La frontera interior
Esta semana, varias familias tuvieron que ser evacuadas de viviendas incendiadas por grupos que decían protestar contra la inmigración. No era un fuego remoto ni anónimo. Era fuego casi doméstico: calles conocidas, casas señaladas, el vecindario convertido en frontera. Y no es una imagen menor en una ciudad que sabe demasiado bien lo que significa expulsar a alguien de su hogar por identidad, miedo o pertenencia.
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Un hombre había sido brutalmente apuñalado en la calle. El acusado, de nacionalidad sudanesa y de treinta años, compareció ante el tribunal por intento de asesinato. La víctima sufrió heridas terribles. La indignación era inevitable. La violencia que vino después, no.
[–> [–>[–>Coches incendiados. Un autobús ardiendo. Hombres enmascarados. Viviendas atacadas porque alguien había decidido que allí vivían inmigrantes. Piedras y botellas contra la policía. Listas de direcciones supuestamente vinculadas a familias extranjeras circulando por internet, como si la frontera pudiera improvisarse con gasolina, rumores y miedo. La familia de la víctima pidió calma. Otros prefirieron convertir un crimen en una causa política.
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Ahí empieza el peligro. Una sociedad puede y debe exigir seguridad, control, asilo ordenado, fronteras legítimas y consecuencias para quien delinque. Pero cuando el Estado no procesa esa exigencia con autoridad, justicia y claridad, aparecen otros dispuestos a hacerlo con fuego y señalamiento. La violencia racista es siempre inaceptable. También lo es la cobardía política de fingir que toda inquietud ciudadana ante la migración es simple racismo. Entre una cosa y la otra se juega hoy buena parte de la legitimidad democrática europea.
[–>[–>[–>Desde el 12 de junio se aplica plenamente el nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo, aprobado por el Parlamento Europeo en abril de 2024 y adoptado formalmente por el Consejo de la Unión Europea un mes después. La reforma pretende reforzar la frontera exterior, acelerar los procedimientos de asilo, identificar mejor a quienes llegan, devolver con más eficacia a quienes no tienen derecho a quedarse y repartir la presión migratoria entre los Estados miembros. Bajo esa fría arquitectura administrativa hay una pregunta mucho más incómoda: ¿Cómo puede una sociedad seguir siendo humana sin volverse ingenua, y cómo puede seguir siendo ordenada sin volverse cruel?
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Ese es el debate serio. No si la migración existe. Existe. No si hay que distinguir entre inmigración legal e ilegal. Hay que distinguirlo, por supuesto, aunque a estas alturas repetirlo debería ser tan innecesario como explicar que una puerta puede estar abierta o cerrada, pero no indefinidamente entornada. La cuestión es si nuestras sociedades conservan la capacidad de recibir, integrar, controlar, devolver, proteger y explicar sin mentirse a sí mismas.
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[–>Porque la frontera no es solo una línea en un mapa. Es una promesa. De refugio para quien huye de la persecución. De legalidad para quien llega siguiendo las normas. De seguridad para quien ya vive dentro. De reciprocidad para quien acepta formar parte de una comunidad política y no solo ocupar un territorio. Cuando esas promesas se confunden, cuando todo se reduce a emoción o a trámite, la frontera deja de ser una institución y se convierte en una herida.
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El Reino Unido está fuera de este nuevo Pacto Europeo porque ya no forma parte de la Unión Europea. Pero la verdad es tozuda: el Reino Unido no está fuera de Europa. Lo veo cada día desde Londres, una ciudad que quiso creer durante años que podía vivir entre su vocación global y su realidad europea sin tener que elegir demasiado. No está fuera del Canal de la Mancha, ni de Francia, ni de Irlanda, ni de Belfast, ni de las redes de tráfico de personas, ni de los miedos que recorren Europa. Brexit prometió recuperar el control, pero la geografía no obedece a los referéndums. Un país puede abandonar una arquitectura jurídica común; no puede abandonar el mapa.
[–>[–>[–>El gobierno británico habla de restaurar el control del sistema migratorio, endurecer visados, revisar permisos, reducir la dependencia de mano de obra exterior y reforzar la cooperación con Francia para frenar las pequeñas embarcaciones que cruzan el Canal. Es legítimo. Un Estado que no controla quién entra, quién se queda y en qué condiciones deja de ser plenamente Estado. Pero el control real necesita algo más que palabras duras, cifras de deportaciones o fotografías de patrullas en la costa francesa. Necesita confianza.
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Y la confianza es exactamente lo que se ha ido erosionando. Muchos ciudadanos europeos sienten que se les exige una generosidad abstracta mientras ellos viven consecuencias concretas: alquileres más caros, servicios públicos más saturados, barrios que cambian sin explicación, salarios presionados, escuelas sobrecargadas, médicos inaccesibles, códigos compartidos que se vuelven frágiles. No todos esos problemas los causa la migración. Sería falso y cobarde decirlo. Muchos vienen de años de mala vivienda, mala planificación, mala productividad, mala administración y esa especialidad tan europea de proclamar valores universales mientras se descuidan las tuberías.
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Pero también sería falso y cobarde negar que la migración rápida, desordenada o mal explicada intensifica esas tensiones. La izquierda ha cometido demasiadas veces el error de tratar cualquier preocupación como una patología moral. La derecha ha cometido demasiadas veces el error contrario: convertir cualquier problema en una prueba contra el extranjero. Entre la superioridad moral de unos y la explotación del miedo de otros se abre el espacio donde crecen los incendios.
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Belfast muestra además otro rasgo de nuestro tiempo: la frontera ya no se disputa solo en puertos, aeropuertos o controles policiales. Se disputa también en internet. Una agresión brutal se graba, circula, se recorta, se convierte en prueba definitiva de una tesis previa y, en pocas horas, puede pasar de una pantalla a una calle. Las redes amplifican; no inventan de la nada. Donde no hay combustible, la chispa no prende. Y el combustible es una mezcla de precariedad, abandono, pérdida de estatus, fragmentación cultural e incapacidad institucional para hablar claro.
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La buena política migratoria no puede ser ni una alfombra roja ni una alambrada moral. Tiene que ser una institución. Humana, sí. Legal, también. Rápida cuando debe proteger. Firme cuando debe devolver. Clara cuando debe explicar. Exigente cuando debe integrar. No basta con admitir personas; hay que incorporarlas a una comunidad de derechos y obligaciones. No basta con decir «bienvenidos»; hay que poder decir también: estas son las reglas, esta es la lengua común, estos son los deberes, esta es la ley, esta es la reciprocidad que hace posible la convivencia.
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Y tampoco basta con pedir paciencia infinita al ciudadano local, como si su inquietud fuera siempre una indecencia. Hay trabajadores que se sienten desplazados, barrios que pierden reconocimiento, familias que compiten por vivienda pública, padres que no entienden en qué se ha convertido la escuela de sus hijos, vecinos que ven cambiar su calle sin que nadie les mire a los ojos y les diga la verdad. Ignorar eso no es progresismo. Es incompetencia con buenos modales.
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La civilización se mide precisamente ahí, en la capacidad de sostener dos verdades a la vez. El migrante no es una amenaza por existir. El ciudadano local no es racista por pedir orden. El refugiado merece protección. La comunidad que recibe merece reconocimiento. El Estado debe tener humanidad y autoridad. Sin humanidad, se vuelve brutal. Sin autoridad, se vuelve decorativo.
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El nuevo Pacto Europeo intenta responder a una parte de ese desafío. El plan británico intenta responder a otra. Ninguno bastará si no se reconstruye la legitimidad. Porque la migración no es solo movimiento de personas. Es movimiento de confianza: en que la ley distingue, en que la compasión no será explotada, en que el crimen será castigado sin convertir a inocentes en culpables, en que la frontera no será ni un teatro cruel ni una ficción administrativa.
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La frontera más importante de Europa ya no está solo en Lampedusa, Calais, Barajas, Heathrow, las islas Canarias o el Canal de la Mancha. Está dentro de nuestras sociedades. En la manera en que hablamos del extranjero. En la manera en que escuchamos al vecino. En la manera en que protegemos a la víctima sin fabricar víctimas nuevas. En la manera en que el Estado conserva autoridad sin perder humanidad.
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Belfast nos recuerda que, cuando esa frontera interior se rompe, el fuego vuelve a parecer una respuesta. Y no lo es. Nunca lo fue.
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