la tierra que busca su voz antes de que anochezca
“El primer sabor que recuerdo es el sabor de la tierra”. Antes del ron y la miel, antes de la sal y el son. Lo dice Reinaldo Arenas, el imprescindible cubano que vivió, escribió y fue todas las edades de Cuba, que sintió en sus carnes y en su boca las texturas más amargas de la que llaman simplemente “la isla”, como si no hubiera ninguna más. Arenas recuerda su primera cuna: un hueco que su abuela abrió en la tierra húmeda para enseñarle a ponerse de pie, y su barriga hinchada de lombrices, metáfora del hambre. La tierra fue juego antes de ser tumba: origen y final.
[–>[–>[–>Y es que la isla a la que sucesivas dictaduras y conatos de aperturismo turístico quisieron dar un aire de grandeza o exotismo acabó convertida en un pedazo de tierra disputado en despachos a kilómetros de distancia, en una guerra mucho más fría que la incomprensible revolución caribeña. El bloqueo hizo de las rocas del malecón una fortaleza desde la que sentarse a adivinar una tierra libre al otro lado del foso del mar. Acaso sea la isla “hija de las aguas marinas”, como bajo la mirada intimista de Nancy Morejón en Piedra pulida: El tiempo la erosiona, pero persiste: a veces herida, a veces transformada para hacerse más fuerte.
[–> [–>[–>Por eso, cuando Donald Trump dijo que sería “un gran honor tomar Cuba”, reactivó la vieja costumbre de mirar la isla como un objeto capturable, liberable o administrable desde fuera. Frente a esa mirada extranjera, este recorrido propone cinco obras para atravesarla: la autobiografía de Arenas como génesis; la memoria negra anterior a la épica castrista de Morejón; el cubano oral de Cabrera Infante en Tres tristes tigres; la asfixia estadounidense que el régimen ha convertido en coartada, por Noam Chomsky; y La isla oculta, de Abraham Jiménez Enoa, espejo de vidas rotas y de una generación que, como las anteriores, busca una cura más allá de la huida.
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Un hombre cuelga la bandera cubana en su balcón tras la muerte del líder de la revolución Fidel Castro, el 27 de noviembre de 2016, en La Habana. / Ernesto Mastrascusa / EFE
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Adolescencia de una promesa
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Arenas tenía catorce años cuando quiso alzarse. La dictadura de Batista había empobrecido todavía más a los suyos y el muchacho imaginaba unirse a los rebeldes para “perder la vida o ganarla”. Era el caldo de cultivo perfecto y a muchos chicos como a él, la revolución les dio becas de estudio, en internados con comida caliente y ropa limpia (uniforme). Les llamaban “la vanguardia de la Revolución” por algo: les formaban pero no querían intelectuales, sino soldados. Así, la Revolución castrista comenzó con “gran entusiasmo, gran estruendo y un nuevo terror”, recuerda, anticipando cómo pronto girarán las tornas para él y muchos más.
[–>[–>[–>En Sobre Cuba, Chomsky —hoy caído en desgracia por su presencia en los emails del pederasta millonario Epstein— y su coautor Vijay Prashad insisten en justificar la fuerza de la promesa revolucionaria. El desafío de la pequeña isla a la hegemonía capitalista enfureció a la Casa Blanca, decididos a reducirla, según los autores, a una “colonia virtual”: territorio de plantaciones, casinos, mafias y turistas con licencias morales impensables en EEUU. Pero la introducción celebratoria del actual presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, sigue leyendo el régimen desde una épica de resistencia que ya no alcanza para tapar el daño infligido a la población civil.
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La asfixia de EEUU sobre Cuba es real. Y el régimen sigue asfixiando a muchos cubanos, atrapados y amordazados. Conciliar ambas ideas resulta todavía incomprensible en un mundo polarizado, de nuevo desorden con ecos de guerra fría. La Revolución fue joven, irreflexiva, efervescente. La Habana, en cambio, es vieja: ha vivido demasiado y le pesa. Entre ambas se abre una tensión que el país nunca resuelve del todo: quiso ser visionario, pero perdió el norte nadando contra las olas.
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[–>La isla no se mira, se escucha
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La primera vez que Arenas llega a La Habana, le sedujo poder perderse en el jaleo y sentir el espejismo del anonimato, como sucedáneo de libertad. Cabrera Infante consigue capturar esa esencia “en cubano”, un dialecto con envergadura de idioma, y es que Tres tristes tigres no quiere explicar Cuba sino mostrarla, devolverle su latido, dejarla ser.
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La isla ha sido mirada demasiadas veces como se mira un cuerpo disponible, deseable cuando está ebrio, descartable cuando el pecado ha sido consumado. Cabrera Infante no esquiva el cliché: en Tropicana hay “hielo del trópico bajo los arcos de cristal”, un frío reservado a ricos o foráneos, acaso sea lo mismo. La isla sabe que se vende como imagen de sí misma, y en esa conciencia empiezan a girar las tornas.
[–>[–>[–>La noche da paso a la mañana “con todo el mundo yendo al trabajo, trabajando, caminando, cogiendo las guaguas, llenando las calles”. Los cuerpos cansados de doblar turnos se apelotonan en las guaguas. Una cantante puede cantar “por el puro placer de cantar” y ser también sirvienta cuando sale el sol, y dice, “cuando me muera se murió el carnaval y se murió la música y se murió la alegría y e polque se murió la vida”. La alegría no es decoración tropical, es una forma desesperada de vida.
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A favor de la vida
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Lamenta Arenas que buena parte de su juventud “se perdió entre cortes de caña, guardias inútiles, discursos interminables y en la búsqueda de un pantalón pitusa o un par de zapatos”. Y aun así, “se las arreglaron, no para conspirar contra el régimen, pero sí para hacerlo a favor de la vida”. Disfrutar era romper con la disciplina oficial, “una especie de rebeldía erótica” que existía en los márgenes, “a despecho del ruido de las perseguidoras de la policía”, constata.
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Pero cuando es capturado, el margen se estrecha. “De repente, todo lo positivo desapareció de mi expediente y yo sólo era un contrarrevolucionario homosexual que había publicado libros en el extranjero”. La Revolución, que había prometido la libertad, no supo qué hacer con un cuerpo que deseaba de otra manera. Mandar a los intelectuales a cortar caña al mediodía y dormir en barracones “como los esclavos” fue la antesala de una prisión de la que Arenas tardaría mucho en salir.
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Dos personas observan el mar en una zona del Malecón, en La Habana / Ernesto Mastrascusa / EFE
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Una isla sin mar
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A veces pasaban semanas sin permiso para salir al exterior. Desde la azotea de la cárcel, La Habana, donde tanto había sufrido parecía ahora un paraíso. Pero ni fuera de esos muros nadie era libre: tampoco de tirarse al agua, reservada a trabajadores sindicados y turistas. “¿Cómo vivir en una isla sin tener acceso al mar?”, se pregunta Arenas. Morejón la había llamado “la azul bahía letal”; él fantasea con “lo bello que sería disfrutar de aquel paisaje si uno no fuera un perseguido”.
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Abraham Jiménez Enoa prolonga esa pregunta en la Cuba actual, donde “la Habana no es para todos los cubanos”. El hambre empujó la migración hacia la capital y el Gobierno hizo obligatorio un permiso laboral o especial para entrar en la urbe. “¿Tú sabes lo que es ser un ilegal en tu propio país?”, interpela un hombre en La isla oculta. El Estado, que durante años impidió a los cubanos entrar en hoteles y puntos de interés turístico, en lo que Jiménez Enoa tacha de “blindaje autoritario digno de preescolar”, continúa administrando accesos, incluso a la salud pública, otrora estandarte de la revolución.
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“Tenemos que madrugar para no morirnos, esto en este país era impensado”, le cuentan a Jiménez Enoa en las filas infinitas de las farmacias. También los pecados, como la prostitución, que la Revolución prometió enterrar junto al viejo país de casinos y gánsteres, reaparece como salida de emergencia ante la crisis: “si yo no llevaba esas cosas pa la casa, nos moríamos de hambre”, recuerda un joven sobre el silencio de su madre cuando se enteró a qué se dedicaba en vez de ir a la escuela. La Revolución convertida en administración de la escasez; el país, en una prisión del movimiento y del pensamiento.
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La escoria y el grito
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Cuando la isla era ya una olla a presión, el Gobierno abrió una brecha para deshacerse de quienes le sobraban. En la pared del cuarto de Arenas colgaron carteles: “QUE SE VAYAN LOS HOMOSEXUALES, QUE SE VAYA LA ESCORIA”. Un eslogan del que Donald Trump parece haber tomado la palabra para volver a expulsar a los que de nuevo incomodan.
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Así, el régimen permitió la salida de unas 135.000 personas entre abril y octubre de 1980, en lo que se conocería como el éxodo del Mariel. Mezcló a intelectuales y homosexuales, como Arenas, con asesinos y violadores convictos para enturbiar el relato. Pero a todos los unía la aspiración de “vivir en un mundo libre y trabajar y recuperar su humanidad perdida”, escribe Arenas. Fueron unos 135.000 personas a los que se llamó “los marielitos”
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Pero el exilio no es paraíso. “Comprendí que la guerra comenzaba de nuevo”, escribe Arenas. La censura fue reemplazada por desprecio, la caricatura de lo cubano y la carrera contra el olvido. “Si Cuba es el infierno, Miami es el purgatorio”, sentencia. Después siguió buscando hogar en Nueva York, donde entendió el poco espacio que deja la dicotomía del poder. Tanto el capitalismo como el comunismo “te dan una patada en el culo”, sostiene; pero en el comunismo hay que aplaudir, y en el capitalismo todavía se puede gritar. “Yo vine aquí a gritar”, escribe. Y se reafirma: “Grito, luego existo”.
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Antes de que anochezca
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Arenas comienza estas memorias, Antes que anochezca, porque es solo a la luz del día, si bien clandestina, cuando atina a escribir en un parque en el que se esconde de la policía política, por no poder volver a casa. Sus manuscritos son robados, destruidos, proscritos, y vuelve a empezar una y otra vez. En Cuba, Arenas escribía bajo amenaza. En Nueva York, bajo el apremio de la enfermedad que destruye su cuerpo estigmatizado por un SIDA rampante, para el que nadie brinda cura.
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En la última página, una nota de suicidio que acelera su final anunciado: “Mi mensaje no es un mensaje de derrota, sino de lucha y esperanza”, deja escrito. En su grito, acusa a la dictadura que lo persiguió, al exilio que lo incomodó, a la izquierda que prefirió no verlo, al imperio que miró la isla como posesión.
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Cuba es la tierra donde empieza el cuerpo, y la voz, desde la que intenta levantarse. Entender la isla no consiste en tomarla, explicarla o convertirla en símbolo. Consiste, primero, en escucharla antes de que anochezca.
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Javier Bardem como Reinaldo Arenas
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La adaptación cinematográfica de Antes que anochezca (2001) fue también la primera interpretación de calado internacional de Javier Bardem, que le valió la primera nominación a un Oscar. Bardem viajó a Nueva York para pasar mes y medio con Lázaro Gómez Carriles, la pareja de Arenas, para escucharle y absorber, durante dos horas al día, cómo caminaba y hablaba el autor, con tal de darle vida desde los recuerdos del hombre al que amó.
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Dirigida y producida por Julian Schnabel, que fue pintor antes que cineasta, esta fue solo su segunda película y la que terminó de situarlo en el mapa. Tardó cuatro años en producirla, pero el resultado tiene un preciosismo de autor, si bien con un elenco que ya despuntaba en los albores del cambio de siglo: Sean Penn como fogonazo, y Johnny Depp con un doble papel, con la estridencia de Bon Bon y como el teniente Víctor: dos máscaras opuestas, una ligada al deseo y otra al poder.
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Aunque la historia transcurre sobre todo en Cuba, el rodaje se trasladó a México, con Veracruz haciendo de La Habana. Tuvo que sacrificar el realismo puro, a cambio de cocinar a fuego lento una apuesta creativa arriesgada en la isla. El tono definitivo lo da el filtro de color chocolate usado en buena parte del filme, que espesa e intensifica la atmósfera y añade algo de opresivo a la belleza.
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La política no entra como tesis, sino por el encuadre, por la falta de aire, por ese sol que no consuela. El film es un retrato de la búsqueda de la libertad y el precio de escribir cuando escribir ya es desobedecer.
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