La factura del desafío
Cuando se convierte en teatro electoral, la política exterior suele acabar mal. Amenaza con ocurrir tras el desafío de Sánchez a Trump, negándose a autorizar el uso de las bases españolas por parte de Estados Unidos en su guerra con Irán. La respuesta del inquilino de la Casa Blanca no se hizo esperar con la amenaza de embargo comercial contra España. Una escalada verbal que de momento inquieta más por lo que revela que por lo que anuncia.
[–>[–>[–>España mantiene desde hace décadas una relación estratégica con Estados Unidos cimentada en acuerdos de defensa que afectan a instalaciones clave como la Base Naval de Rota o la Base Aérea de Morón. No se trata de cesiones caprichosas, sino de compromisos que han definido nuestra posición en el tablero atlántico. Romper ese equilibrio en medio de un conflicto internacional exige algo más que un simple cálculo demoscópico. No así, sin embargo, para Sánchez que ha encontrado en Trump la némesis de su impostura y un personaje aún más impopular que él para hacer campaña a su costa y supuestamente a costa de los intereses en general de los españoles. Estamos ante un nuevo «no a la guerra».
[–> [–>[–>La negativa de Sánchez puede interpretarse como un gesto de soberanía. Pero también como una maniobra de consumo interno, diseñada para apuntalar un electorado volátil y disputar espacio a su izquierda. La política exterior no debería ser rehén de la necesidad urgente de votos. Tendrían que imperar la prudencia y la coherencia. Ahora bien, la reacción de Trump tampoco puede despacharse como un simple gesto de firmeza. Amenazar con un embargo comercial a un aliado histórico es una forma de presionar que roza la intimidación.
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¿Qué consecuencias tendrá el choque? No sabemos. Cuando las palabras se tensan más de la cuenta, los mercados, la diplomacia y, en última instancia, los ciudadanos acostumbran a pagar la factura.
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