La Legión prueba drones y lecciones de la guerra de Ucrania para el Ejército del futuro
En la guerra de estos días hay pocas suertes peores que la del zapador que resulta elegido para avanzar, cargado con una mochila de 50 kilos de manguera explosiva, para lanzarla a un punto fuerte, una alambrada o una barrera de minas que impide el avance de su unidad. Según se acerque, a ese zapador le espera una lluvia de balas de quienes por todos los medios intentarán que no llegue a su objetivo.
[–>[–>[–>Esa misión, que los militares llaman “abrir brecha”, es una de las peores ocasiones en el frente. El jefe que designa a una pareja de zapadores para abrir brecha sabe de la gravedad de su elección, como conocen el riesgo sus subordinados: en un frente de guerra, entre el 70 y el 80% de los enviados para esa misión no vuelven vivos a sus posiciones.
[–> [–>[–>Ese tremendo porcentaje de letalidad, y el consiguiente empeño por reducir en ese flanco la sangría de bajas humanas, integran una de las enseñanzas que al Ejército de Tierra le llegan desde Ucrania.
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Lección 1: los drones salvan vidas
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Un vehículo cuadrado, compacto, con cuatro pequeñas ruedas de tacos, con pinta de camioncillo de juguete, espera en el árido pedregal del cabo de Gata a que llegue el grupo de generales e invitados internacionales que han sido llamados para verle operar. En su lomo lleva dos mochilas abiertas, cada una de ellas con un enhebrado de manguera explosiva y, en la punta, un cohete a punto de saltar que tirará del cordón.
[–>[–>[–>El legionario Francisco Navarro observa la UGV Adriano que llevará un cordón explosivo hasta una barrera mina. / José Luis Roca
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Es la máquina que prueban los legionarios de la base de Viator (Almería) para abrir brechas. El ensayo planifica un ahorro de bajas: en lugar de tener que ir un par de soldados a tratar de volar la defensa enemiga, que vaya el robusto coche robot a buena velocidad, guiado por otro dron, este volador, que le hace de ojos sobre el terreno.
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Situado al borde del campo de minas, en una situación real estaría recibiendo nutrido fuego del enemigo. Sin perder tiempo,el robot, un UGV, lanza con un estampido el cohete, que tira del cordón explosivo y lo estira en el aire, cae todo lo largo que es con sus bolas de pentrita y estalla en el suelo. Se supone que la explosión, por simpatía, por vibraciones, por onda expansiva, hace estallar a las minas más próximas, abriendo un pasillo seguro para la infantería que vendrá detrás.
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[–>Los creadores de la máquina, la firma española Alisys, lo califica de “robot terrestre multipropósito para misiones críticas”, pero prefieren llamarlo Adriano, que, además de ser el nombre de un emperador romano, es también acrónimo aproximado de Autonomous Deployable Robot for Intelligence, Intervention, Asistance & Logistics in Networked Operations.
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Un legionario recibe en su mano el aterrizaje de un cuadricóptero de observación en la Campaña de Experimentación Estratégica que se desarrolla en la base de Viator (Almería). / José Luis Roca
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Los drones y los palabros técnicos corren estos días por la vieja llanura volcánica de Viator, manejados y pronunciados por la Legión. Son los días de la tercera CET, o Campaña de Experimentación Táctica. La Legión es el cuerpo elegido para los principales experimentos de Fuerza 35, el conjunto de trabajos que desde hace años hace el Ejército para concebir cómo podría ser en un futuro próximo. Impulsa los ensayos, en la División de Planes, el Centro de Fuerza Futura.
[–>[–>[–>El legionario Francisco G Navarro, murciano de 29 años, se arrodilla junto al vehículo para revisarle la carga. Manipula la maquinaria con delicadeza, como si estuviera acariciando a un carnero. “Me gusta porque es muy sencillo de manejar”, dice. Tanto él como sus compañeros de equipo, son jóvenes de una generación que ha crecido manejando joysticks y mandos de las consolas de videojuegos. Ahora es parecido, solo que es la vida real lo que ven en las pantallas.
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“Todo esto, tanta máquina y pantalla, deshumaniza -dice Navarro, con la borla del gorro legionario oscilando por el viento racheado que llega del mar-, pero también humaniza”. Y se explica: “Prefiero mil veces que vaya un robot a abrir brecha a que tengan que ir dos compañeros que seguro caerán”.
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Un dron persigue a otro en el cielo de Almería durante las pruebas de la Legión para el concepto Force 35 del Ejército. / José Luis Roca
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El ejército ucraniano, acuciado por la falta de personal, trata de reducir bajas y se las compone para oponer eficazmente ante Rusia una primera línea de robots aéreos y terrestres que hagan el ataque y la defensa. La OTAN toma nota. Es consenso entre los observadores de la guerra que un 70% de bajas -no solo zapadores- está causada ya no por la artillería, como venía siendo desde hace más de un siglo, sino por los drones.
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Pero los robots que operan en la guerra tienen dos caras: también sirven para ahorrarle ataúdes al bando propietario. “Me gusta este UGV porque es cómodo, aguanta 10 horas, se puede manejar hasta con el móvil -dice el legionario-, y si lo destruyen, pues mira: es mucho más barato que una vida”.
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Lección 2: La unión de robots hace la fuerza
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La Legión hace de piloto de pruebas de máquinas de combate terrestres, blindados gigantes 8X8 Dragón, combinaciones de torres autónomas y radares que ven al dron aproximarse volando y le disparan con robótica precisión. En el lomo de un blindado de seis ruedas, un cañón autónomo de 30 mm dirige su hocico al cielo, girando en silenciosa búsqueda de un objetivo. Abajo, un ingeniero de Escribano M&E y un grupo de sus colegas de Indra observan el sistema que han creado, dotado con ojos optrónicos fabricados a partir de disputadas tierras raras. “Es una carrera -dice el científico-. El dron trata de llegar más rápido, para golpear antes de que lo derriben, y nosotros tratamos de detectarlo y acertarle más lejos”.
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Hay darwinismo en la guerra tecnológica que discurre paralela a la guerra militar. Muchas novedades que ha probado ya la Legión han quedado anuladas por otras que han surgido meses después, en la evolución del campo de batalla de Ucrania.
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Un grupo de altos oficiales del Ejército frente a una torre autónoma con sistema antidrones con radares Escribano e Indra. / José Luis Roca
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Los legionarios han instalado un puesto de mando semioculto en la vaguada de un cauce seco del desierto almeriense. Contribuye a tapar los contenedores-oficina una extraña tela agujereada que da sombra a los militares que se afanan debajo; no solo sombra de sol, también electrónica: absorbe casi toda la huella magnética que emiten antenas y ordenadores del puesto.
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Debajo, el teniente coronel Martín, de la Sección de Investigación y Análisis del Mando de Doctrina del Ejército, diserta: “El campo de batalla hoy es transparente. Todo lo que está puede ser visto, puede ser detectado y puede ser batido con una acción cinética (un tiro, un golpe, una explosión) o no cinética (una perturbación electrónica)”…
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Como todo puede ser detectado, los ingenieros del JCISAT (jefatura de Ciberespacio) han moderado la potencia de una antena de la pyme española Atika con la que han creado una nube 5G de unos 300 metros de radio para el centro de mando.
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Un legionario apunta al cielo con una escopeta electrónica anti-drones. / José Luis Roca
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De momento, la nube independiente de comunicaciones y datos es una tecnología imbatible, pero hay ya, seguro, ingenieros pensando en cómo romper su encriptación y alborotarla. Para evitarlo, en ese centro de mando del uadi almeriense se trabaja con una inteligencia artificial. No dan más detalle los militares, solo que es cien por cien española… y de otra pyme.
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A una pregunta de este diario, el coronel Alberto Quero, de la División de Planes del Estado Mayor del Ejército, subraya: “De la guerra de Ucrania sacamos muchas lecciones, también la de que lo que aprendimos hace seis meses puede estar ya pasado”. Para él, la principal nueva enseñanza es que “ya es inviable operar con un solo tipo de robot. La solución es integrar distintos sistemas robóticos en una sola operación”.
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Lección 3: lo barato puede con lo caro
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Cuatro años de guerra han ido situando a cada ejército y a cada tecnología en su lugar. Y corresponde a los no combatientes aprender de las inexorabilidades del frente. Entre ellas, que hay una forma de desgastar al enemigo si, con armas baratas, se le obliga a derrochar defensas caras. La Fuerza Futura, si quiere sobrevivir, debe tener en cuenta esa asimetría, que cada noche, en Ucrania, se ha estado viendo en los ataques por saturación rusos.
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La Campaña de Experimentación con Drones Tácticos del Ejército se lleva a cabo en la base de la Legión en Almería / José Luis Roca
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Parte de las innovaciones que una treintena de empresas y centros universitarios han llevado a Viator se inscriben en el eje: ser más eficaces siendo más baratas. No se habla en la experimentación táctica de millonarias baterías Patriot, sino de drones de tamaño micro que pelean contra otros drones iguales, pequeños robots que hoy representan un problema al que solo en España y Ucrania se ven soluciones. Sin rayos láser, sin onerosos misiles, solo a base de ser más rápidos y resistentes, volar y golpear al rival para que caiga o reviente antes de que haga daño a las tropas.
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En la Primera Línea de la demostración, la firma Arquimea ha montado un discreto lanzador, poco detectable, que con aire comprimido pone en el aire un poliedro rectangular que enseguida despliega alas y se convierte en dron volador en busca de su presa. Otras firmas presentes lanzan también sus robots para lanzarse sobre otros robots como halcones.
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«Este campo de experimentación, para nosotros es una herramienta valiosa -dice el coronel Quero-. Tratamos de adelantarnos a cómo será el combate en el futuro, para estar preparados. Realmente no podemos saber cómo será el combate en 2030 o 2045; lo que sí sabemos es que necesitamos una gran capacidad de adaptación, porque lo que venga será desconocido”.
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