Libreras y libreros, caminantes del aire
Las librerías son frágiles negocios que venden imaginación y reflexión encuadernadas, es decir, suministran las más peligrosas mercancías que existen. Peligrosas para quienes pretenden nuestro máximo control a través del autoritarismo, del engaño y de la seducción.
[–>[–>[–>Y, aunque en ellas se proporcione un concentrado de pensamiento en forma de libro, son, no hay que olvidarlo, establecimientos comerciales con unas características muy concretas, ligadas, por supuesto, a la razón y a la libertad de expresión; pero también son un comercio que se mantiene con sus ventas. Podemos afirmar que este oficio consiste en saber equilibrar los cuentos con las cuentas. Las librerías son puntos de luz en las ciudades. Iluminan las penumbras. Son faros indicadores de esperanza. Por eso, de acuerdo con El Roto en una de sus viñetas, «cada vez que cierra una librería anochece un poco».
[–> [–>[–>En momentos de crisis, por las causas que sean, estas tiendas de luz son las primeras en quedar tocadas, cuando no hundidas. En épocas de predominio déspota, se resalta su peligrosidad y pueden correr el riesgo de ser perseguidas y apagadas. Hace ahora solo 50 años, el 25 de mayo de 1976, aparecía en un diario nacional esta estremecedora noticia: «Más de doscientos establecimientos dedicados a la venta de libros han sido objeto de atentado en nuestro país en los últimos años».
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En democracia, tampoco dejan de sufrir persecución por quienes no soportan –aunque ellos pueden permitirse decir lo que quieran– los vuelos de la imaginación ni la libertad de pensamiento que libreras y libreros ofrecen a precios asequibles. Venden libros, y los libros representan la libertad. Sus páginas son alas que nos permiten volar.
[–>[–>[–>Y más todavía: son comercios que ofician de centros culturales de primer orden, pues funcionan como espacios de conversación alrededor, sobre todo, de las páginas escritas. Aplico la definición de conversar que aparece en el «Diccionario filosófico» de André Comte-Sponville: «Conversar es hablar con otro sin intentar convencerle ni vencerle: el propósito es entenderse, no ponerse de acuerdo». Entenderse, ¡qué impresionante pretensión! ¿No tendría que ser la principal aspiración de los seres humanos?
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Quienes se dedican a esta riesgosa aventura, al estar condicionados por la azarosa economía, tienen vocación funambulista. Siempre parecen estar manteniéndose en equilibrio inestable andando por el alambre o la cuerda floja. Esto nos hace ver a las libreras y libreros como «caminantes del aire», según la feliz y bellísima expresión del célebre sabio francés del siglo XVI Claude Saumaise. Él, al referirse a estos acróbatas, afirmaba: «He visto suspendido en el camino del aire una persona que tenía la planta del pie más ancha que la senda por donde iba». Esta expresión, aplicada a quienes se arriesgan a montar este negocio de senda estrecha, podría quedar así: «He visto a una esforzada librera (o a un esforzado librero) realizar cada día acrobáticos equilibrios encima de la fina cuerda de su negocio y mantenerse en el aire con más entusiasmo que recursos».
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[–>Sin idealizarlos, podemos afirmar, como escribió Jorge Carrión en un hermoso libro dedicado a estos establecimientos: «Cada librería condensa un mundo». Eso es, un mundo que se caracteriza por ser «un centro de resistencia y de apertura». Un mundo de caminantes del aire que nos ofrecen oxígeno para respirar, para resistir y para volar.
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