«La Diva, mi abuela y yo», un acto de amor de cine y memoria en Cangas de Onís
La directora de cine parraguesa Inés G. Aparicio mostró ayer en Cangas de Onís «La Diva, mi abuela y yo», un cortometraje de diez minutos que es además de cine, un abrazo intergeneracional y una reivindicación de las voces y las historias de tres mujeres. Se trata de una obra que ya ha participado en numerosos festivales de cine como la SEMINCI (Valladolid) y el Festival Internacional de Cine de Gijón.
[–>[–>[–>La directora
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A sus 35 años, Inés G. Aparicio (Asturias, 1990) se ha movido siempre entre la creación audiovisual, la investigación y el trabajo con comunidades. Licenciada en Bellas Artes y especializada en educación y cooperación al desarrollo, ha firmado el largometraje documental «Leyuad. Un viaje al pozo de los versos», vinculado a la población saharaui, y ha participado en diversos proyectos desde Asturias tras su regreso en 2020. En sus trabajos entrelaza memoria, antropología y derechos humanos, y en «La Diva, mi abuela y yo» aplica esa mirada a su propio entorno familiar, haciendo de las historias íntimas de las mujeres de su vida el centro de su cine.
[–> [–>[–>El origen de la idea
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La artista, preocupada desde el inicio de su carrera por la recuperación de historias, decidió hacer un registro sonoro de la vida de su abuela durante la pandemia. Mientras registraba en audio la voz de esa mujer, Esperanza, ella tarareó la letra del cuplé «Batallón de Modistillas«. Concretamente la parte del estribillo:«Se dice que muy pronto, si Dios no media, tendremos las mujeres que ir a la guerra, como medida de precaución ya estoy montando mi batallón…». Una canción de cuplé de principios del siglo XX que Inés no había oído antes y la sorprendió. «Ahora que estamos con feminismos tan potentes, dije: ¿Qué es esto, por qué no conocemos esto?», recuerda Inés Aparicio. Fue el disparo que inició una investigación que la llevaría a descubrir a Lilián de Celis, la cupletista que popularizó la canción en los años 50 y que, por casualidad, vive en la misma localidad que Inés. No fue difícil el encuentro y lo que Inés encontró fue un mundo apasionante.
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Lilián de Celis, la diva que vuelve a sonar
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La figura de Lilián de Celis atraviesa el cortometraje como un hilo luminoso que une épocas, escenarios y biografías. Nacida en 1935 en Fíos, en el concejo de Parres, la artista asturiana se convirtió en una de las grandes voces del cuplé en los años 50 y 60, tanto en España como en América Latina. Su interpretación de canciones como «La chica del 17», «Las tardes del Ritz» o precisamente «Batallón de Modistillas» marcó a toda una generación de público, primero a través de la radio y después en cine y teatro.
[–>[–>[–>Lilián se formó muy pronto en el mundo del espectáculo: empezó a cantar siendo niña en emisoras locales, pasó por Radio Madrid y acabó protagonizando programas dedicados al cuplé, antes de dar el salto al cine musical con títulos como «Aquellos tiempos del cuplé». Su carrera la llevó a escenarios de México y otros países de América, donde el género encontró una segunda vida. “De lo único que me arrepiento es de haberme casado y de no haberle doblado la voz a Sara Montiel en El último Cuplé” asegura Lilian. Décadas después, sus grabaciones siguen circulando en vinilos, recopilatorios y plataformas digitales, pero para buena parte de las generaciones más jóvenes su nombre había quedado en un discreto segundo plano.
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Ahí es donde el trabajo de Inés G. Aparicio cobra fuerza: «La Diva, mi abuela y yo» llevándonos a través de la voz doméstica de una abuela que canta en la cocina, a la de una artista profesional cuya memoria forma parte del paisaje sentimental de un país y de un época. El cortometraje coloca a Lilián de Celis en un lugar de reconocimiento afectivo y cultural, como referente de una manera de estar en el escenario y de entender la canción popular.
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[–>El encuentro entre Lilián, Esperanza e Inés, alrededor de una mesa, permite que la diva deje de ser solo una voz que suena en la radio para convertirse en una presencia cercana. La cineasta describe largas conversaciones en las que la cupletista le fue desgranando anécdotas de giras, camarines, letras y melodías, un material que no siempre entra en los diez minutos del corto pero que sostiene toda la arquitectura emocional del proyecto. Para Lilián, confiesa Inés, lo más emocionante no ha sido verse en pantalla, sino el propio proceso: sentirse escuchada de nuevo, ver cómo su historia se entrelaza con la de otras mujeres y cómo sus canciones siguen abriendo puertas.
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Las mujeres que se atrevieron
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«La época de finales del XIX, principios del XX fue apasionante», explica la directora. «Hay unos mujerones que son las sicalípticas que cantaban ese tipo de letras transgresoras, y para poder pasar la censura hacían ver que era en otra época». Canciones sobre libertad, deseo, vida bohemia.
[–>[–>[–>Lo que siguió fueron largas charlas en torno a una mesa: Inés, su abuela Esperanza y Lilian de Celis, tres generaciones de mujeres dialogando sobre historias olvidadas. «Una de las partes más guapas fue la de hablar con ellas, y una de las más complicadas hacer la criba, porque tenía mucha documentación y muchas historias», confiesa Inés. Esos encuentros, el proceso mismo de escucha y recuperación de memoria, ha sido lo que más ilusión le ha hecho a Lilián, incluso más que el cortometraje terminado”.
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El corto quiere poner en valor lo que hicieron esas mujeres, cada una desde su lado. «Con sus acciones y con su vida han influido mucho en lo que tenemos nosotras ahora», reflexiona Aparicio. «Creo que abrieron caminos, y que mirar tanto las cosas buenas como las cosas malas es importante para construir. Para imitar lo bueno y para no caer en lo malo otra vez».
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Las sicalípticas, pioneras de otra manera de cantar
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Cuando Inés habla de las «sicalípticas» se refiere a toda una generación de artistas que, a caballo entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, hicieron del cuplé y de otros géneros de variedades un territorio de insinuación, humor y libertad relativa. El término se usaba para definir a aquellas intérpretes que jugaban con dobles sentidos, gestos y letras que bordeaban lo erótico, lo irónico o lo socialmente incómodo, muchas veces disfrazándolo de anécdota histórica o de contexto exótico.
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Más que una etiqueta escandalosa, la sicalipsis fue un recurso escénico que permitió a muchas cantantes probar registros que iban más allá del sentimentalismo o de la obediencia romántica. Sus canciones hablaban de mujeres que tomaban decisiones, que deseaban, que se equivocaban, que se reían. En muchos casos, estos personajes de ficción ofrecían a las artistas y al público femenino un espejo distinto al de los modelos tradicionales de mujer sumisa o silenciosa.
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En «La Diva, mi abuela y yo», esa tradición aparece filtrada por la mirada contemporánea de una nieta que intenta entender qué había detrás de aquellas letras que hoy nos resultan tan sorprendentes. Cuando Inés escucha por primera vez «Batallón de Modistillas» en la voz de su abuela, se da cuenta de que hay un linaje que une a esas mujeres que cantaban cuplés, a las que escuchaban en la radio o en los teatros, y a las que hoy, desde una cocina cualquiera, todavía tararean fragmentos sueltos sin saber muy bien de dónde vienen.
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El corto, toma como referencia a las sicalípticas para entender a Lilián de Celis y, por extensión, a todas esas artistas que supieron encontrar fisuras en las normas sociales a través del escenario. La sicalipticas, son una forma de memoria cultural: mujeres que se atrevieron a contar otras historias, que sus palabras sobrevivieron en discos, cintas y gargantas familiares, y que hoy pueden resignificarse desde nuevas sensibilidades.
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Animación como necesidad, arte como elección
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La pandemia de 2020 obligó a replantear cómo contar la historia. No podían rodar en la calle. Inés y el productor Diego Herguera (Sultana films) optaron por la animación 2D, decisión que resultó ser mucho más que una alternativa técnica: fue la puerta a un lenguaje visual donde la memoria podía cobrar vida de otra manera. Los fondos, creados a partir de fotos de archivo, los realizó Ángel Pérez, artista valenciano experto en tinta y papel que vivió años en China. En el equipo de animadores trabajaron nueve o diez profesionales en diferentes etapas, incluyendo a los asturianos Mario Mercurio Martínez y María Abad.
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Hay dos elementos que han permanecido desde el inicio inmodificables: el audio original de la abuela Esperanza cantando «Batallón de Modistillas» —aquello que lo inició todo— y las fotografías de archivo que generaron los escenarios. Es decir, la voz real y la memoria visual como pilares sobre los que se construye toda la poesía animada. Además en la creación de la banda sonora del proyecto participa el asturiano Rodrigo Cuevas.
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El título mismo cuenta una historia. Inicialmente el proyecto se llamaría «Cantar un batallón», pero una semana antes de registrarlo en el ICA, Inés cambió de parecer. «Me pareció difícil la traducción a otros idiomas. Además, habla de la guerra, y el corto es todo lo contrario, es purpurina, es otra cosa». El título actual, «La Diva, mi abuela y yo«, es como «una matrioshka inversa»: en el corto aparecen primero la nieta (Inés), después la abuela (Esperanza) y finalmente Lilián de Celis. En el título, el orden se invierte. Una estructura que es en sí misma una reflexión sobre el tiempo, la memoria y la continuidad generacional.
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Participación en festivales
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El cortometraje ha participado en festivales como SEMINCI (Valladolid), el Festival de San Sebastián, FICX (Gijón), CINEVI (Bilbao) y Aguilar de Campo. Ha viajado internacionalmente, ganando el Premio a la Distribución en FICX, y ha llegado a Sudamérica. «Sudamérica conecta bien con el cuplé, porque las artistas fueron mucho de gira allá, entonces les suenan incluso las canciones», comenta Inés. En otros lugares donde el universo del cuplé es menos familiar, el corto funciona igualmente porque «tiene muchas capas».
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«Lo que busca el corto y por lo que está yendo bien con diferentes públicos es que tiene un lugar muy común«, explica la directora. «Las abuelas por casa mientras cocinan y cantan, mientras nosotras andamos alrededor, y cómo de esos mundos pequeños puedes llegar a otros mundos muy grandes». Es la magia de lo cotidiano elevado a universos más grandes.
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Los retos del proyecto
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Levantar financiación siempre es el gran reto en proyectos así. Pero para Inés, el desafío más grande ha sido dirigir en un ámbito completamente nuevo para ella: la animación. Y coordinar a mucha gente en muchos lugares diferentes. Además, mientras producía el cortometraje, se convirtió en madre monomarental, una realidad que complicó algo más el proceso. «Yo no había hecho nunca animación», admite. Afortunadamente, Isabel Herguera, de Sultana films y una de los referentes nacionales de animación, estuvo ahí ofreciendo seguridad y maestría. «Siempre me ha dado mucha seguridad tenerla ahí», reconoce.
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La expectación de volver a casa
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Ayer, cuando las luces de la Casa de la Cultura de Cangas se apagaron y comenzó la proyección, Inés estaba nerviosa. «No tenía expectativas con el corto, pero estoy muy emocionada con lo de hoy, porque lo de hoy es de las cosas que me apetece hacer», confesaba antes de la proyección. Y lo que le apetecía era precisamente eso: «Ofrecer café, galletines, un salón, ver el corto en casa, que la gente pueda preguntar lo que le dé la gana”. Volver a reunirse en torno a una mesa a contar historias como cuando lo hacía escuchando a su abuela y a Lilián de Celis.
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Es significativo que la presentación haya sido en la Casa de Cultura de Cangas de Onís. Un espacio cercano, donde la gente pudiera sentirse en casa, donde el cine fuera una excusa para la conversación y el encuentro. Donde lo que pasó en torno a la mesa con su abuela y con Lilián —la escucha, el diálogo, la recuperación de historias— pudiese repetirse en la sala.
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Las reacciones han sido lo que más emoción ha generado. «A la gente le está tocando la fibra tocar sus propios recuerdos», relata. «Hay mucha gente que me ha dicho: ‘ me has hecho viajar a la cocina de mi abuela, he vuelto a oler la cocina de mi abuela’. Es el lugar común. Es ese espacio donde todas nos reconocemos».
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Recuperar la memoria
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Este cortometraje es un acto de amor hacia las mujeres que se fueron, un rescate de sus voces, una reivindicación de sus historias, de nuestra historia y una declaración de que la memoria importa y debemos preservarla.
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La parraguesa Inés G. Aparicio ha tejido todo eso en diez minutos de cine que son, en realidad, mucho más que cine. Son purpurina, como ella dice. Son memoria.
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Mientras veía el corto en su pueblo, rodeada de gente de toda la vida, Inés G. Aparicio cerró un círculo que comenzó con un cuplé tarareado en la cocina. Pero al mismo tiempo, abrió uno nuevo: el de un cine que recupera lo que la historia intentó olvidar, que abraza a las mujeres que vinieron antes y las eleva a la altura que siempre merecieron.
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