La fluidez física y social
Osborne Reynolds (1842-1912) fue un científico irlandés, que realizó sus mayores aportaciones a la física y a la ingeniería, a partir de sus experimentos en la Universidad de Mánchester. Sus estudios sobre dinámica de fluidos fueron pioneros y forman parte del arsenal clásico en su campo. Las definiciones de flujo laminar y turbulento, precisamente a partir del número que le dio fama, son de obligado conocimiento en numerosos apartados de la ciencia. El conocido como «Número de Reynolds» (Re), es uno de los valores adimensionales que tanta importancia ejercen para el manejo de ecuaciones complejas. Para calcularlo hay que relacionar la densidad del fluido, su velocidad y la longitud del circuito por el que transcurre, con la viscosidad del mismo fluido. Si este valor alcanza a ser menor de 2300, definimos el flujo como laminar, y si supera el límite de 4000, hablamos de flujo turbulento. Entre ambos valores, utilizamos el calificativo de flujo transicional.
[–>[–>[–>Se trataría pues de establecer un vínculo entre la inercia con la que circula un fluido, con su viscosidad, entendiendo que esta inercia es el producto de su masa por la velocidad con que transcurre. La circulación es aceptablemente fluida en ambientes viscosos y se hace turbulenta ante grandes masas y con velocidad elevada. Estos conceptos han sido maravillosamente expuestos en un texto reciente del ingeniero aeroespacial Antonio Ayuso Barea: «Una apacible turbulencia», Libros del Asteroide S.L.U, Barcelona, 2025, donde combina la teórica aridez de los mismos con una gran sensibilidad poética.
[–> [–>[–>No resulta imposible trasladar estas ideas, tan utilizadas en el mundo de la física, la ingeniería o la medicina, con las actividades de la vida diaria y con los diferentes aspectos de la dinámica social, especialmente si consideramos que las relaciones humanas se mueven por leyes similares de la propia Naturaleza. La viscosidad es una medida de la resistencia interna de un fluido a deformarse, cuando es sometido a una fuerza. Lo que en el mundo empresarial se denomina «resistencia al cambio». Cuanto mayor resulte esta resistencia, la vida transcurre sin grandes alteraciones, sin altibajos, sin mejorías pero sin perturbaciones. Podríamos decir que el número de Reynolds sería cada vez más bajo y todo fluye laminarmente, sin turbulencias. Al contrario, cuando esta resistencia no existe, la viscosidad es baja o casi nula y el numerador de la ecuación estará dirigido por la velocidad que se imprima al movimiento y la longitud del circuito (tipo de empresa, número de personas, superficie a modificar, etc). El número de Reynolds será cada vez más alto y deberemos conocer y tener en cuenta que aparecerán turbulencias, llámense desorden, agitación o alborotos. Estos fenómenos son los que posteriormente serán responsables del verdadero cambio. En el medio podríamos situar el momento en el que se encuentran la mayoría de las sociedades actuales, un flujo «transicional», en el que como indicaba Antonio Gramsci (1891-1937), «Lo viejo se resiste a morir y lo nuevo no acaba de nacer».
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La sociedad actual está inmersa en un flujo permanente de personas, conocimientos, bienes materiales y demás fluidos, en un continuo cambio de estado. No resulta desdeñable que nos acostumbráramos a utilizar el número de Reynolds para saber dónde nos hallamos y poder objetivar mejor si servirían uno u otro tipo de ecuaciones (flujo laminar o turbulento), a la hora de buscar las mejores soluciones a cada problema. Para vencer la resistencia al cambio, en un ambiente de fluidez, deberemos reducir la viscosidad (adherencia al cargo, tipo de trabajo) y si entramos en un mundo de turbulencias, deberán neutralizarse los sobresaltos y rupturas innecesarias. En cualquier caso, creo que el verdadero peligro es el estancamiento permanente en este mundo «transicional» en el que nos encontramos.
[–>[–>[–>No obstante, ante la duda, sugiero salir de la dinámica de fluidos mediante una anábasis. El término fue utilizado por Jenofonte (428-354 a.C.), para describir la expedición de los «Diez Mil» mercenarios griegos, que viajaron desde las costas del Egeo hacia el interior del imperio persa. Con la misma idea de marcha, se denomina anábasis musical al camino melódico ascendente, que transmite esperanza en la búsqueda de la luz y que Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) supo introducir en las notas iniciales del famosísimo «Lacrimosa» de su Requiem póstumo. Existen numerosas versiones de esta extraordinaria melodía, a manos de todos los grandes directores. Me inclino por la interpretada por la Orquesta y Coros de la Radiodifusión Bávara en Munich, en enero de 2017 (Lacrimosa a partir del minuto 23), bajo la batuta del director letón Mariss Jansons (1943-2019). Pero, sea cual sea la que elijan, pongan rodilla en tierra, cierren los ojos y dejen «fluir» las notas, tan delicadamente como sean capaces. Están ante una de las páginas más sublimes de la música universal.
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