el modelo como irracional e inequitativo.
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[–>La crisis e impugnación de las democracias liberales apela a múltiples factores (casi una crisis multiorgánica), y su análisis y consecuencias desborda el objetivo de este escrito, pero a modo de bálsamo circunstancial y a la espera de que la izquierda europea esté de vuelta, bien haríamos, entretanto, en ejecutar micropolíticas a nuestro alcance que mejoren la apreciación ciudadana y procuren un balance final mas equilibrado.
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