La nueva aristocracia del código
Llevo tiempo escribiendo sobre una mutación a la que he dado distintos nombres –tecnocracia, CEOcracia, cleptocracia–, pero a la que todavía le faltaba algo decisivo: la franqueza de sus propios protagonistas.
[–>[–>[–>Esa confirmación ha llegado ahora, y no en forma de rumor, sino de libro y de manifiesto. Primero apareció The Technological Republic, firmado por Alex Karp y Nicholas Zamiska, como una defensa del reencuentro entre Silicon Valley, el Estado y la primacía geopolítica de Occidente. Después llegó su versión destilada: un manifiesto de 22 puntos publicado por Palantir, tan crudo que en el Reino Unido algunos diputados lo despacharon como «las divagaciones de un supervillano». Haríamos mal en reírnos demasiado deprisa. Porque lo que ese texto revela no es una excentricidad más del valle, sino una filosofía cada vez menos pudorosa: la idea de que la democracia es demasiado lenta, los ciudadanos demasiado erráticos y el mundo demasiado peligroso para dejarlo en manos de la política ordinaria.
[–> [–>[–>Durante años, Silicon Valley se presentó como la gran meritocracia de nuestro tiempo: irreverente, brillante, moderna, casi redentora. Sus magnates querían parecer fundadores, no oligarcas; innovadores, no príncipes. Hoy cuesta sostener esa inocencia. Lo que se perfila no es una meritocracia, sino una élite que aspira a algo más antiguo y más serio que el dinero: el mando sobre la vida pública.
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Silicon Valley lleva años venerando el garaje como cuna del genio. Una de las escuelas reales de esta aristocracia fue bastante menos romántica: PayPal. Allí tomó forma una convicción que luego se expandiría por todo el valle: el mundo como mecanismo, la regulación como estorbo, la política como torpeza y el éxito como excusa para confundirse con la razón. De aquel vivero salieron hombres que luego ocuparían el espacio, la vigilancia, las plataformas, el capital riesgo, los medios y, finalmente, la política.
[–>[–>[–>Peter Thiel fue de los primeros en decirlo sin rodeos. En 2009 escribió que había dejado de creer compatibles la libertad y la democracia. No era una boutade libertaria. Era un programa. Lo que en otros era todavía instinto o desprecio difuso hacia la política, en él ya aparecía como doctrina: el ciudadano como interferencia, la democracia como fricción y el Estado como una estructura defectuosa, a la espera de ser rediseñada por una minoría supuestamente superior. No hablaba exactamente en tercera persona.
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Curtis Yarvin dio a esa tentación una sintaxis reconocible. Durante años, bajo el seudónimo de Mencius Moldbug, defendió la liquidación de la democracia liberal y su sustitución por una suerte de soberanía corporativa: el Estado como empresa, el CEO como soberano, los ciudadanos reducidos a población administrada. Ya no hablamos de una rareza digital. Hablamos de una referencia visible en el nuevo entorno trumpista, una especie de San Pablo del absolutismo de start-up: menos incienso, más cap table.
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[–>Si Elon Musk representa el espectáculo del poder, Thiel representa algo más peligroso: el diseño. Musk necesita ruido. Thiel necesita palancas. Uno coloniza la atención; el otro aspira a ocupar los lugares desde los que se cruza la información, se fijan prioridades y se estrecha el margen de la discrepancia.
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J. D. Vance cumple una función distinta. No es el cerebro de esta aristocracia, sino su interfaz electoral. Su ascenso fue impulsado en la órbita de Thiel y elevado por su patronazgo. Habla como si invocara al pueblo, pero reduce aún más el espacio del ciudadano real. La división del trabajo es nítida: unos ponen el dinero, otros la doctrina, otros la maquinaria, y Vance ofrece la envoltura política capaz de presentar un proyecto oligárquico como si fuera una revuelta plebeya.
[–>[–>[–>La guerra con Irán ha vuelto tangible todo esto. El Ejecutivo estadounidense actuó junto a Israel sin autorización previa del Congreso, y tanto el Senado como la Cámara volvieron a fracasar en su intento de acotar esos poderes. El significado político es evidente: el Ejecutivo actúa, el Legislativo llega tarde, la guerra crea hechos consumados y el sistema se acostumbra.
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Mientras tanto, el alto el fuego con Irán se parece cada vez más a una ficción muy propia de nuestro tiempo: se prolonga, se anuncia, se desmiente, se negocia y se bloquea sin que nadie termine de saber si describe una paz o apenas una pausa administrada. En la diplomacia contemporánea, hasta la tregua cotiza como producto derivado.
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El estrecho de Ormuz añade la dimensión material de ese mismo poder. Una guerra regional puede alterar en horas la energía, los seguros marítimos, la inflación y la estabilidad de medio mundo. La guerra ya no es solo guerra. Es logística, precio, ansiedad y disciplina. Europa vuelve a descubrir, demasiado tarde, que su soberanía depende todavía de rutas, recursos y decisiones ajenas.
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Y lo que empezó como desacuerdo sobre Irán empieza a parecer una doctrina de obediencia. Washington no se limita a exigir apoyo; administra premio y castigo. La retirada de tropas de Alemania y las amenazas a España e Italia sugieren que la alianza atlántica empieza a concebirse menos como comunidad estratégica que como cadena de alineamiento.
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Pero la verdadera novedad no está en los misiles. Está en el software. Durante demasiado tiempo discutimos la guerra en términos del siglo XX: secreto, propaganda, fuerza y miedo. Todo eso sigue ahí. Lo nuevo es otra cosa: la velocidad, la integración de datos, la compresión del juicio, la conversión del conflicto en un problema de proveedor. El episodio entre Anthropic, el Pentágono y OpenAI resulta revelador por la lógica que deja al descubierto. Cuando una compañía intenta mantener ciertos límites éticos, el Estado la trata como un obstáculo operativo. Cuando otra ofrece una disponibilidad más cómoda, el sistema se reordena a toda velocidad. La lección es brutal: en la nueva economía de la guerra, la ética corre el riesgo de convertirse en una desventaja competitiva.
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El manifiesto de Palantir no intenta siquiera disimularlo. Da por hecha la llegada de las armas de IA y desplaza el debate desde su legitimidad hacia su control. La cuestión ya no sería si deben existir, sino quién las construirá y para qué.
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La ética no desaparece; se la relega, como a ese departamento molesto al final del pasillo. Palantir convierte esa filosofía en procedimiento. Nació en la intersección entre inteligencia, defensa y vigilancia. Ya no vive solo ahí. Su presencia en el NHS británico demuestra hasta qué punto la misma lógica que se legitima en nombre de la seguridad reaparece después, con traje administrativo, en la gestión civil. En Reino Unido, el contrato del NHS con Palantir ha desatado una contestación política creciente. En España, la empresa ya había entrado en Defensa. Primero en nombre de la seguridad. Luego en nombre de la eficiencia. Más tarde, cuando ya forma parte del paisaje, nadie recuerda del todo cuándo se produjo el desplazamiento.
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La vieja figura del contratista externo empieza incluso a quedarse corta. En junio del año pasado, el Ejército estadounidense lanzó Detachment 201, un «Executive Innovation Corps» en el que fueron incorporados formalmente como tenientes coroneles de la reserva ejecutivos de Meta, Palantir y OpenAI. La frontera entre proveedor y aparato estatal deja así de ser nítida.
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Israel pertenece a esta historia no como apéndice, sino como laboratorio extremo de la misma lógica. Guerra permanente, excepcionalidad jurídica, superioridad tecnológica, integración masiva de datos, legitimación moral de medidas extraordinarias: todo lo que luego se presenta en la esfera civil como modernización aparece antes, con menos pudor, en el terreno militar. Netanyahu no encarna solo la dureza. Encierra algo más inquietante: la conversión de la excepción en método, de la alerta en atmósfera y de la guerra en forma de continuidad política. No hay ahí una estrategia de cierre, sino una política de perpetuación.
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Por eso el problema de fondo no son simplemente Musk, Thiel, Vance, Yarvin, Karp, Netanyahu o Trump como personajes. El problema es el patrón que componen. Una nueva aristocracia del código, el capital y la ambición de poner el mundo en fila que empieza a verse a sí misma no como actor económico, sino como clase dirigente. Una élite que ya no quiere solo influir en la política, sino rebajarla a una tarea de management; que no quiere solo contratos, sino posiciones de mando; que no quiere solo acceso al poder, sino un lugar desde el que mandar parezca lo normal.
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La vieja cleptocracia robaba. Esta nueva aristocracia, además, organiza. No se presenta como ama del mundo. Se presenta como su gestora. Y ahí empieza el verdadero peligro.
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