La política según Pedro Sánchez
La insólita situación creada por los ministros de Sumar, antes de que finalmente se iniciara la reunión del Gobierno el viernes, admite diversas interpretaciones. Los protagonistas del plante quedaron a la postre satisfechos con la demostración de fuerza que hicieron y el logro obtenido. Algunos entienden que detrás de un suceso tan excepcional está la necesidad de la izquierda radical de enviar un mensaje de autoafirmación a sus electores tras los pésimos resultados en Castilla y León. Otros estiman que respondió más bien a los movimientos de Podemos y Rufián en relación con las próximas elecciones generales. Pedro Sánchez, en su comparecencia posterior al Consejo de ministros, ante la insistencia de los periodistas en conocer los detalles del incidente, quitó importancia al asunto y, dándole la vuelta, lo puso como ejemplo de la política de negociación y acuerdo que practica su Gobierno, en el interior de la coalición y con los grupos parlamentarios y las organizaciones de interés, que es acorde, dijo, con la cultura democrática que marca la pauta en Europa.
[–>[–>[–>La opinión pública, sin embargo, tiende a ver en hechos como este un síntoma de la ineficiencia, un interés partidista y, en suma, el mal funcionamiento de las democracias. Los miembros del Gobierno, si había discrepancias entre ellos, algo normal y previsible en una coalición, debieron haber llevado a la reunión una propuesta previamente acordada para evitar la mala imagen provocada por la exhibición pública de sus diferencias. Los gobiernos en minoría son presa fácil para la presión ejercida por los grupos pequeños, cuyo apoyo en el parlamento es imprescindible. Su comportamiento, como bien ha demostrado Junts, suele oscilar entre el chantaje y el veto en interés propio, no de los ciudadanos. Pero el episodio del viernes no tiene antecedentes que se recuerden en la política española. Produce la impresión de que el gobierno no solo es minoritario, sino que internamente está poco cohesionado, aunque no amenace quiebra.
[–> [–>[–>Para Pedro Sánchez, lo ocurrido en Moncloa es una escenificación de la política del siglo XXI. Y algo de razón lleva. Moisés Naím la definió como la de las tres «pes»: polarización, populismo y posverdad. En una medida variable, son tres componentes del estilo político del presidente del Gobierno y cabe decir que de todos los grandes partidos y líderes del presente. Pedro Sánchez es, junto con Aznar, el dirigente que más ha contribuido deliberadamente a polarizar la sociedad española desde la Transición. Su política comunicativa roza con frecuencia creciente la posverdad, urgido por su precaria situación. Y en su discurso proliferan los mensajes populistas.
[–>[–>[–>
En la exposición de las medidas aprobadas por su Gobierno, puso énfasis en la excepcional gravedad de la coyuntura generada por la guerra del Oriente Medio para justificar la prioridad del paquete anticrisis y la decisión de posponer la tramitación, pendiente desde octubre, de los presupuestos de este año. No obstante, volvió a asegurar que el Ejecutivo presentará el proyecto, sin concretar fecha y advirtiendo que con los prorrogados se han alcanzado los mejores datos de las economías avanzadas. Como hace siempre que explica los decretos sociales, no desaprovechó la ocasión para erigirse en el líder que protege a los españoles frente a la adversidad, lo que denota una concepción de la política social y de la relación del gobierno con los ciudadanos de clara impronta populista.
[–>[–>[–>Pedro Sánchez pretende levantar su legitimidad política con el certificado de un buen balance económico. Lo importante, viene a exclamar, es que la economía marcha bien y gracias a ello el Gobierno cuenta con recursos suficientes, que destina a dar protección a los ciudadanos cuando sufren calamidades como la pandemia o la inflación causada por las guerras. Si el gobierno se pone del lado correcto de la historia, todo lo demás es secundario. Pedro Sánchez apela a la democracia, dice actuar en su nombre y ser el último bastión en su defensa, pero su aprecio a las reglas y formas democráticas es bastante ambiguo. Procura eludir los controles; la presidenta del Congreso, sometida a la disciplina del grupo socialista que él dirige, tiene empantanado el trámite de decenas de iniciativas legislativas en prórrogas indefinidas del plazo de enmiendas; la legislatura podría concluir sin que se hubiera aprobado un solo presupuesto, una anomalía que se califica por sí misma, y el debate sobre el estado de la nación ya no se celebra. Son algunas de las consecuencias de mantener un gobierno que no tiene suficiente apoyo parlamentario. Pedro Sánchez tendría que explicar por qué sigue en estas condiciones, qué beneficio cree que aporta a la democracia.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí