La venganza del mapa
Durante años, Occidente habló como hablan las civilizaciones cuando se creen demasiado sofisticadas para obedecer a la realidad. Nos dijimos que la geografía había quedado atrás, domesticada por los mercados, por la tecnología, por la ficción reconfortante de una globalización sin fricción. Los mapas seguían ahí, claro, colgados en las paredes de los ministerios, impresos en los atlas escolares o convertidos en fondo decorativo de los informativos. Pero en el fondo habíamos decidido que ya no mandaban. Mandaban las cadenas de suministro, los algoritmos, los tratados, las finanzas, el turismo de masas y esa superstición contemporánea según la cual todo problema humano puede resolverse con suficiente conectividad, una cumbre internacional y un par de gráficos de colores.
[–>[–>[–>Entonces bastó un estrecho.
[–> [–>[–>Bastó que el nombre de Ormuz dejara de sonar a exotismo geopolítico para volver a significar lo que siempre había significado: petróleo, vulnerabilidad, dependencia y poder. Bastó que unos barcos fueran retenidos, que el crudo se encareciera y que el nerviosismo se instalara en mercados, gobiernos y cancillerías para que regresara una verdad que creíamos amortizada: la historia no circula por la nube. La historia sigue viajando por mar.
[–>[–>[–>
Y con ella viajan también nuestras hipocresías.
[–>[–>[–>De pronto, el mismo Occidente que lleva décadas pontificando sobre valores universales, legalidad internacional y un orden basado en reglas descubre que sus principios tienen un precio por barril. La defensa de Ucrania resiste, sí, pero resiste mejor cuando el petróleo no aprieta. Las sanciones son muy nobles hasta que escasea la energía. La integridad territorial parece sagrada hasta que un aliado decide rebautizar una ocupación como “zona de seguridad”. La paz, por su parte, también ha sido degradada: ya no nombra reconciliación, derecho o estabilidad, sino escenografía, protocolo y coartada.
[–>[–>[–>
De esa fantasía también nace una forma de liderazgo: la que promete soberanía mientras administra dependencia. Donald Trump no inventó esa degradación, pero la encarna con claridad brutal. Su gran talento político no ha consistido en desmontar la globalización, como repiten sus partidarios, sino en gestionarla con modales de matón inmobiliario. Habla de soberanía mientras exhibe dependencia. Predica el repliegue nacional mientras incendia rutas globales. Denuncia el mundo interconectado al tiempo que lo utiliza como un tablero de chantaje, arancel, sanción y espectáculo. No es el enemigo de la globalización. Es su heredero bárbaro.
[–>[–>
[–>Lo verdaderamente revelador, sin embargo, no es su incoherencia, sino la nuestra. Trump puede decir “America First” mientras el precio del crudo decide el humor de medio planeta porque seguimos atrapados en una ficción cómoda: la de creer que la voluntad política basta para emanciparse de la realidad material. No basta. Nunca bastó. Las potencias podrán envolverse en banderas, doctrinas de seguridad nacional o discursos sobre autonomía estratégica, pero siguen dependiendo de los mismos estrechos, de las mismas rutas marítimas, de los mismos corredores energéticos y de la misma materia tozuda que ya movía imperios cuando todavía no habíamos inventado la palabra algoritmo.
[–>[–>[–>
En Asturias eso debería entenderse mejor que en otros lugares. No por superioridad moral alguna, sino por memoria material. Aquí sabemos, o deberíamos saber, que la historia no la escriben solo las ideas, sino también el carbón, el acero, los puertos, los barcos y la energía. Sabemos que el mundo no se sostiene sobre eslóganes. Se sostiene sobre infraestructuras. Y quizá por eso irrita especialmente escuchar a tantas élites europeas hablar como si la realidad fuese una molestia antigua que puede subcontratarse a una consultora, a una cumbre o a una hoja de cálculo.
[–>[–>[–>También nosotros colaboramos en esa ficción. Nos acostumbramos a vivir como si la energía brotara de la pared, como si la fruta no tuviera estación, como si los paquetes cruzaran continentes por cortesía de la naturaleza y no gracias a una red frágil de puertos, combustibles, rutas y servidumbres. Convertimos la geografía en una molestia invisible porque durante un tiempo pudimos pagar para no verla.
[–>[–>[–>
Por eso esta crisis no habla solo de Irán. Habla del final de una ilusión. Durante demasiado tiempo, Occidente se comportó como si el comercio hubiera domesticado la fuerza y como si la interdependencia fuese una forma sofisticada de paz. No era paz. Era una tregua administrada por la abundancia. Mientras la energía llegaba, los puertos funcionaban y los precios no se disparaban, podíamos fingir que la historia había madurado. Pero la historia no madura. Espera.
[–>[–>[–>
Y cuando vuelve, vuelve con disfraces muy conocidos: territorios discutidos, sanciones selectivas, anexiones con otro nombre y ocupaciones justificadas como necesidad defensiva. El sur del Líbano ya no es solo una franja fronteriza, sino un recordatorio de que la seguridad es, con demasiada frecuencia, el nombre respetable de la expansión. Ucrania, por su parte, deja de ser una causa moral pura en cuanto el mercado energético empieza a dictar excepciones, prórrogas y matices.
[–>[–>[–>
Lo inquietante es que no regresa solo la geografía. Regresa también la jerarquía. Cuando la energía escasea, cuando las rutas se bloquean y cuando el coste de la inestabilidad se cuela en la vida diaria, las grandes palabras empiezan a encoger. La legalidad internacional se vuelve negociable. La solidaridad se administra. Los principios se invocan de día y se archivan de noche si la factura aprieta. Toda civilización revela su verdad en aquello que está dispuesta a sacrificar cuando regresa la realidad.
[–>[–>[–>
Ahí reside la obscenidad de esta época. No en que los líderes mientan –eso sería casi una tradición antropológica–, sino en que las sociedades han perdido el hábito de seguir la cadena de las consecuencias. Se habla de guerra como si fuese una noticia lejana; luego llega la inflación como si fuera una lluvia de temporada. Se habla de sanciones como si fueran una ceremonia moral; luego aparecen las excepciones como si fueran tecnicismos inevitables. Se habla de paz como si todavía significara reconciliación, derecho o estabilidad; luego descubrimos que también ella ha quedado reducida a decorado, liturgia y propaganda. Incluso la impostura se ha vuelto perezosa.
[–>[–>[–>
Tal vez ese sea el verdadero argumento de nuestro tiempo. No que vivamos una crisis aislada, ni siquiera una acumulación de conflictos, sino el derrumbe del relato que nos contábamos sobre nosotros mismos. Creíamos haber dejado atrás la geopolítica de los estrechos, de los puertos y de los suministros. Creíamos que la civilización contemporánea flotaba sobre una abstracción llamada gobernanza global. Creíamos, en suma, que el mapa era un residuo del pasado. Y resulta que no. Resulta que el mapa era el suelo. Lo demás eran decorados.
[–>[–>[–>
Trump, con su mezcla de narcisismo, ignorancia estratégica y hambre de espectáculo, no ha hecho más que ponerle un rostro grotesco a esa revelación. No es una anomalía exterior al sistema. Es el producto perfecto de una cultura política que confunde fuerza con puesta en escena, paz con propaganda y soberanía con eslogan. Por eso fascina a unos y exaspera a otros: porque exagera hasta la caricatura las mismas contradicciones que el resto prefería administrar con mejores modales.
[–>[–>[–>
Creíamos que el mapa era un resto del pasado. Era el suelo.
[–>[–>[–>
Suscríbete para seguir leyendo
Puedes consultar la fuente de este artículo aquí