La separación de poderes
La novela —si se puede llamar así— En busca del tiempo perdido está llena de realidad, de alusiones a la vida contemporánea. Aunque no se puede calificar de autoficcion, en La fugitiva el autor habla con el lector, quién le pregunta si él es el protagonista. Hay mucho de Marcel Proust en la novela, dicen los expertos. La vida está ahí. Y aparece el affaire Dreyfus. En Sodoma y Gomorra nos aburre con la descripción de la fiesta que dan los Guermantes por el 14 de julio; el protagonista no sabe si está invitado, y buena parte del texto discurre describiendo sus disquisiciones mentales sobre cómo ser presentado al anfitrión. Entonces aparece fugazmente Swann, quizá el personaje al que trata con más tacto, cariño y admiración. Está acabado, física y socialmente. Ve cómo un Guermantes lo lleva del brazo, quizá hacia la puerta para echarlo. Swann se había unido al bando de los dreyfistas, una transgresión en el mundo de los Guermantes, conservador, nacionalista, defensor del orden, católico. Comenta uno de ellos que lo habían admitido a pesar de su escaso pedigree, que se le consideraba tan francés como a cualquier otro a pesar de ser judío. Pero la raza, como una pasión inferior contenida, salió a relucir. Más adelante el protagonista logra hablar con Swann, ansioso por saber qué le había dicho Guermantes. Le cuenta que el duque estaba cambiando de opinión: se había enterado de las falsedades con las que habían acusado al capitán Dreyfus y que además el tribunal no había admitido las pruebas favorables a la defensa. Ocultamente se había suscrito a los periódicos dreyfistas… Mientras, orondo, seguro de sí, paseaba otro Guermantes al que Proust dedica muchas páginas: el barón Charlus, depredador sexual, árbitro de la elegancia, el dictador que decidía quién pertenecía y quién no. Dicen que representa a Robert de Montesquieu, pariente lejano del inspirador de la separación de poderes. Precisamente lo que no había ocurrido en el affaire Dreyfus. Así lo dijo Zola en «J’accuse»: el mayor sesgo judicial imaginable.
[–>[–>[–>La separación de poderes y sus controles y contrapesos me hizo pensar en el dualismo tan enraizado en nuestra cultura. Quizá haya que ir a los presocráticos para encontrar el germen de la noción de que todo está compuesto de partes en permanente lucha. Pero es Platón quien mejor lo expresa con el mito del carro conducido por un auriga que trata de controlar a los corceles: uno noble, blanco, dócil —virtud, honor—; el otro oscuro, indócil, lujurioso —los bajos apetitos—. La imagen lo dice todo: lo blanco es lo bueno, lo negro lo malo, el oscuro Caín y el rubio Abel. El auriga es la razón. Y como hay un alma inmaterial encerrada en la tumba del cuerpo, vivir bien consiste en separarse del cuerpo, ser el alma otra vez libre. Así que cuerpo y alma no son simplemente distintos: son adversarios. Es nuestra herencia. La certifica Descartes, que trató de representar esas dos sustancias articuladas en la glándula pineal —porque Descartes era sobre todo un científico y necesitaba pruebas empíricas, aunque fueran elucubraciones.
[–> [–>[–>Mientras en Occidente vivimos de manera casi natural este dualismo, en Oriente concibieron otra explicación: que somos múltiples. Allí predomina el principio de que las fuerzas que nos habitan buscan el encuentro, la armonía y en eso debe consistir vivir. No debe haber un ganador; el triunfo ocurre cuando se integran. La meditación es la disciplina que ayuda a ese fin.
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Es raro que alguien esté absolutamente satisfecho con su cuerpo, no al extremo de sentir que habita uno equivocado, pero deplora esta o aquella parte, como si el cuerpo fuera algo sobrevenido, esa carga que lleva el auriga. Pero también el auriga sufre: esa mente donde se manifiesta el yo no siempre responde a las expectativas, nos decepciona, no nos identificamos con ella. La combatimos. Nos disgustan ciertas inclinaciones, gustos, tendencias, apetitos. Algunos pertenecen a ese animal que es el cuerpo, pero otros son de la mente. Me decía un amigo que se odiaba porque no lograba disfrutar de la ópera. Otros se decepcionan porque no consiguen apreciar cierto tipo de arte: soy negado para ello…
[–>[–>[–>La permanente invasión de un poder sobre otro en nuestro sistema constitucional refleja la tensión que vivimos en nosotros mismos, la que describe Platón y que la psicología y la neurociencia modernas tratan de disolver. En los seres vivos, y nosotros somos uno más, no hay separación de poderes real. Innegable es la especialización de órganos y sistemas, pero todos son interdependientes: las funciones son específicas, el objetivo compartido es la supervivencia. La mente, anclada en el sistema nervioso central, no es la rectora; su papel, en este aspecto, es armonizar al resto para que cada parte se alinee hacia ese fin. Hoy sabemos, con pruebas cada vez más sólidas, que ese yo al mando es muchas veces un bufón: cree haber tomado una decisión que, milisegundos antes, ya había adoptado lo que podríamos llamar el yo oculto.
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Todo esto me hace pensar que quizá la dificultad de la separación de poderes no sea solo un defecto político, un fallo de los mecanismos de control. Nosotros llegamos a esta configuración multiorgánica tras millones de años y muchos ensayos y errores. En la construcción del organismo superior complejo que es la sociedad llevamos solo unos cientos de años.
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