La cultura del victimismo
Vivimos en un mundo en el que son tantos quienes se autoproclaman víctimas que las verdaderas víctimas se pierden entre la multitud. Digamos que ser víctima, hoy día, sale muy barato. Basta con quejarse y aquí se queja hasta el apuntador. Será por aquello de que el que no llora no mama.
[–>[–>[–>Deberíamos establecer ciertas categorías entre las víctimas, no todas pueden ser iguales. No es lo mismo ser víctima de la matanza de Gaza, de la hambruna en Sudán, del terrorismo de ETA o del 11–M que víctima de la desinformación, de las redes sociales o del consumismo, o, incluso, de la crisis de vivienda, del coste de la vida o de la precariedad laboral.
[–> [–>[–>El filósofo francés Pascal Bruckner acaba de publicar un tan recomendable como provocador ensayo: «Sufro, luego existo» (Siruela). Da cuenta de un fenómeno que se ha hecho mundial. Así, por ejemplo, constata cómo el victimismo, habitualmente cosa de pobres, ha sido adoptado por las clases altas. Él cita a la familia real británica, que se presenta como víctima de tantas afrentas, y al mismísimo Donald Trump, quien considera que ya está bien de que todo el mundo abuse de América: de la OTAN a los inmigrantes.
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Pongamos un ejemplo patrio. ¿Se puede considerar al rey Juan Carlos I una víctima? No son pocos los que así lo han calificado. Vive lujosamente en Abu Dabi, donde no parece que le falte de nada. Puede permitirse, como si tal cosa, subir a un avión y plantarse en Sevilla, alojarse en un hotel de cinco estrellas y ver una corrida de toros, cuando la mayoría de los españoles no se puede permitir ni el AVE.
[–>[–>[–>Sí, ya sé que puede sonar un tanto demagógico. También admito que el dinero, por supuesto, no da la felicidad, aunque ayuda, y que los ricos también lloran. Solo faltaba. Pero de ahí a considerar víctima a una persona no solo de alto poder adquisitivo, sino además acusada de graves delitos monetarios y que ha dilapidado su prestigio como monarca en una vida disoluta hay un trecho.
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El emérito es solo un ejemplo y ni siquiera el más relevante. En nuestra clase política, tenemos numerosos casos. El presidente Sánchez y su Gobierno se sienten víctimas de la fachosfera, de una oposición irresponsable, de los pseudo medios y de un sinfín de esos enemigos ficticios ideados para meter el miedo en el cuerpo a los ciudadanos. Deberían recordar el consejo de Borges: «Hay que tener cuidado al elegir a los enemigos, porque uno termina pareciéndose a ellos».
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[–>Bruckner no solo se detiene en los grandes privilegiados que se hacen las víctimas, sino que también detecta la tendencia en las clases medias occidentales, como queda claro en esta cita. «El ciudadano de las democracias modernas -sostiene- es a la vez un niño rey que se ha beneficiado de una educación más bien liberal y un cliente monarca cuyos deseos son sagrados en la esfera mercantil».
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La tesis central del libro es que, tras la Segunda Guerra Mundial, «el heroísmo se ha convertido en un valor negativo, se asocia con la guerra y con actitudes viriles, aunque las mujeres pueden ser igual de heroicas que los hombres (…) Hoy valoramos tanto a las víctimas que desconfiamos de los héroes. El intenso sueño heroico de los siglos XIX y XX ha sido reemplazado por la intensa ensoñación victimista del siglo XXI».
[–>[–>[–>En una reciente entrevista, el filósofo francés recordaba que tenemos que ser conscientes de que «en toda vida humana hay duelo, enfermedad, sufrimiento, traición, quizás pobreza…». No todo va a ser jauja. De ahí que haga hincapié en la necesidad de «enseñar a nuestros hijos cómo resistir el sufrimiento». Y concluye aconsejando que no los encerremos «en esa burbuja de autocompasión, ya que la fuerza es un mezcla de lucidez y resistencia».
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Bruckner ha sido puesto a caldo en Francia. Le han tachado de machista, racista y fascista, entre otras lindezas. Es comprensible. A nadie le gusta que le recuerden que es un llorica. n
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