Llega el debate de la inmigración de más de 45 años: ¿el peor negocio para el presupuesto? – Domingo Soriano
Uno de los mejores argumentos (de los más repetidos, al menos) proinmigración es el demográfico. Con una doble vertiente: la que tiene que ver con el rejuvenecimiento de la población y la fiscal. La idea sería más o menos del tipo: «La mayoría de los inmigrantes son jóvenes de entre 20 y 30 años, con muchos años por delante en el mercado laboral (para cotizar y pagar impuestos), con posibilidades de tener hijos y ayudar a equilibrar natalidades y muertes en un país muy envejecido; y, además, consumen pocos recursos públicos».
Y es cierto que, si todo esto fuera cierto, la conversación saldría del ámbito económico y giraría más en torno a cuestiones culturales y sociales, integración, convivencia entre comunidades, multiculturalidad o asimilación, etc… El problema, como hemos señalado anteriormente (aquí sobre prioridad nacional, aquí sobre las cifras del mercado laboral cualquiera aquí sobre los países que ponen más filtros a los inmigrantes), es que de la teoría a la realidad hay una distancia para hablar de tasas de empleo, salarios, cualificaciones, porcentaje de población inmigrante y nacional que tiene empleo o equilibrio fiscal por cohortes de edad. Resumiendo mucho y volviendo al tema: es cierto que un inmigrante venezolano con título universitario, que llega con 32 años a España y empieza a trabajar a los pocos días de aterrizar (aunque sea en un trabajo para el que está sobrecualificado), es una mina. fiscal. La pregunta sería cuántos realmente encajan en ese perfil.
Bueno, para aquellos a quienes les guste este debate, como es obvio en muchos aspectos: esta semana Se publicó un informe de Funcas que ya está dando mucho que hablar. Se titula «Los límites de la inmigración para el ajuste demográfico en España» y analiza la realidad de los recién llegados en términos demográficos: edad, natalidad, evolución de las preferencias de los inmigrantes una vez están en España… Su principal conclusión es que quizás estemos confiando demasiado en las aportaciones extranjeras como solución para contrarrestar el envejecimiento al que nos enfrentamos:
Esta contribución es relevante, pero limitada, ya que, si bien la inmigración puede aliviar temporalmente algunos efectos del cambio demográfico, no resuelve sus causas subyacentes. (…) La inmigración debe entenderse como un factor amortiguador, no como una solución permanente al reto demográfico español.
Pero lo que ha generado más polvareda no es tanto el diagnóstico general, sino algunos detalles muy interesantes de los que hasta ahora se hablaba muy poco. En primer lugar: los nuevos inmigrantes no son tan jóvenes como pensamos. En segundo lugar: que los que llegaron a principios de la década de 2000 Ya son (sí, era predecible) 25 años mayores que entonces, por lo que su edad es, nuevamente, mucho más alta de lo que suponemos para el inmigrante típico. Y por último: no todos los inmigrantes que llegan a España se quedan: tenemos una tasa de retención baja. Así lo expresan los autores del estudio:
- «En 2025, el 22% de los inmigrantes residentes en España tendrán ya 55 años o más; esto son 2 millones de personas»
- «Entre 2021 y 2024 llegaron a España 558.000 personas de 55 o más años. (…) Esta cifra representa casi una de cada cinco llegadas. El 80% de estas llegadas de personas mayores corresponden a ciudadanos extracomunitarios»
- «Entre 2021 y 2025 la población inmigrante mayor de 54 años creció un 42%, sumando más de 615.000 personas en cuatro años. En el mismo periodo la población inmigrante entre 20 y 54 años aumentó un 25%»
- «Apoyarse en la inmigración para resolver los retos demográficos no debe obviar que poco más de la mitad de los que llegan se marchan. Aunque casi 15 millones de personas iniciaron su residencia en España entre 2002 y 2024, la población sólo aumentó en 7 millones»
los derivados
Con solo mirar los datos, hay mucho espacio para iniciar la discusión. Pero, además, una mínima reflexión sobre lo que implican apunta en direcciones que no suelen aparecer en la conversación pública. Tanto los que están a favor (pensionistas) como en contra (menas-delincuentes), en el Los argumentos sobre la inmigración siempre se dan por sentado. que este tiene un perfil de edad muy específico. Y sí, es evidente que la mayoría de los recién llegados tienen entre 45 y 50 años. Pero lo que nos dicen estas cifras es que la realidad es una pelín diferente de lo que teníamos en la cabeza.
En primer lugar: este aumento de inmigrantes de mayor edad no es normal, ni es algo que esté sucediendo en el resto de países europeos. España es el quinto país de la UE (y los que nos superan son los países del este como Letonia, Estonia o Bulgaria) con este perfil demográfico. ¿Por qué ocurre este fenómeno? ¿Qué ha cambiado en los últimos años? No hay una respuesta definitiva a esto. Probablemente haya un poco de todo. Desde una tipología de inmigrante algo distinta en nuestro caso a la habitual en el resto de grandes países de la UE (esas clases medias sudamericanas de las que hablábamos antes) hasta las reglas de establecimiento y reunificación familiar, que en nuestro caso favorecen la llegada de estos colectivos.
Desde aquí lo que nos preguntamos es cómo afecta esto a los grandes debates en torno al tema migratorio. Por ejemplo, en lo que respecta al saldo fiscal, está claro que esto representa un cambio. Él envejecimiento de la población inmigrante (tanto los que llegaron en la década de 2000 como los que han llegado en los últimos 4 o 5 años) complica las cosas en este momento. Como señalamos antes, no está claro cuál es el saldo real del inmigrante medio. Pero en el caso de las personas mayores de 45-50 años, los cálculos se vuelven más difíciles por varios motivos: en primer lugar, la tasa de empleo a partir de estas edades es menor (tanto para españoles como para extranjeros). Además, a partir de este momento se inició un uso creciente de los servicios públicos, especialmente en lo que respecta a la Salud, pero también en algunos aspectos relacionados con la Dependencia.
Por último, pero en términos agregados el más importante, tenemos la suma-resta de pensiones. En general, el sistema de Seguridad Social, en la suma de su parte contributiva y no contributivaes más generoso con personas-familias de bajos ingresos y con carreras más cortas. Esto no quiere decir que les garantice un beneficio muy alto: en términos absolutos, el pago mensual que reciben estas personas es bajo. Pero, en relación con lo que se cotiza, sí es, si cumplen con los requisitos para cobrar una pensión contributiva (en este caso, es muy probable que sea con complementos mínimos) o si permanecen en la parte no contributiva del sistema.
En cualquier caso, el saldo Para todo el Presupuesto será muy deficiente. Digamos que, desde el punto de vista de las cuentas del Estado, recibir a un inmigrante con baja cualificación y baja empleabilidad (o empleabilidad en sectores y ocupaciones de bajos salarios) mayor de 45 años es un pésimo negocio: lo normal es que consuma una cantidad en servicios públicos y transferencias sensiblemente superior a lo que aporta vía impuestos.
A esto se suma otro factor relevante que también se refleja en el estudio de Funcas: tasa de retención. España es uno de los países europeos con mayor porcentaje de población inmigrante que acaba buscando otro destino. Como decíamos antes, poco más de la mitad de los que llegan acaban marchándose. ¿Y esto es bueno o malo desde la perspectiva fiscal de la que hablábamos? Pues depende de quiénes son los que se quedan y quiénes son los que buscan oportunidades fuera de nuestras fronteras. Es decir, ¿los inmigrantes que se instalan en España son los que tienen un saldo fiscal positivo o negativo? ¿Esa mitad que se va a otro destino tras haber aterrizado en nuestro país como primer destino en Europa supone un alivio para las cuentas públicas o es precisamente el tipo de inmigrante que más se necesita desde el punto de vista fiscal?
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