Las mujeres podemos ser lo que queramos, que no nos pare nada
El oficio ferroviario es uno de precisión mecánica, fuerza física y vigilancia constante sobre la presión del vapor. O, al menos, así era en los viejos tiempos. Requería el control de la temperatura en el hogar (la caja de fuego) y la sincronización entre quien conducía, el maquinista, y quien alimentaba el fuego, el fogonero para mover toneladas de hierro sobre los raíles. Aunque históricamente las cabinas de las locomotoras fueron un territorio reservado a los hombres, existen mujeres para quienes el mundo ferroviario constituye una auténtica pasión. Esa vocación fue la gran protagonista en la Jornada del Vapor organizada por el Museo del Ferrocarril de Asturias en Gijón con motivo del 8M, ya que la institución rindió homenaje a la mujer ferroviaria poniendo en marcha una locomotora de vapor de 1952 manejada íntegramente por un equipo femenino para proporcionar la experiencia de circular en uno de estos trenes a los cientos de personas que se acercaron hasta el complejo gijonés en horario de mañana y tarde.
[–>[–>[–>Al frente de esta operativa estuvieron Beatriz Vilarnovo, maquinista oficial del museo, y Bárbara García, encargada de las labores de fogonera. Juntas, fueron las responsables de dar vida a la vieja máquina alemana de marca Henschel perteneciente a la Sociedad Anónima Felgueroso (SAF), que antaño prestó servicio en la mina de La Camocha- para dejar patente que el patrimonio industrial asturiano también se escribe en femenino.
[–> [–>[–>[–>[–>[–>Vilarnovo es maquinista profesional y su historia es puramente vocacional, aunque sin precedente familiar. Mientras los pasajeros suben al coche —que no vagón, como se suele designar de forma incorrecta—, la gijonesa del alto Pumarín relata desde la cabina que creció viendo pasar los trenes hacia el puerto de El Musel. Pese a que en su casa le advertían de que «aquello no le daría de comer» y de que era un mundo de hombres, la chica rompió moldes. Hoy, además de conducir trenes modernos por toda Asturias, dedica su tiempo libre como voluntaria en el museo. «Las mujeres podemos ser lo que queramos ser; que no nos pare nada», lanza como consigna de vida y por el Día de la Mujer, con la seguridad de quien domina con destreza una máquina de varias toneladas de acero.
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A su lado, Bárbara García desempeñó el durísimo oficio de fogonera. Su labor no es baladí, ya que es la responsable de alimentar el hogar con carbón y vigilar los niveles de agua para que la locomotora no se convierta, literalmente, en una olla a presión. La mujer llegó a este mundo por raíces familiares del sector tanto de Villablino como de Ponferrada, sendas cunas de ferroviarios, pero también por una inquietud académica. Graduada en Historia del Arte, se especializó en Patrimonio Industrial, y ese interés derivó en un trasvase de los libros a la pala. Aunque actualmente trabaja de cara al público en una tienda, su verdadera satisfacción reside en mantener vivo el equilibrio entre el fuego y el vapor, una tarea que exige seguir protocolos estrictos para no «ahogar» la máquina. En su opinión, «hay que luchar todos los días del año por unos valores», que son a los que se da especial altavoz en el 8M.
[–>[–>[–>Una jornada con recorridos especiales
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La jornada no solo permitió ver a estas dos profesionales en acción, sino que incluyó visitas guiadas especiales en el complejo museístico para dar a conocer la historia industrial y minera de la región que se desarrollaron por la mañana y por la tarde de este domingo. Cada recorrido tuvo una duración de 45 minutos en los que los visitantes experimentaron un viaje en tren desde la antigua Estación del Norte de Gijón (lo que es hoy el edificio del Museo del Ferrocarril) hasta el andén Natahoyo, instalación dentro del museo que atesora auténticas joyas de la automoción ferroviaria asturiana.
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Algunas de ellas, como la Nalón, que prestó servicio hasta finales del siglo XX en las Minas de Figaredo y que figura en un catálogo británico como la quintaesencia de la locomoción a vapor. Cada uno de estos viajes lo disfrutaron unas 50 personas, en los que abundaron las familias y los niños, que disfrutaron de dos viajes, el de ida y el de vuelta, en un vagón de tercera clase, hecho íntegramente de madera y que vivieron una experiencia decimonónica.
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