La historia simplificada
El contexto es importante para medir a los personajes, sus actos y consecuencias. El calibre de Isabel la Católica es el de su época, la fe, el ansia conquistadora, la Hispanidad, etcétera. El de Isabel Díaz Ayuso se corresponde con el tiempo en que vive, en el que apenas ningún político se salva del populismo y la provocación. Todo ello sujeto a las ocurrencias de última hora, como ha sucedido parece ser estos días en México.
[–>[–>[–>No seré yo quien le quite las ganas de ser ocurrente o provocadora a Ayuso para darle la razón ofuscada de la «leyenda negra» a la populista Claudia Sheinbaum, que utiliza la historia como arma arrojadiza con una versión simplificada, moralizante y profundamente selectiva de lo que fue la conquista de México. El esquema ya lo conocen: un Hernán Cortés reducido a caricatura de tirano frente a unos mexicas idealizados como víctimas puras de un genocidio unilateral.
[–> [–>[–>Pero la historia, cuando se la mira sin filtros ideológicos, incomoda a todos por igual. Porque ni Cortés fue un demonio aislado ni el imperio mexica un edén humanitario. La expansión mexica se sostuvo también sobre la dominación de otros pueblos indígenas, muchos de los cuales vieron en los españoles una oportunidad, equivocada o no, para liberarse. Los sacrificios humanos, documentados por múltiples fuentes, no encajan bien en ese relato de inocencia absoluta. Ello no exonera la violencia de la conquista, ni sus abusos, tampoco algunas de sus consecuencias devastadoras. Pero sí obliga a abandonar el maniqueísmo.
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La historia no es un juicio sumarísimo con culpables y víctimas perfectamente delimitados; es un entramado de intereses, alianzas y brutalidades compartidas. Requiere lectores dispuestos a aceptar su complejidad. Y aun así sigue existiendo la necesidad política de reescribir el pasado para justificar el presente. En ese terreno, todos juegan a la simplificación. Unos para denunciar una opresión histórica; otros para negarla o relativizarla.
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