La sociedad disociada
Inmaculada González-Carbajal es la presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
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La disociación es una forma de estar en el mundo en la que la persona actúa desconectada de sus propias emociones, escindiendo la conciencia de sus actos. Es un fenómeno cada vez más común en nuestra sociedad, y se manifiesta en la incoherencia entre lo que se dice y lo que se hace, entre la imagen que se proyecta hacia los demás y lo que realmente se piensa, se siente o se experimenta en lo más íntimo.
[–>[–>[–>La disociación no es solo un fenómeno clínico, sino también una forma de vivir socialmente aceptada –e incluso fomentada– en muchos aspectos de la sociedad contemporánea. Esta desconexión se ve reforzada por múltiples dinámicas: el culto a la imagen, la obsesión por la productividad, el consumismo, la falta de educación emocional o la positividad tóxica. Cada uno de estos factores merecería un análisis propio, pero en este caso me centraré en algunos rasgos que permiten reconocer la disociación.
[–> [–>[–>Una persona disociada no siempre es fácil de identificar, ya que este patrón de comportamiento está tan normalizado en nuestro entorno que suele pasar desapercibido. Sin embargo, hay ciertos rasgos que permiten reconocerlo. A menudo se trata de personas con un discurso fluido, pero vacío: sus palabras carecen de profundidad, de compromiso, y no nacen del corazón ni de una vivencia auténtica, sino de consignas aprendidas, relatos prefabricados o clichés que no conmueven ni transforman.
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Pueden defender valores como la igualdad o la justicia, pero sus actos y su forma de vida contradicen lo que proclaman. Este tipo de incoherencia es especialmente visible en ciertos ámbitos, como el político, donde no solo es habitual, sino que algunos se han convertido en auténticos expertos en el arte de hablar sin decir nada, de evadir respuestas o de ocultar lo esencial tras discursos confusos y engolados, con los que tratan de desviar la atención de quienes escuchan.
[–>[–>[–>Aunque en apariencia puedan parecer personas seguras, suelen mostrar signos de un nerviosismo latente, de una inquietud que les impide sostener la atención o entregarse a una escucha genuina. La disociación limita su capacidad de empatía: desconectan con facilidad de lo que el otro está expresando, les cuesta sostener los silencios y evitan mirar directamente a los ojos de su interlocutor.
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En el ámbito político, la disociación es especialmente frecuente. Muchos responsables públicos —más allá de ideologías o fronteras— han aprendido a hablar sin sentir lo que dicen y a manipular las emociones ajenas mientras permanecen desconectados de las propias. Manejan una retórica aparentemente sólida, construida con los argumentos que suponen que la ciudadanía desea oír: justicia, igualdad, compromiso, progreso, bien común… Pero ninguna de estas palabras está enraizada en su interior.
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[–>Han desarrollado habilidades comunicativas al servicio de su ego, no del bien colectivo. Están desconectados de las preocupaciones reales de la ciudadanía, y su discurso se adapta al contexto con una habilidad camaleónica. Pueden mostrarse firmes, indignados o tiernos, según convenga, pero todo está calculado. Sin embargo, su lenguaje corporal los delata porque revela, de forma sutil, la falta de coherencia entre lo que dicen y lo que realmente sienten. Esa incoherencia es expresión de una desconexión interna, necesaria –en muchos casos– para sostener su ambición de poder.
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Sus intereses personales quedan ocultos tras la defensa de valores universales y causas colectivas. Hablan sin compromiso y cambian de postura sin ningún tipo de conflicto interno, porque sus palabras responden más a la conveniencia del momento que a una convicción real. Lo que hoy proclaman con vehemencia, mañana lo niegan sin dificultad, simplemente porque sus prioridades han cambiado. Son capaces de interpretar el papel que más les conviene en cada situación, sin implicación emocional alguna. Hablan de los más vulnerables desde una distancia segura, protegidos por un estado de desconexión que los aísla del dolor ajeno, porque en realidad, no sienten lo que dicen.
[–>[–>[–>Con frecuencia, su discurso se construye con mantras y relatos prefabricados que camuflan los problemas. Así logran desviar la atención de la ciudadanía hacia asuntos secundarios o emocionales que despiertan adhesión o rechazo. Tras esa maraña de palabras se ocultan intereses propios, disfrazados de preocupación colectiva. Y lo más inquietante es que llegan a mentir no solo para manipular a los demás, sino porque llega un momento en el que ya no distinguen la mentira de la verdad. Habitan un universo disociado y terminan construyendo identidades paralelas: la pública, cuidadosamente elaborada para sostener un discurso y la oculta, capaz de actuar exactamente en sentido contrario a aquello que defienden. Poco a poco, esa fractura interior se agranda hasta que la sombra termina devorando a la persona y destruyéndola desde dentro.
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Son personas esclavas de su imagen y de su ego, con serias dificultades para asumir el fracaso, de modo que reinterpretan lo que sucede, no para comprenderlo y aprender, sino para ocultar lo que realmente sienten y, sobre todo, para eludir cualquier responsabilidad personal.
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La disociación es una puerta que nos conduce hacia los rincones más oscuros del inconsciente, donde habitan las partes más dolorosas de nuestra historia personal y, desde ese territorio sombrío, ejercen su influencia y condicionan nuestras decisiones y actos. Si no prestamos atención a nuestras emociones, es muy probable que se filtren en nuestra vida de una forma u otra y, sin que seamos plenamente conscientes, acaben dirigiéndola. Entonces, se manifiestan en reacciones desproporcionadas o respuestas inadecuadas que pueden generar auténticos desastres, especialmente cuando quien actúa desde esa desconexión ostenta una responsabilidad pública de la que dependen, en última instancia, las condiciones de vida de otras personas.
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