La luz, el Sur y los días
La vida en el Sur la marca la luz. Nos pasamos la vida pendientes de cuándo se cambia la hora o de si amanece o anochece más tarde. En este Sur que ha habido y me habita, como diría Juan Gaitán, la falta de luz nos convierte en una especie de ánimas, apagadas, tristes, que vagan por ese mundo oscuro, frío y estéril. Pero cuando la luz vuelve a tocar nuestras calles, los pájaros vuelven a cantar por las mañanas y por las tardes, en su eterna pelea por coger sitio en los árboles. La vida parece, de pronto, haber vuelto a encontrar sentido.
[–>[–>[–>El cambio de hora ya ha llegado, y con él la primavera, y la luz a las esquinas, aunque sigue haciendo frío a ratos, el calor parece que se resiste a volver a su casa, a las calles de los pueblos del sur donde habita con esa alma de niño que nos hace a todos recordar nuestro primer verano, cuando aún desconocíamos el agua y la inmensidad del mar y las piedras que se esconden en la orilla, y los peces que nadan entre tus tobillos, ese primer verano, cuando aún teníamos esperanza. El calor, decía, tiene alma de niño, de adolescente incluso, con esa impulsividad con la que nos dibuja los días, quizá sea así para recordarnos que lo efímero es más importante, que tenemos que mirar las cosas con detenimiento y así es posible que logremos entender que las nubes son más blancas y más escasas en verano, que, en cierta forma, nos gusta que nos despierte el trino de los pájaros, porque el verano, también, detiene el tiempo.
[–> [–>[–>Y no sé si esto le importará a Trump y a su ambición desmedida, y a su fascismo disfrazado de libertad. Su guerra de todos contra todos, de enfrentar humanos contra humanos, no es algo nuevo, ya hemos visto a qué nos conduce esta forma de relacionarnos con el resto del mundo. Trump actúa, cada vez más, como un dictador, avalado en que la gente lo votó. Esa forma de hacer política, ya la hemos vivido, y fue una de las épocas más horribles de la historia de la humanidad.
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Sé que la importancia que tiene en el sur el verano no puede detener la amenaza de otra guerra mundial, pero espero que, cuando las bombas, los aumentos de los precios y la inestabilidad pasen, el verano siga viviendo, con alma de niño, en las calles del Sur.
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