la disidencia iraní llora desde el exilio las consecuencias de una guerra que jaleó en sus inicios
Muchos se alegraron al principio, cuando por sorpresa, en una reunión rutinaria un sábado por la mañana —sábado es el primer día de la semana en Irán—, Israel asesinó en un bombardeo al entonces líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí. En las numerosas olas de protestas en la última década, era el objeto de la ira de los manifestantes, que clamaban «muerte al dictador».
[–>[–>[–>Muchos, tanto dentro de Irán como en el exterior, celebraron: no solo por el fallecimiento de Jameneí, en el poder desde 1989, sino por el inicio de una guerra, protagonizada por EEUU e Israel, que habían prometido un mes antes ayudar a los manifestantes iraníes que tomaron las calles a principios de enero y fueron masacrados por las fuerzas del orden iraní. Decenas de miles murieron en apenas unos días.
[–> [–>[–>«Dentro de Irán, no todo el mundo quería la guerra. Pero mucha gente que salió a las calles en enero fue testigo de esa represión contra personas mayormente indefensas, sin armas, sin poder hacer nada. Así que muchos vieron como última opción para acabar con el régimen la intervención de un país extranjero«, explica la activista iraní Ryma Sheermohammadi, quien, sin embargo, nunca estuvo a favor de la guerra.
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En aquel momento las voces que jaleaban el conflicto sonaban mucho más altas que las que lo criticaban. Entre ellas destacaba la del príncipe heredero persa, Reza Pahlaví, hijo del último shah y el líder de la facción monárquica de la disidencia iraní.
[–>[–>[–>«Esperad, encerraos en casa. Aguardad mi llamada y, cuando yo os lo diga, cuando las bombas callen, entonces salid y tomad el poder», pidió a principios de marzo Pahlaví, que en ese momento daba a entender que su equipo se coordinaba con EEUU e Israel.
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No era cierto: un mes después, las bombas han callado, pero después de una destrucción generalizada en Irán y los países vecinos. La República Islámica no solo no ha caído —a pesar de las decenas de muertes de sus líderes—, sino que se ha radicalizado.
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[–>El presidente de EEUU, Donald Trump, ya no habla de cambio de régimen, (de hecho, asegura haberlo hecho ya), y la posición de Teherán, con el estrecho de Ormuz bajo su control, es de mucha más fuerza estratégica que antes del conflicto.
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«Cuando veo la televisión opositora hablan constantemente de que el alto el fuego temporal es un plan. Que en dos semanas volverán para darle el golpe definitivo al Gobierno. Quiero creerlos, la verdad. ¿Pero y si no lo consiguen? Ahí es donde entra el miedo. Cuando logro hablar con mi familia en Irán, no nos decimos nada político, porque creemos que el régimen escucha ahora mucho más que antes. Están buscando traidores por todos lados», explica Melisa, una iraní que vive en Turquía.
[–>[–>[–>Entre la espada y la pared
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A pesar de que los sectores más radicales y cercanos a Pahlaví siguen haciendo sonar los tambores de guerra, una gran parte de la disidencia persa se ha dado de bruces con esta guerra, vista como una última bala que, por el momento, ha fallado.
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«Es muy triste… la elección de los iraníes ahora mismo es o una muerte rápida, las bombas, o una lenta, la represión del Gobierno que vendrá una vez termine la guerra. Da igual todo lo que haya dicho Trump. La guerra ha servido para que el régimen salga reforzado», asegura Sheermohammadi.
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«La situación económica ahora en Irán es mucho peor, y harán falta meses o años para la reconstrucción. Es posible que salgan más protestas en el futuro, pero la cuestión es que la República Islámica puede vender ahora que ha resistido contra dos de los países militarmente más potentes del mundo. ¿Qué mensaje da eso a la población? ¿Qué esperanza puede quedar de esto?», continúa.
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Durante la guerra, Irán ha multiplicado sus detenciones de ciudadanos bajo la acusación de «espías del enemigo» y ha acelerado las ejecuciones de hombres arrestados durante las protestas de enero.
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Al menos 11 detenidos han sido colgados después de sus condenas a muerte durante este conflicto. Otro, esta misma semana, murió por torturas bajo custodia policial. Casi todas las sentencias a muerte provienen de confesiones de los propios acusados, en la mayoría de los casos torturados en la cárcel, una práctica habitual desde hace décadas en Irán, según organizaciones de derechos humanos.
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