La emotiva exposición de pintura de un abuelo gijonés y su nieta de 10 años abre sus puertas en El Llano
A los tres años, un folio en blanco y unas pinturas fueron suficientes para que Claudia Blanco descubriera su mundo. Aquellos primeros garabatos no fueron un pasatiempo, sino el inicio de una vocación que parece viajar grabada en el ADN, pues su abuelo, Jesús Blanco, ha pasado sus 75 años con los lienzos como amigos. Esta herencia genética y emocional ha cristalizado en «Dos miradas», una exposición conjunta entre ambos que habita las paredes del Centro Municipal Integrado (CMI) El Llano de Gijón hasta el próximo 29 de mayo. La muestra, que reúne 23 obras (16 de él, 7 de ella) y una pieza escultórica de la pequeña, responde a la necesidad de esta pareja de artistas de comunicarse con este lenguaje que tienen en común, que anula una brecha generacional de más de seis décadas siendo «cómplices» que se reconocen «como iguales». Así se percibe rápido a simple vista al ver a abuela y nieta juntos; de hecho, él lo verbaliza.
[–>[–>[–>Jesús, que trabajó toda su vida en el sector siderúrgico, nunca abandonó su verdadera pasión, aunque no fuera su sustento. «Llevo toda la vida haciendo exposiciones y pintando», explica el veterano creador, que firma como Blanco Morán, añadiendo su segundo apellido. Tras su jubilación, el arte ha pasado a ocupar el centro de su tiempo; un espacio que ahora comparte con su nieta de diez años que, precisamente, llegó al mundo en ese momento y parece que algo se le contagió.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>La iniciativa de esta exposición surgió de la forma más natural posible. Claudia, que siempre ha sentido una atracción «poderosamente fuerte» por manipular el color, confiesa que tenía «la ilusión» de exponer con su abuelo, aunque reconoce con timidez que «no sabía que era posible». Fue hace poco cuando Jesús le dio la noticia de que el proyecto saldría adelante. Para él, la idea resultó «muy interesante», no solo por el lazo familiar, sino por la calidad de lo que salía de la mente y los pinceles de Claudia. «Se le nota que tiene pasión», dice el abuelo mirando a la nieta con orgullo y cariño.
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Contraste
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El cuerpo de la exposición tiene contraste. Mientras que Jesús se mueve en un expresionismo abstracto de «zonas fronterizas», con manchas elaboradas y pinceladas sueltas que dan vida a máscaras venecianas o paisajes nevados de Nueva York, Claudia aporta la frescura de la infancia. La pequeña artista, que prefiere el acrílico por ser más práctico que el óleo, se debate entre el dibujo de paisajes y personajes de animación como la Pantera Rosa o Bob Esponja, pero no como haría una niña de su edad, sino con un estilo modernista. «Antes me gustaba más pintar, ahora me gusta dibujar más», explica la niña mientras recorre la sala con la seguridad de quien conoce cada trazo, suyo y de su compañero de trabajo.
[–>[–>[–>Jesús observa a su nieta, también, asumiendo un aprendizaje. Asegura que el contacto con ella le devuelve algo que los años suelen erosionar. «A veces nosotros, que llevamos mucho tiempo haciendo cosas, terminamos perdiendo esa frescura por los límites y filtros que nos ponemos», reflexiona. Para él, Claudia no solo ejecuta, sino que «lo está sintiendo», una predisposición que va más allá de la afición. Esta sintonía ha generado una complicidad que Jesús define como «aire puro», donde él aporta más la técnica y ella «la libertad» de quien descubre el color por primera vez.
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Uno de los puntos más destacables de la muestra es una pequeña escultura titulada «Ola», que en el momento de escribir estas líneas todavía está pendiente de colocar en un pedestal para ampliar la exposición. La pieza nació de un palo que Claudia encontró en el parque y cuya forma «especial» le llamó la atención: enrevesada, en espiral, atornillada en sí misma, es como la describe. Con la ayuda de su abuelo, montaron el objeto en una caja de metacrilato reciclada, creando una obra que «recuerda el movimiento de una ola envolviéndose», precisan ambos.
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[–>Un nuevo desafío
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La exposición en El Llano no es el final de este camino compartido, sino la primera parada de muchas. Ambos ya tienen en mente un nuevo y especial desafío: un cuadro de gran formato, de casi dos metros, que pintarán de forma conjunta. «Lo vamos pintar a cuatro manos», anuncian ambos, aunque en estos momentos todavía no tienen decidido cual va a ser el tema a retratar. «Ella es muy reflexiva, veremos», bromea el abuelo.
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Mientras la pareja de artistas describen su trabajo y motivaciones, los visitantes recorren con la miradas las paredes, que se hallan a la entrada del complejo de El Llano, que siempre goza de una intensa actividad cultural. Claudia tiene claro cuál es el objetivo final de tanto esfuerzo: «Que venga la gente a verlo», dice con una sonrisa. Al final, como recuerda su abuelo, «la ilusión es la que nos nutre», como puente entre dos vidas han encontrado en el arte el lugar perfecto para encontrarse.
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