La Riviera de la vergüenza
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Primero arrasaron sus casas. Luego, sus hospitales y escuelas. Después, sus propias vidas. Ahora, quieren borrar hasta su memoria. Gaza es un cementerio al aire libre. Un paisaje de escombros donde alguna vez hubo calles, plazas, mercados, infancia. Más de dos millones de palestinos sobreviven entre ruinas, sin agua, sin luz, sin un futuro claro. Y en medio de esta devastación, una idea grotesca: transformar este horror en un destino turístico de lujo. No es solo una aberración urbanística. Es el entierro definitivo de Palestina, convertido en espectáculo para el mundo.
Es la consolidación de un proyecto expansionista que, si nadie lo frena, no se detendrá en Gaza. ¿Qué viene después? ¿Cisjordania? ¿La eliminación definitiva de Palestina del mapa? La solución de dos Estados, antaño la única salida viable, es ahora poco más que una fantasía.
La historia nos ha enseñado que cuando los imperios toman territorio y desplazan poblaciones, nunca se detienen tras la primera victoria. Y eso es exactamente lo que estamos viendo.
El «Mar-a-Gaza» de Trump ignora la realidad más brutal: desde octubre de 2023, más de 45.000 personas han muerto en Gaza tras el ataque terrorista de Hamás contra Israel, en el que murieron más de 1.200 civiles. A aquella masacre le siguió una devastación aún mayor: barrios enteros reducidos a cenizas, hospitales arrasados, familias aniquiladas. No políticos, no líderes de Hamás: ciudadanos de a pie. Gaza se ha convertido en una tumba al aire libre. El propio Banco Mundial estima que retirar los escombros de Gaza podría tardar más de 10 años. Y eso sin contar la reconstrucción. ¿Qué pretende hacer Trump? ¿Cubrir las ruinas con resorts de lujo? ¿Construir campos de golf sobre las fosas comunes? La propuesta no es solo inmoral. Es un crimen. Es la legalización del desplazamiento forzoso y la limpieza étnica, prohibidos por la Convención de Ginebra, y por el sentido común.
Si el mundo acepta el despojo de Gaza, el siguiente paso es evidente: Cisjordania. Desde hace años, Israel ha impulsado asentamientos ilegales en el West Bank, convirtiendo el territorio palestino en un archipiélago de ciudades desconectadas, sin soberanía real. Si Gaza es tomada y los palestinos expulsados, ¿qué impedirá que el mismo destino caiga sobre Ramala, Hebrón o Belén?
Trump no habla de esto, pero Netanyahu sí lo ha dejado claro. Su gobierno ha dicho que la única solución es la anexión total de Cisjordania. Y si eso ocurre, el «Estado de Palestina» dejará de existir incluso como idea teórica. El «Plan Riviera» no es solo un proyecto delirante, es el entierro definitivo de la solución de dos Estados.
Pero más allá de la geopolítica, hay una pregunta clave: ¿qué pasa con los millones de palestinos que han vivido bajo el yugo terrorista de Hamás y bajo las guerras constantes con Israel? ¿Qué son para Trump y el mundo? ¿Un problema logístico? ¿Nómadas sin patria, refugiados sin tierra, condenados a malvivir en campos en Jordania, Líbano o Egipto?
El mensaje que se les está enviando es devastador: su existencia no importa, sus derechos no importan, su historia no importa. Si alguien con suficiente poder decide que su tierra debe convertirse en un casino, deben marcharse sin más. Esto no es un debate de seguridad nacional. Es la normalización de la limpieza étnica en pleno siglo XXI.
CEOcracia: la tecnocracia de los multimillonarios que nos gobiernan
Detrás de este delirio inmobiliario yace una ideología más profunda: la creencia de que el mundo debe ser gestionado como una corporación. Esta perspectiva no es exclusiva de Trump; forma parte de una corriente de pensamiento promovida por multimillonarios como Mark Zuckerberg, Peter Thiel, Marc Andreessen y, especialmente, Elon Musk. Curiosamente, el abuelo materno de Musk, Joshua Haldeman, fue un destacado miembro del movimiento Tecnocracia en Canadá durante la década de 1930. Este movimiento abogaba por que científicos e ingenieros reemplazaran a políticos y empresarios en la gestión de la economía, priorizando la eficiencia técnica sobre los procesos democráticos tradicionales.
Según esta visión, el mundo es un tablero sin estados diferenciados donde los CEO dictan las reglas y la política se convierte en un obstáculo para la «eficiencia». Para estos ideólogos del capitalismo extremo, América –y por extensión, el mundo– no necesita un presidente, sino un director ejecutivo.
Es cierto que la gestión económica es fundamental en cualquier nación, pero gobernar implica mucho más que cuadrar balances. Un país requiere valores, leyes, justicia, líderes comprometidos, derechos humanos, protección de minorías y contrapesos al poder. Un CEO se enfoca en la cuenta de resultados, no en la gente. Y ahí radica el peligro: Trump y Netanyahu no ven en Gaza y Palestina una tierra con historia y habitantes, sino un negocio inmobiliario.
Trump justifica esta idea maquiavélica con su clásica excusa: «la seguridad nacional». Según él, Estados Unidos necesita Groenlandia y el Canal de Panamá por seguridad. Y bajo esa lógica, ¿qué le impide reclamar otras partes del mundo? Este es el viejo imperialismo de manual, el mismo que Putin usó para justificar la invasión de Ucrania. Cuando los imperios creen que pueden expandirse sin consecuencias, no se detienen.
«He who saves his Country does not violate any Law.»
(Donald Trump, inspirándose en Napoleón, 15 de febrero de 2025)
Y lo más inquietante de todo es el silencio ensordecedor de los líderes mundiales, incluyendo a los vecinos árabes. La pregunta es: ¿no toman en serio a Trump o lo toman demasiado en serio y tienen miedo?
En cualquier otro momento de la historia, una propuesta como esta habría provocado una condena global inmediata. Pero hoy, Europa, el mundo árabe y el resto de la comunidad internacional prefieren mirar hacia otro lado antes que desafiar al nuevo presidente de EEUU. Porque Trump no es solo un populista con delirios de grandeza. Es un autócrata con poder real. Su visión del mundo no es democrática, sino mercantilista. No cree en la soberanía de los países, sino en su capacidad de compra. Según él mismo ha publicado, él está por encima de la ley.
Si la comunidad internacional no le planta cara ahora, mañana podría ser Groenlandia. O Canadá. O el Canal de Panamá.
O tu propia casa.
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