La zarzuela «Maharajá» vuelve a hacer el indio en el Campoamor y rinde al público nueve años después de su estreno
Decir que en lo poco que ha envejecido «Maharajá» nueve años después de su estreno en el teatro Campoamor es que en estos tiempos post covid poca sidra se escancia ya en «un vaso para todos», como canta el personaje de Orlando en el chigre en el número «Bebida compañera», viene a dar la razón a la zarzuela de Guillermo Martínez y Maxi Rodríguez en lo más profundo de su mensaje. Detrás del humor rápido y eficacísimo que vertebra la sátira había también entonces –sigue habiendo– un espejo mordaz en el que se refleja una región deslocalizada, prejubilada y en crisis de identidad. Nueve años después del estreno de «Maharajá» ya no nos queda ni el vasu.
[–>[–>[–>La buena noticia, al menos para los espectadores que ayer llenaron el teatro en el título que cierra la temporada de Teatro Lírico Español de la Fundación Municipal de Cultura de Oviedo y para los que acudirán mañana a la última función, a las 19.00 horas, es que la obra sigue manteniendo en plena forma el músculo de humor «made in Asturies» de Maxi Rodríguez y la arrebatadora propuesta musical de Guillermo Martínez, ahora recrecida en mil y un detalles.
[–> [–>[–>La complicación de todas las intertextualidades melódicas que se despliegan, lo intrincado de los matices y la eficacia arrebatadora de algunas romanzas, arias, dúos, se multiplicaron ayer en la batuta de Julia Cruz, volcada en la partitura, atenta a cada detalle en la escena y emocionada y disfrutona desde el foso con una OFIL en plena forma.
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Con un elenco que prácticamente repite el que protagonizó el histórico estreno de 2017 –el nacimiento extraordinario de un nuevo título de Zarzuela que animó por imitación a la renovación del repertorio lírico nacional–, merece la pena mencionar una de las novedades de esta versión de 2026, la «mezzo» Serena Pérez en el papel de Ana María la de Annapurna. La cantante gijonesa estuvo sembrada, y no solo en el aspecto vocal. Redondeó con comicidad natural, ágil y cercana, su rol, en un tándem muy acertado con otro de los más aplaudidos en la noche de ayer, Francisco Sánchez como «Orlando». El madrileño lo hizo todo y lo hizo muy bien, acreditando una asturianía adquirida con nota.
[–>[–>[–>En las voces principales, no hubo novedad, lo que es una buena noticia. Beatriz Díaz sigue siendo Beatriz Díaz y David Menéndez, David Menéndez. En sus papeles de Vane la de Vallobín y Mishka el hijo del magnate indio, recrearon de nuevo con solvencia ese lío de identidades y globalidades y ofrecieron, cuando la partitura lo exige, aupados por el refuerzo coral de una extraordinaria «Capilla Polifónica Ciudad de Oviedo», lo mejor de sus voces. Voces soberbias que el público también ovacionó, en un largo aplauso de más de cinco minutos para todo el reparto y el equipo técnico.
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Juan Noval-Moro tampoco falló y volvió a confeccionar un sólido, aguerrido y algo noqueado líder sindicalista, en una jornada, por cierto, en la que las manifestaciones recreadas sobre las tablas del Campoamor a punto estuvieron de coincidir con las que cortaban el centro de Oviedo en las protestas de sanitarios, personal de escuelinas y mineros de Narcea.
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[–>Mención especial se merecen el resto del reparto, con Roca Suárez, Fernando Marrot y Carlos Mesa, desternillantes y apoderándose de la escena. Quedan para el final el matrimonio de ancianos, los padres de la Vane, que compusieron encima de las tablas del Campoamor Martina Bueno y Antón Caamaño con una gracia tan grande y tanta verdad como la que representaba la toalla de Hunosa colgada en uno de los tendales del Vallobín de las primeras escenas. Puede que al final Asturias no se salve luchando, pero ayer, al menos, la música y el humor le dieron una tregua, así que pasen otros nueve años y que se vuelva al vasu.
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