La tristeza de Lola Herrera por la actitud de su marido cuando encontró las cartas de Chicho Ibáñez Serrador: «Las rompió»
A sus 90 años, Lola Herrera Sigue recordando con intacta claridad y pasión a las personas que marcaron su vida y su carrera. La actriz repasa algunas de esas historias en su conversación con Jordi Évole en Lo de Évoleun encuentro pausado que nos permite repasar tanto su trayectoria como episodios personales que han quedado grabados en su memoria.
Durante la entrevista, la actriz recuerda con especial cariño algunos de los grandes nombres que conoció en el escenario. uno de ellos es Fernando Fernán Gómeza quien evoca con una mezcla de admiración y cariño. «Sentía pasión por él», confiesa. «Y todavía lo tengo en mi memoria».
Lola describe con entusiasmo las peculiares tertulias que el actor organizaba en su casa. Allí, dice, solía proponer un tema aparentemente trivial -desde por qué los árboles crecen directamente hasta cualquier otra idea- y animaba a todos a dar su opinión. Poco a poco la conversación se fue complicando, cada invitado añadía su punto de vista y la historia iba creciendo y embelleciéndose… hasta que, cuando parecía que todos habían llegado a una conclusión, Fernán Gómez lo desmontó todo con un simple «pues no». Ese tipo de juego intelectual improvisado, recuerda, era «el más divertido del mundo». Para ella no había ninguna duda: «el era un hombre sabio«.
A lo largo de su carrera también conoció a artistas como Tina Gascó o Pepe Bódalo, dos nombres fundamentales en la escena española desde hace décadas. Y guarda un recuerdo muy especial de Marisa Paredesa quien conoció cuando era muy joven. «Era la niña, porque tenía 16 años cuando entró en la empresa. Era una manzana. Era preciosa, como siempre lo ha sido. Me ha molestado mucho que se haya ido», admite emocionada. Destaca también en ella un rasgo muy particular: «Fue inesperado», dice entre risas. Una cualidad que, según explica, la hacía sorprendente y llena de encanto.
Chicho está tonteando que Lola paró
Otra de las figuras que marcaron su juventud fue Chicho Ibáñez Serrador. La actriz lo conoció en Valladolid, cuando aún vivía allí y empezaba a dar sus primeros pasos en el teatro. Según recuerda, dirigía la compañía de teatro de su madre, Pepita Serrador, y necesitaban una actriz para una obra del autor vallisoletano, Luis Maté.
«Él fue realmente parte del impulso para que yo fuera a Madrid», dice. Chicho, dice, ya era entonces un personaje fascinante: un hombre inquieto, que había viajado por medio mundo e incluso había pasado algún tiempo tocando el piano en bares de Francia. «Él ya había hecho muchas cosas en su vida. Dirigía, era un actor maravilloso. Y, por supuesto, me contaba historias preciosas, sobre el mundo, sobre la vida, sobre el teatro…» La joven Lola escuchaba todo esto con absoluta fascinación. «Yo era una esponja», recuerda. Además tenían la misma edad -«los dos teníamos cáncer y el mismo año»- y pasaban mucho tiempo hablando.
En uno de esos momentos finales de la gira ocurrió una escena que la actriz aún recuerda con cierta mezcla de humor y sorpresa. Se despedía de la compañía porque regresaba a casa con sus padres, quienes la esperaban cerca del teatro. Entonces Chicho se acercó a ella de una manera que la desconcertó. «Lo paré muy bien. Sí, tenía miedo»cuenta. Ella cree que él iba a intentar besarla, aunque admite que también puede haber sido su imaginación. En cualquier caso, salió de la situación con una solución diplomática: «Le besé en un lado y en el otro», recuerda entre risas.
Los celos de Daniel Dicenta
Después de ese encuentro, sus caminos se separaron. Chicho continuó con la gira teatral, que lo llevó primero a Marruecos y luego a Buenos Aires, y comenzaron a intercambiar cartas. Pero no eran cartas convencionales. «Empecé a recibir cartas de Chicho, cartas que eran guiones maravillosos», recuerda la actriz. Más que declaraciones románticas, fueron historias llenas de imaginación.historias sorprendentes que le enviaba desde cada lugar donde estaba.
En uno de sus viajes incluso le envió zapatillas y fotografíasotra de sus grandes pasiones. Pero con el paso del tiempo esas cartas dejaron de llegar y pasaron diez años sin que volvieran a verse.
Cuando finalmente se reencontraron, lo hicieron en el teatro Infanta Isabel. Para entonces sus vidas habían cambiado mucho. Se había casado y tenía dos hijos, aunque ya estaba separada. Él también había hecho su vida.
Las cartas, sin embargo, ya no existían.. Herrera los guardó cuidadosamente en una caja donde guardaba sus recuerdos más personales. Un día, Daniel Dicenta los encontré. «Pero aquellas cartas que yo había planchado, cuando las leía el que era mi marido… Leyó las cartas y las rompió para mí. él los rompió«, todavía recuerda con pesar.
Lo dice con humor, pero también con cierta convicción: «Ese dia debí separarme«Esas cartas, explica, eran especiales. «Me gustaría muchísimo poder leerlas ahora, en mi vejez. Porque eran cosas muy hermosas.»
Aun así, la memoria de Chicho permanece intacta. Con el tiempo mantuvieron una profunda amistad, basada sobre todo en largas conversaciones. «Hablamos con Chicho», resume. Y lo dice con una sonrisa que lo explica todo: «Chicho fue mucho. Mucho, mucho. Mucho Chicho«.
*Vuelve a ver Lo de Évole: Lola Herrera parte 1 y parte 2 en atresplayer.com
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