La trampa de la edad
Era diciembre de 2013, unos días antes de Navidad. Había aterrizado en el Aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York con un entusiasmo que camuflaba mi nerviosismo. No era inquietud, tampoco inseguridad, lo que sentía. James Salter, escritor al que había descubierto unos meses atrás y cuya prosa me había conquistado con la suave intensidad de la luz de un atardecer imprevisto, había accedido a recibirme en su casa de Bridgehampton, un pueblo a unas dos horas de Manhattan.
[–>[–>[–>No tenía su número de teléfono, únicamente su dirección y su confirmación, en un conciso correo electrónico, de que nos veríamos a las once de la mañana. A esa hora, tras haber pasado la noche en un hotel cuya única huésped era yo, llamé a su puerta y ahí estaba él, esperándome. Me recibió sorprendido.
[–> [–>[–>Mi supuesta juventud –yo tenía entonces treinta años, los había cumplido en mayo, pero aparentaba menos edad, como ahora– le desconcertó, y también el esfuerzo que había dedicado a hacer esa entrevista, mi interés en verle un par de horas en un viaje relámpago de cuatro días. «¿Te has cruzado el océano sólo para hablar conmigo?».
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Años después me acordé de la parte de humildad que esa pregunta tenía cuando Gloria Steinem me pidió disculpas por no saber español, «todos los estadounidenses deberíamos hablarlo y ser bilingües», me dijo durante una conversación motivada por la publicación de sus memorias en España, en octubre de 2016.
[–>[–>[–>Con el tiempo, y la incorporación al vocabulario cotidiano de ese término tan antipático, su continente y su contenido, edadismo, «discriminación por razón de edad, especialmente de las personas mayores o ancianas», comprendí que aquella reacción de Salter tenía algo de eso, estaba fundamentada en la creencia, fruto de la educación, de que la edad, y a veces el sexo, determina nuestra valía, la condiciona, para bien y para mal.
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Llevo casi veinte años ejerciendo el periodismo y no han sido pocos los entrevistados –especifico, porque nunca han sido ellas– que a lo largo de esas dos décadas me han trasladado un «qué joven eres, ¿no?» destinado a minar mi confianza, aunque no fuera eso lo que pretendían. Ser mujer y supuestamente joven condiciona cómo te ven, cómo te tratan, cómo te consideran, hasta cómo te pagan.
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[–>Pero también ser mujer, u hombre, y supuestamente mayor, circunstancia que te lastra hasta el extremo de ser expulsado de un mundo laboral en el que a partir de los cincuenta ya no sirves para nada, eso te hacen creer, desprecian tu experiencia, tu capacidad de ser ejemplo, guía, referente, incluso, pues todo eso es una trayectoria profesional, debe serlo, especialmente a partir de la cincuentena, mientras contrata, por sueldos míseros, a jóvenes a los que les sobra preparación.
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En la extraordinaria película «Nomadland», de Chloé Zhao, Linda May se interpreta a sí misma: nacida en EE UU en 1956, empezó a trabajar a los 12 años y sigue encadenando un trabajo precario tras otro porque su pensión es de 550 euros. Es una obra de ficción y está ambientada en un país que acaba de perder el estatus de democracia liberal por la deriva autoritaria del presidente al que eligieron por segunda vez en noviembre de 2024, pero refleja una realidad que cada vez nos es menos ajena, y no sólo porque el barril de Brent supere los 100 dólares.
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