La gratitud
La gratitud es una vacuna contra el pesimismo, un antídoto contra la queja continua. Ser agradecido no significa vivir en la ingenuidad, ver solo lo bueno de la vida, sino ser capaz de hacerlo aún en las circunstancias y decisiones más difíciles. Hace nada, el periodista Carlos Hernández confesaba en su carta de despedida que se sentía afortunado por el privilegio de haber vivido, y daba las gracias a la sanidad pública y a todos los que le habían acompañado hasta el fundido en negro de su muerte. No somos conscientes de la vida de la que disfrutamos, y damos por sentado que lo que nos rodea nos corresponde por derecho propio: un techo, una familia, un trabajo digno, educación y sanidad públicas, la posibilidad de intentar ser lo que queramos. Esta misma semana Muñoz Molina, uno de mis escritores favoritos, nos decía que está bien agradecer a conciencia aquello en lo que uno ha sido afortunado. Entre lo que le hacía feliz, reconocía el refugio, el consuelo, el vicio, el sustento de la literatura y de la lectura,para ser más exactos.
[–>[–>[–>También yo me considero afortunada, por eso, cada noche, en ese momento de duermevela en que la calma no acaba de llegar y te bombardean los pensamientos que has evitado todo el día, trato de hacer una larga lista de agradecimientos. A mis padres, que me llenaron la casa de libros y la cabeza, de ideas, sin apagar ninguna. A mis hermanos, por la infancia que se alarga en el tiempo. A Juan, porque no sé qué hubiera sido de mí sin aquella noche de san Jorge, a mis hijos, por darme la oportunidad de intentar ser mejor persona, de reinventarme en la generosidad absoluta. A mis alumnos, por lo mismo. A mis amigos, por el regalo de su existencia. A todas las personas que creyeron alguna vez que yo podría hacer bien una tarea, y me la encomendaron. A los que me enseñaron a escribir, a leer, y me animaron a publicar un libro o a mantener viva esta columna. Y a los lectores, ese privilegio, por prestarme su atención y sus ojos, por no estar siempre de acuerdo, por las veces en que sí lo están. Por eso, cada noche, me imagino vestida de lentejuelas y de plumas, al final de una escalera, rodeada de coristas (quizá esa sea la causa de mi insomnio). Y convertida en Lina Morgan (si ella lo hizo, yo puedo hacerlo), empiezo a bajar peldaños sobre unos tacones de vértigo. Al compás de la música, justo antes de dormirme, miro al patio de butacas de este teatro del mundo y agradecida y emocionada, solamente puedo decir gracias por venir.
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