Las redes sociales acabarán vendiendo nuestra memoria
La Digitalizadora de la Memoria Colectiva, un proyecto nacido en Sevilla a finales de 2019, acaba de ser premiada este sábado en la Muestra de Cine Social y Derechos Humanos de Asturias (MUSOC). Óscar Clemente (Sevilla, 1974), miembro de esta estructura horizontal de voluntarios, recogió en Gijón, en el teatro de La Laboral, la estatuilla del II premio «Silencios Rotos», que reconoce la trayectoria de colectivos y personas que desarrollan buenas prácticas relacionadas con la recuperación de la memoria democrática en nuestro país. «Estamos fiando la preservación a plataformas privadas (las redes sociales) que sospecho que acabarán vendiéndonos nuestra propia memoria», teme Clemente.
[–>[–>[–>¿Qué supone este reconocimiento para un proyecto ciudadano como este?
[–> [–>[–>Es un reconocimiento importante por el origen del que viene, un festival promovido por personas con una larga trayectoria de lucha social. Nosotros nacimos de la conciencia de que, a partir de los años 70, con la aparición del cine doméstico y luego el vídeo, la ciudadanía accede por primera vez a registrar su entorno. Que se reconozca este trabajo es muy bonito, y además es una ocasión para intentar sembrar una semilla aquí, un nodo local que colabore y que ayude a la salvaguarda de la memoria social audiovisual asturiana.
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¿Por qué es tan relevante recuperar esas grabaciones caseras frente a los archivos oficiales?
[–>[–>[–>Porque pone luz sobre acontecimientos que para la historia oficial pasan desapercibidos. Trabajamos fundamentalmente con material desde los 70 hasta el año 2000, una etapa muy activa de movimientos sociales con asociaciones vecinales, ecologismo, movimiento LGTBI… El valor que nosotros le damos es único. Lo que tienen los formatos de vídeo doméstico y de cine es que popularizan la posibilidad de contar la historia a tu manera. Imagínate si tuviéramos acceso a documentación generada por la propia ciudadanía en otras etapas de la historia.
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¿Existe una fecha de caducidad real para la conservación de estos recuerdos registrados en celuloide?
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[–>Sí, hay una urgencia técnica. Los soportes fílmicos (cine) duran algo más, aunque sufren el síndrome del vinagre y se deterioran. Pero el gran problema son los soportes magnéticos (cintas de vídeo y audio), a los que se les calculan unos 20 o 25 años de vida hasta que se desmagneticen y las imágenes desaparezcan para siempre. Son cajitas de memoria que necesitan tecnología para volver a la vida.
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No se trata solo de digitalizar la imagen, sino de documentar qué ocurre en ella. ¿Cómo lo hacen?
[–>[–>[–>Ese es el compromiso y los colectivos participan activamente en la descripción, que es sumamente importante. En una filmoteca oficial puedes encontrar una ficha que diga «mujer sentada con sombrero». Aquí no. Aquí quien te entrega la grabación en Súper 8 conoce la historia al dedillo de lo que ahí se cuenta. Aprovechamos que aún hay testimonios en primera persona para dotar de contexto a esas imágenes. Aunque por desgracia se corre el peligro de que cada vez sean menos.
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De todo el material rescatado, ¿qué hallazgos le han impactado más?
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Hay cosas increíbles. Recuperamos una experiencia de renovación pedagógica en la Cuenca Minera de Riotinto (Huelva) durante el franquismo, o el Congreso feminista de Granada de 1978. De este último no había imágenes conocidas previamente y la colección que hemos recatado estaba en casa de una mujer que no sabía muy bien qué hacer con ella. Las cintas estaban en el rollo, sin carcasas y metidas en bolsas de basura. Estaban algo dañadas, pero logramos restaurar el 95 por ciento del material. De repente, el archivo se convierte en un espacio donde mirar cosas que no están en otro lado; incluso directores de cine como el de «Te estoy amando locamente» han usado nuestro archivo digitalizado para documentarse y diseñar el vestuario de manera fiel a la época.
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Hoy grabamos todo con el móvil. ¿Estamos generando mejor memoria para el futuro?
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Es un debate muy interesante. Ahora estamos fiando la preservación a plataformas privadas que tengo la sospecha de que parte de su modelo de negocio va a ser vendernos nuestra memoria en unos años. La gente sube cosas a YouTube o Instagram pensando que les pertenecen y que estarán ahí siempre, pero al aceptar los términos, a menudo cedes los derechos sin nada a cambio.
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¿Diría que su labor reescribe la historia de España?
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Digamos que aportamos una capa fundamental para una perspectiva plural. Nuestra labor no niega la historia oficial, la complementa y la enriquece.
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