Economia

La inteligencia artificial toma las calles

La inteligencia artificial toma las calles
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  • Publishedmayo 25, 2026




Hay innovaciones que llegan como promesa de progreso y otras que aterrizan como una provocación envuelta en lenguaje tecnológico, presentándose con palabras tranquilizadoras como eficiencia, seguridad y sostenibilidad pero en realidad traen bajo el capó una pregunta mucho más incómoda como es qué pasa cuando una máquina no sólo viene a ayudarnos, sino a ocupar el asiento de un empleado, tomar decisiones y dejar fuera a quienes llevaban décadas creyendo que ese espacio era suyo por derecho casi natural.

Durante décadas hemos soñado con coches que se conducen solos, pero quizás no nos habíamos dado cuenta de que el verdadero milagro no será que el vehículo gire, frene o evite un patinete, sino que consiga circular por una ciudad española sin pedir licencia, una excepción reglamentaria, tres informes, cuatro sellos y la bendición informal de todos los sectores afectados. Y ha llegado el momento, ya que dentro de unos meses empezaremos a ver las primeras pruebas del taxi autónomo, el robotaxi que se adentra en terreno complicado porque en España, donde cualquier cambio en la movilidad urbana tiene capacidad de convertirse en una batalla campal con normativas, pancartas y concentraciones, la llegada de esta nueva fase promete algo más que modernización, promete conflicto.

Después de lo ocurrido con la VTC, pensar que el robotaxi aterrizará en España entre aplausos, ruedas de prensa optimistas y sonrisas de consenso equivale a creer que el sindicato del taxi recibirá un coche sin conductor con un ramo de flores y una nota de bienvenida. Si una aplicación con conductor humano fue suficiente para incendiar el sector, imaginemos qué puede pasar cuando aparezca este invento, sin acuerdo, sin un autónomo detrás y sin necesidad de parar a tomar un café. Eso fue una protesta, pero esto podría ser la guerra de los taxímetros contra los algoritmos.

El robotaxi promete llevarnos de un punto a otro sin conductor humano, lo que, para algunos, suena a ciencia ficción y, para otros, a una amenaza laboral envuelta en sensores, cámaras y promesas de eficiencia. Pero el debate no será sólo si el coche ve mejor que nosotros, sino si podrá sobrevivir en una ciudad española en hora punta, con un repartidor zigzagueando, un turista despistado, un autobús que se suma, un peatón que cruza mirando el móvil y un conductor que interpreta el intermitente como una recomendación moral, no como una obligación técnica.

Además, el robotaxi llega justo cuando todavía no hemos decidido si queremos menos coches, más transporte público, menos emisiones, más comodidad, ciudades peatonales o simplemente que todo funcione sin que nos moleste demasiado. Por eso su llegada no debería venderse como un espectáculo futurista, sino como una prueba de madurez institucional, ya que la cuestión no es sólo si un coche puede conducirse solo, sino si seremos capaces de regularlo sin convertir la innovación en una guerra gremial, lo que considero muy probable.

Quizás el futuro no venga con coches voladores, de momento, sino con un taxi que no habla de fútbol, ​​no se queja de los políticos, no opina sobre el tráfico y no pregunta a quién vas a votar, y que ya parece mucho más revolucionario que la tecnología que incorpora. Lo difícil no será que circule solo, sino que lo dejen circular sin antes convocar una huelga, un panel sectorial y tres informes jurídicos sobre su impacto social porque, en España, hasta el coche más inteligente tendrá que aprender que una cosa es circular sin conductor y otra moverse sin pedir permiso a medio país.

Juan Carlos Higueras es doctor en Economía y vicedecano de EAE Business School



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