Lecciones europeas de la guerra en Irán
La guerra en Irán permite extraer varias lecciones políticas y militares que deberían servir a la Unión Europea (UE), a sus estados miembros y a los países europeos de la OTAN para adaptar su política exterior y de defensa a un perfil más realista, acorde con sus capacidades reales económicas, políticas y militares, el rechazo mayoritario de los votantes al belicismo y las dudas sobre la firmeza del compromiso norteamericano con la defensa de Europa. Esta reorientación europea debería primar la diplomacia y la coexistencia pacífica, ciñéndose en lo militar a la defensa del territorio de la UE y la OTAN, lejos del funesto aventurismo de las últimas décadas y de la ambición de proyectar poder militar europeo en la región del Indo-Pacífico, planteada por diferentes líderes europeos.
[–>[–>[–>Primero, los miembros europeos de la OTAN deben comenzar a actuar en política exterior y defensa como si ya no contaran con el respaldo militar automático de Estados Unidos que garantiza el Tratado del Atlántico Norte en caso de ataque. Las últimas diatribas del presidente norteamericano, Donald Trump, esta semana contra la OTAN y los aliados europeos han sembrado públicamente la duda de que Washington sigua dispuesto a defender de forma automática a sus aliados en caso de ataque.
[–> [–>[–>El jefe del Estado Mayor francés, el general Fabien Mandon, reconoció el 9 de abril ante la Comisión de Defensa de la Asamblea Nacional, que «ya no se puede tener el mismo nivel de confianza sobre el compromiso de Estados Unidos con la seguridad europea». El presidente checo, Petr Pavel, también señaló que los comentarios de Trump han dañado gravemente la credibilidad de la OTAN al poner en duda su disposición a actuar unida y de forma contundente en caso de ataque.
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Cambios de régimen
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Segundo, la guerra en Irán muestra de nuevo que no se puede cambiar un régimen político a base de bombardeos y que lograrlo militarmente resulta muy problemático. Los cambios de régimen a través de una intervención militar requieren la actuación de milicias locales (Libia en 2011 y Afganistán en 2001), de tropas occidentales sobre el terreno (Afganistán en 2001-2021, Irak en 2003-2025) o de la colaboración de destacados miembros del régimen (Venezuela 2025-2026).
[–>[–>[–>El cambio de régimen en Afganistán, tras veinte años de intervención militar occidental resultó inútil. Los talibanes recuperaron el poder en 2021 en medio de una retirada catastrófica de la OTAN y reinstauraron su totalitarismo islámico, lo que implica que los 3.590 soldados de la coalición caídos en Afganistán murieron en vano.
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En otros casos, la intervención militar occidental dejó un país caótico con sucesivas guerras civiles (Libia, Irak), desestabilizó toda la región a su alrededor y dio un nuevo impulso al yihadismo de Al-Qaeda y Estado Islámico en Europa, Oriente Medio y África.
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[–>Tercero, Irán demuestra que las sanciones económicas tampoco sirven para modificar los regímenes políticos. Las durísimas sanciones aplicadas a Irán durante décadas han reforzado el poder represivo del régimen, no han perjudicado a la elite gobernante sino solo a la población y han bloqueado la posibilidad de cambio interno.
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El ejemplo de Corea del Norte
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Corea del Norte es el ejemplo extremo del fracaso de las sanciones económicas occidentales, que no han evitado que se dote del arma nuclear y expanda su arsenal de misiles balísticos. El régimen cubano lleva también 67 años resistiendo a las draconianas sanciones norteamericanas, que han arruinado el país y empobrecido a su población.
[–>[–>[–>La forma más eficiente de influir en la política interna de otro país es mediante estímulos económicos y diplomáticos positivos. Pero sin caer en cheques en blanco, como los que los gobiernos europeos dan al régimen islamista de Damasco, presidido por el antiguo dirigente de Al Qaeda Ahmed Al-Sharaa, mientras prosiguen los ataques a las minorías, los últimos a los cristianos de Kfarbo, Mhardeh y Suqaylabiyah en marzo.
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Y cuarto, la guerra en Irán ha vuelto a subrayar la facilidad con que unos drones de muy bajo coste y fácil producción pueden causar un daño enorme en las instalaciones e infraestructuras civiles y militares. Por ello, es muy urgente que los países europeos se doten de sistemas efectivos de defensa antidrones, en especial en sus flancos meridional y oriental. La amenaza más inmediata podría proceder de los terroristas islamistas, que ya los utilizan con éxito en Malí y Níger, como mostró el ataque combinado al aeropuerto de Niamey el pasado 29 de enero revindicado por Estado Islámico.
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