La leyenda de Lady Godiva
Una leyenda medieval inglesa cuenta que una tal Lady Godiva pidió a su marido, conde de Coventry, que rebajara los impuestos abusivos a sus hambrientos vecinos. Él aceptó con una condición: que atravesara la ciudad a caballo totalmente desnuda. Solo protegida por su rubia y larga caballera. Godiva aceptó el reto y advirtió a sus vecinos que se metieran en sus casas y cerraran puertas y ventanas durante el trayecto. Todos obedecieron, salvo la mirada indiscreta de un sastre llamado Peeping Tom (apodado después Tom el Mirón), que fue castigado con la ceguera por su imprudencia. La imagen que se suele divulgar de la figura de Godiva en este episodio no es de exhibición, sino que es una imagen de pudor, cuyo único objetivo es beneficiar a sus depauperados súbditos.
[–>[–>[–>A lo largo de la historia, todas las sociedades han producido sus propios Peeping Tom, que son aquellos individuos que convierten la desgracia ajena en entretenimiento sin tener las consecuencias de un espectáculo organizado por otros. En su polémico ensayo “La sociedad del espectáculo”, Guy Debord escribe que la moderna forma de vida no es otra cosa que una sucesión de espectáculos en los que predominan espurios fines económicos sobre cualquier otro de genuino interés social. Una generalización extremada que necesariamente va matizando a lo largo del libro.
[–> [–>[–>Por otra parte, aplicando la leyenda inglesa a las actuales circunstancias políticas de España, el catedrático de Filosofía Política, Daniel Innerarity, subraya lo nociva que resulta para la convivencia social la llamada “pena de la desnudez”: una persona puede ser absuelta jurídicamente y quedar condenada públicamente, una vez que su intimidad ha sido expuesta, fragmentada y convertida en munición para los demás. Con frecuencia no se desnuda públicamente a una persona para servir a la verdad, sino para intimidarla o destruirla, especialmente si es un adversario político. Si bien la dignidad de una sociedad no se mide en ocasiones por lo que pueda ver, sino por lo que se decide no mirar. Por evitar caer en lo obsceno, en lo que debe estar fuera de escena, porque no debería ser mostrado.
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A propósito, aunque en la Constitución española se garantiza precisamente el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, esa prometida garantía jurídica, como ocurre con otras garantías ciudadanas, es mero papel mojado en muchas ocasiones.
[–>[–>[–>Innerarity se pregunta también que cuándo se da a conocer el comportamiento privado de un personaje relevante habría que preguntarse qué efecto podría tener sobre la calidad de nuestra vida democrática. Si el grado de publicidad guarda proporción con la gravedad del asunto que se denuncia. Y a quién beneficia y a quién perjudica (injustamente) determinada revelación o el modo de enfocarla.
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En definitiva, propone que deberíamos cerrar ciertas ventanas que no dan luz a nuestra vida, sino que se asoman a un patio donde se desarrolla un espectáculo en el que se muestra todo para que no veamos nada.
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