La seducción solo es negativa cuando no se tiene empatía y se basa en la manipulación
Myriam Marcos Fernández (Luanco, 1978) es psicóloga, sexóloga y terapeuta de pareja. Estudió Psicología en la Universidad de Oviedo y amplió su formación con dos másteres, uno cursado en la Universidad Nebrija y otro en Sexología en el Instituto de Ciencias Sexológicas, vinculado a la Universidad de Alcalá de Henares. Actualmente trabaja como sexóloga en un gabinete. Inaugura el XXII Curso de Verano de Sexología de Avilés con una ponencia dedicada a la seducción bajo la moral sexual occidental.
[–>[–>[–>Inaugura el curso de verano de sexología de Avilés con una ponencia sobre la seducción bajo la moral sexual occidental. ¿Qué quiere poner sobre la mesa?
[–> [–>[–>Dentro del campo de la sexología, que es extensísimo, el tema del deseo y de sus encrucijadas es uno de mis favoritos. Este año volvemos a tirar del hilo de los deseos, pero relacionándolo con un tema muy controvertido como es la seducción. Me gusta que la gente opine, generar debate y, sobre todo, plantearnos preguntas. Queremos analizar si la seducción tiene realmente una connotación negativa, cuál es su significado y qué relación mantiene con la moral, la ética, el orden sexual, las atracciones, las voluntades y los vínculos. La cuestión es si esas connotaciones negativas pueden resignificarse para hablar de seducciones más afables y menos cuestionables.
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Distingue entre seducciones «afables» y «cuestionables». ¿Qué marca la diferencia?
[–>[–>[–>La seducción arrastra históricamente una connotación negativa. Desde el cristianismo quedó asociada al mal, a la bruja, a Satán o al desafío al orden sexual divino, y esa visión pasó después a otras corrientes, incluido al psicoanálisis. Desde esa perspectiva, seducir es persuadir o engañar mediante artimañas para conseguir una relación erótica o enamorar a alguien. Incluso empleamos expresiones bélicas como «conquistar», «bajar las defensas» o «rendirse». El problema aparece cuando no se tiene en cuenta la empatía, el bienestar ni la voluntad de la otra persona. Esa seducción se basa en la manipulación: uno conoce el plan y el otro no.
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Hay quien sostiene que ahora da más miedo dar el primer paso por temor a ser malinterpretado. ¿Comparte ese diagnóstico?
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[–>Cuando dos personas interactúan siempre existen dos interpretaciones y dos subjetividades. No hay un papel estático en la seducción. Una persona puede partir de una expectativa y comprobar, después de acercarse y hablar con la otra, que esa expectativa cambia. También puede existir una atracción previa que después desaparezca. Todo depende del contexto, del estado de ánimo y de cómo se encuentre cada persona. Debemos intentar no autocensurarnos, pero también disponer de herramientas para interactuar sin miedo a que invadan nuestros límites ni a ser nosotros quienes invadamos los de la otra persona.
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Las aplicaciones de citas han cambiado la forma de conocernos. ¿Han facilitado encontrar pareja o han convertido las relaciones en algo más superficial?
[–>[–>[–>Depende. Yo pertenezco a otra generación y reconozco que estoy bastante obsoleta en este asunto, pero es cierto que las aplicaciones pueden crear nuevos espacios de seducción y modelos de comunicación que antes no existían. La pantalla puede ayudar a atreverse a iniciar una conversación, siempre que se conozca el funcionamiento de la aplicación y se tenga claro qué expectativa o qué tipo de vínculo se busca. A veces el deseo se centra en el propio juego, en conseguir una cita y vivir la experiencia. Las aplicaciones pueden facilitar ese encuentro, aunque establecer un vínculo profundo quizá sea más difícil que mediante un contacto cercano.
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Cada vez se habla más de una «nueva moral sexual». ¿Vivimos una época de mayor libertad o de más normas y más miedo a equivocarnos?
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Toda sociedad y toda cultura tienen un orden sexual. El sistema patriarcal occidental se sostiene sobre una moral que sitúa la norma del lado de lo bueno, lo lícito, lo apropiado e incluso lo legal. Ese orden pretende controlar las libertades, las relaciones entre los sexos, los comportamientos eróticos, los deseos y también las seducciones. La moral intenta controlar el deseo y se mete continuamente en las camas de las personas. La manera de vivir la libertad depende siempre del momento social y del contexto, y la moral evoluciona con la sociedad, aunque continúan existiendo sectores conservadores que tratan de recuperar modelos de represión.
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Los jóvenes tienen hoy acceso a más información sobre sexualidad que cualquier generación anterior. ¿Eso significa que se relacionan mejor?
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No. El problema no es la falta de información, sino la ausencia de una buena educación sexual. Necesitamos una educación sexual de calidad que comience desde la etapa infantil, porque la sexualidad existe desde el nacimiento, evoluciona y forma parte de la biografía de cada persona. La sociedad muchas veces cree que la educación sexual aparece únicamente en la adolescencia, desde la urgencia y la prevención. Es evidente que existen asuntos urgentes y que es necesario prevenir, pero la educación en valores, el respeto, la autoestima y la forma de relacionarnos se construyen desde que somos muy pequeños.
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Con frecuencia, la educación sexual se centra en los riesgos y en la prevención. ¿Se dejan de lado el deseo y la seducción?
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Sí. Desde la infancia habría que trabajar los valores que permiten desarrollar empatía hacia las demás personas y aprender a relacionarse buscando también el bienestar del otro. Es necesario abordar el deseo, los afectos y la seducción, pero siempre desde una perspectiva ética. También hay que cuestionar los estereotipos de género, analizar las normas que seguimos sin preguntarnos por qué y abordar problemas como el machismo desde el principio. Internet proporciona una enorme cantidad de información, pero no sustituye una educación sexual sólida ni los espacios de opinión, reflexión y debate.
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Si tuviera que señalar un error que cometemos como sociedad al entender las relaciones afectivas y sexuales, ¿cuál sería?
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La sexualidad siempre será algo complejo y, como sostiene Judith Butler, el desconocimiento es inseparable de ella. El problema es que todavía tenemos el machismo muy arraigado y estamos asistiendo al crecimiento de movimientos de extrema derecha que se acercan al dogmatismo fanático, especialmente en las redes sociales, con fenómenos como el de los «incels». Frente a esa idea de enfrentamiento, prefiero recordar una frase de Efigenio Amezúa: «Esperemos que nunca cunda el pesimismo ante la posibilidad de entendernos». Me quedo con esa voluntad de entendimiento y no con la idea de que exista una guerra.
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